Recursos de Psicología y Educación

Conceptualizaciones del cambio como concepto y categoría

Publicado: may 5, 07 │ Categorías: ArtículosSin Comentarios
  • Angie Vázquez Rosado
    Psicóloga Clínica, M.S
    San Juan, Puerto Rico



El autor reflexiona sobre el concepto de cambio desde su naturaleza semántica y de categorías, hasta las diversas dimensiones y escenarios de manifestación: biológica-evolutiva, filosófica, psicológica, social, social-comunitaria, cultural, científico-tecnológico, política, económica e histórica; en cada una destaca enfoques predominantes.


“Todo cambia, nada está fijo, todo fluye, todo está en movimiento”

” El “cambio” es lo único estable, es lo único que no cambia” 

Semánticamente, el cambio es concepto lingüístico y, simultáneamente, categoría conceptual. Como concepto, nos ayuda a comprender el significado y sentido de la idea recogida y enlazada en el nombre que damos al objeto nombrado, sirviendo como herramienta cognitiva. Los conceptos son creados por el ser humano, mediatizados y estructurados por el lenguaje y producto de nuestra capacidad de pensamiento abstracto. Su naturaleza no debe ser fija, pues, siendo construcciones cognitivas sociales, intenta reflejar y aprehender la realidad percibida que, a su vez, es cambiante y no absoluta (1) .

“La función lógica básica del concepto estriba en la separación mental, según determinados caracteres de objetos que nos interesan en la práctica y en el conocer. Gracias a esta función, los conceptos enlazan las palabras con determinados objetos, lo cual hace posible establecer el significado exacto de las palabras y operar con ellas en el proceso del pensar” (2).

En opinión de Prieto, citado por Gabriela de la Peña Astora (2000), el concepto es la imagen mental creada sobre el reconocimiento de la realidad, según sea percibida. Nos parece apropiada esta definición. De esta forma, el concepto crea conocimiento no absoluto sino instrumental, para los fines citados:

“El conocimiento conceptual consiste en un conocimiento real de las causas de los fenómenos, de las situaciones sociales, de los seres [...] La relación entre los integrantes de un grupo que se funda en el pensamiento conceptual implica una comprensión del lugar que uno ocupa, la posibilidad de la crítica cuando se hace necesario, el cuestionamiento del papel que juegan los demás”.

Las categorías, de otra parte, son también elementos cognitivos de apoyo al conocimiento que de forma dialéctica -con influencia aristotélica- nos permiten construir declaraciones sobre las propiedades esenciales de los fenómenos estudiados. La categoría es, en sí misma, un concepto, pero se construye más abarcadora para ampliar a la inclusión de otros conceptos que, como sistema, permiten establecer orden, relación y correspondencia entre estos. Desde el enfoque dialéctico marxista, por ejemplo, las categorías establecen relaciones entre el fenómeno y la historia, es decir:

“…se encuentran en determinada conexión entre sí y forman un sistema en el que no se hallan simplemente dispuestas de manera arbitraria una tras otra, sino que una se infiere de otra en consonancia con las leyes objetivas de la realidad y del desarrollo del conocimiento (Coordinación y subordinación de categorías). El principio básico a partir del cual se estructura el sistema de categorías es el de la unidad entre lo histórico y lo lógico, el proceso de la cognición, que va del fenómeno a la esencia, de lo exterior a lo interior, de lo abstracto a lo concreto, de lo simple a lo complejo” (3).

¿Es el concepto de “cambio” un término general y amplio al que su propia definición dinámica le aplica? ¿Aplica el “cambio” al “cambio” mismo? Definitivamente. Convertimos esta pregunta en la hipótesis del presente ensayo: la forma en que hemos visualizado y aplicado el concepto de “cambio” ha tenido distintas atribuciones y significados en distintas épocas históricas. De igual forma, las consecuencias e implicaciones de cada uno de esos significados han producido procesos, expectativas, soluciones, problemas y metas diferentes en el devenir humano. Para tales fines, tomaremos las épocas históricas más recientes dentro de la contemporaneidad, la modernidad y la postmodernidad, como períodos de análisis para explorar las coordenadas, parámetros y axiomas en cada uno, sin pretender agotar todas las posibilidades en este trabajo.

“Cambio” es… “la forma más general del ser de todos los objetos y fenómenos. El “cambio” abarca todo movimiento y toda interacción, el paso de un estado a otro. En filosofía, siempre se ha contrapuesto al “cambio” la relativa estabilidad de las propiedades, de la estructura o de las leyes de la existencia de los cuerpos. Sin embargo, la estructura, las propiedades y las propias leyes son un resultado de interacciones, se hallan condicionadas por las diversas conexiones de los cuerpos, de suerte que son engendradas por el “cambio” de la materia”. (4)

El “cambio”, como concepto y categoría, es inescapable en el tratamiento, abordaje y quehacer de la psicología en todas sus áreas de especialidad. Aunque es relevante también para otras disciplinas -concepto presente en otras disciplinas-, cobra particular protagonismo para el/la científico/a de la conducta y los procesos mentales. Sin la posibilidad de “cambio”, a nuestra disciplina no le quedaría sino plantearse su extinción como campo de investigación, acción, intervención y conceptualización. El “cambio”, como concepto de proceso, no sólo describe las transformaciones historiográficas de desarrollo en la disciplina misma relacionadas a su producción del conocimiento (5) sino que también es el objeto y meta del trabajo psicológico que realizamos sin el cual no podríamos plantearnos la transformación del ser humano en la solución de sus problemas individuales, sociales e históricos. Dicho de forma llana y sencilla: si en la psicología no creyéramos en el “cambio”, no tendríamos mucho que aportar en la ayuda y comprensión del ser humano.

Desde un espectro más amplio y general, podemos afrimar que sin el concepto de “cambio”, todas las ciencias sobre el ser humano vendrían obligadas a aceptar una cosmovisión estática y estructuralmente fija, negando sus múltiples manifestaciones transformadoras. Aunque esta posibilidad de estatismo (6) fue planteada en algunos momentos de la historia, ha prevalecido la postura del “cambio” como categoría descriptora en oposición triunfante sobre lo fijo y estáticamente permanente, particularmente en la postmodernidad. Tanto es así que podemos afirmar que todo diálogo, o discusión psicológica sobre el ser humano debe integrar de alguna forma, sea como hilo conductor o como herramienta de análisis, las transformaciones procesales que la persona y su entorno social viven, producen, reciben y construyen.

El “cambio” se convierte, entonces, en un concepto explicativo-descriptivo esencial, central y a veces hasta unificador dentro, desde y entre ciencias y disciplinas que, además de funcionar como hilo conductor analítico, nos permite trabajar, analizar e integrar distintas facetas y dimensiones humanas en distintos tiempos (pasado, presente y futuro) y en distintas direcciones, o niveles (lineal, horizontal y dialéctico). Así, el concepto “cambio” trae connotaciones implícitamente cargadas de multidimensionalidad en sus aplicaciones al estudio del movimiento permanente. Si el concepto de “cambio” es aceptado y compartido transdisciplinariamente, entonces ¿dónde estriba la diferencia en el abordaje del “cambio”? En que al hablar del mismo no siempre tendrá el mismo significado ni consecuencias; por tanto, hay que cualificar el “cambio” de acuerdo con sus diversas concepciones históricas-sociales, pues si bien es una categoría ampliamente aceptada, su definición (y significación) no es homogénea ni absoluta.

¿Podemos considerar el “cambio” como característica inherente humana? Definitivamente. Resulta útil como atributo descriptor de su condición y naturaleza de “ser vivo” no solo desde una dimensión biológica-evolutiva (7) sino también desde su gestión como ente constructor/a en sus dimensiones psicológica, social, cultural, política, económica e histórica. La narrativa de la historia humana incluye el recuento evidenciado de esos vastos y multivariados “cambios”.

El movimiento del cambio es cualidad de la vida. Ya desde la filosofía griega antigua podemos identificar el “cambio” como esa cualidad de flujo, variación, o transición vital de contingencia, que se antepone a la permanencia o a la rigidez estática de la estructura, la muerte, o la no-existencia. El “cambio”, pues, es movimiento siempre presente, como plantearía Heráclito de Efeso, en el siglo V a.c., cuando usaba su metáfora del agua para preguntar si podíamos, o no, bañarnos en el mismo y “permanente” río, cuando en realidad las aguas cambiaban en su fluir continuo (Brennan, 1999).

Es evidente que el “cambio” no solo explica la condición fluyente y variante del entorno -como naturaleza física- sino que también explica la naturaleza y condición humana en su calidad social-gregaria e intrapersonal. La persona es humana debido a su posibilidad de continuo “cambio” (8). En el “cambio”, paradójica y complejamente, se humaniza. La evolución y la trascendencia dependen de las transformaciones que realiza, inclusive complejizando su organización inicial, como bien dirían Maturana y Varela (2003), completando su desarrollo y “cambio” como organismo autopoyético que contínuamente se reorganiza y transforma.

El “cambio”, como adaptación evolutiva desde la perspectiva darwinista, fundamento teórico-conceptual de la teoría de Maturana y Varela, promueve una forma de progreso ascendente de supervivencia biológica en los organismos vivos en su interacción organismo-entorno. Pero todo este proceso es aún más desde otras perspectivas. El “cambio”, sobre todo cuando lo aplicamos a la dimensión social-psicológica, es la forma en que el ser humano se apropia de su humanidad, su vida, su conciencia, su lenguaje, su identidad, su cultura y su papel histórico, como dirían, entre otros, Vygotski y Luria, dentro de su teoría genética-socio-cultural de la mente al describir los procesos constituyentes y constitutivos de la conciencia humana.

El “cambio” tiene múltiples dimensiones y escenarios de manifestación. Sin embargo, el gestor del “cambio” siempre es el ser humano, particularmente cuando nos referimos al “cambio” en ámbitos sociales, históricos, psicológicos o culturales. Si bien es cierto, como fue mencionado en la introducción, el “cambio” es un concepto que atraviesa todos los campos del conocimiento y, por ende, incluye las transformaciones y evoluciones del mundo natural físico. El concepto también aplica a las Ciencias Sociales permitiéndonos analizar y describir al ser humano en su agencia consigo mismo (intrapersonal), con el entorno (físico y social) y con otros seres humanos (interpersonal). Es este el enfoque el que nos interesa desde la perspectiva de la Psicología Social: el “cambio” que tiene que ver con la forma como alteran, transforman o desenvuelven las interacciones y procesos en el nivel interpersonal.

La percepción social sobre el “cambio” -personal o colectivo- no ha sido siempre la misma. De una parte encontramos inicialmente al “cambio” asociado con la continuidad como ciclo permanente, que se repite de forma infinita, controlado por un orden mecánico y predeterminado en la naturaleza física del mundo (9) prevaleciendo en enfoques esencialistas (10). De otra parte, el “cambio” puede ser visto, precisamente, como lo contrario: la discontinuidad, la ruptura, la coyuntura o el disloque con lo previamente existente, la revolución en algunos casos (11). Las implicaciones de estas dos visiones son bastante diferentes.

Consideramos que la primera visión presupone una aceptación de la inevitabilidad de las transformaciones como ritmo natural predeterminado de la vida, el universo y el ser humano que, a su vez, supone una conformidad de aceptación a lo inescapable; la segunda parte del supuesto de un “cambio” que requiere de la voluntad, de la intención y del propósito de provocarle ya que por sí solo podría no ocurrir. Podríamos hipotetizar, como comentario paralelo, que se asume ser más condescendientes con el “cambio” como contínuo que con el segundo, considerado como un “cambio” planificado, donde puede haber “repartición de culpas” si acaso el “cambio” no ofreciera el buen resultado que promete o al que se aspira.

En ambas visiones podemos hablar de direccionalidad del “cambio”. Es así como debe diferenciarse entre “cambio” lineal-horizontal y dialéctico. El primero plantea una acumulación superpuesta de forma lógica, cuantititativa y automática. Plantea, además, un movimiento hacia “más de lo mismo”, o como se dice en nuestro popular refrán popular puertorriqueño: “el mismo perro con distinto collar (o pulgas)”. El segundo supone un movimiento en forma de espiral donde las transformaciones no son cuantitativas sino fundamentalmente cualitativas, ascendentes y donde se asume mejora o diferencia significativamente distinta.

Muy similar a la línea de pensamiento anterior encontramos la teoría del “cambio” por tipos o niveles. Por ejemplo, Cazau cita a Garratt (1987), identificándo los “cambios” en el ámbito organizacional, clasificados en dos niveles o tipos: el de primer orden y el de segundo orden, siguiendo el mismo sistema clasificatorio que hiciera Watzlalick (2000) en el campo de la terapia familiar (12). Los “cambios” del primer orden responden a “cambios” no radicales, superficiales, de corte revisionista o reformista, en donde se hacen mejoras, ajustes y adaptaciones sin cuestionar ni tocar las premisas esenciales del modelo, orden o condición social. Son considerados proactivos y como evidencia de mejora evolutiva dentro de la organización.

Según se cita en la tesis doctoral de Nekane Aramburu Goya (2000), otros teóricos como Miller y Friesen (1984), clasifican este “cambio” como uno de tipo evolutivo natural dentro de las organizaciones. Los “cambios” de segundo orden son, por el contrario, radicales y revolucionarios. Persiguen reformular las bases, o premisas fundamentales, del orden y la organización. Son considerados generativos, pues abordan una tarea de mayores implicaciones y tienen que formular un diseño, o modelo, total alterno. Miller y Friesen (1984) los consideran como saltos cuánticos.

También podemos categorizar el “cambio” de acuerdo con sus implicaciones, propuestas y expectativas. En este enfoque, la palabra conflicto cobra un protagonismo referencial especial. El “cambio” puede ser conceptualizado como elemento necesario en la solución de conflictos (medio); a veces, como lo que en sí mismo genera el conflicto (la causa), y en otros casos como el alivio o solución del conflicto (transición y/o solución).

El “cambio” propuesto en la modernidad, por ejemplo, se enmarcó dentro de la esfera sociopolítica bajo la premisa de equiparar el “cambio” económico-industrial (la revolución industrial) con la idea de progreso. Brennan (1999) identifica al modernismo como respuesta contestataria “liberadora” y humanista contra el feudalismo y su censura, su oscurantismo, su explotación y pobreza multidimensional. La propuesta del modernismo asumió que el adelanto tecnológico y económico pareado al “cambio” de la producción de nuevo conocimiento (la revolución del conocimiento científico-tecnológico) traería una forma de vida material-social de mejores condiciones que, a su vez, podrían traer felicidad, autonomía y libertad a las personas. Esa fue la promesa de la hegemonía propuesta en el racionalismo.

Otra forma de comprender las implicaciones del concepto “cambio” es acotar la forma en que dicho concepto se aborda desde distintos campos del conocimiento. Desde este ángulo, el “cambio” que nos interesa conocer es el “cambio” social, el “cambio” psicológico, el “cambio” político (desde la definición de poder como sinónimo a lo político como en Foucault) y el “cambio” histórico.

En el “cambio” social debemos hacer referencia a la sociología y la construcción de sus teorías de “cambio”. “Un cambio social es una alteración apreciable de las estructuras sociales, las consecuencias y manifestaciones de esas estructuras ligadas a las normas, los valores y a los productos de las mismas” (13) e incluye el estudio de las causas, sus efectos y consecuencias, así como sus supuestos axiomáticos. En y desde la psicología social se incluyen, además y entre otros, el estudio de los símbolos (Goffman), el lenguaje, la ideología (Marx y el neo-marxismo como en Lefebvre), el capital simbólico cultural (Bordieu y Habermas), las prácticas sociales de la vida cotidiana (Maffesoli y De Certeau) y la hibridación étnica-cultural (Canclini).

Desde la psicología, el “cambio” implica el estudio de las transformaciones estructurales y funcionales de los procesos mentales, cognitivos, emocionales y de conducta en las personas. Incluye también el estudio historiográfico de sus propios cambios en la construcción del conocimiento, actitud que se logra desde una actitud crítica. La definición específica, o especializada, del “cambio” depende, como en muchas otras disciplinas, del campo de especialidad desde el cual se aborde (por ejemplo: desde el desarrollo humano, desde la psicopatología, desde lo psicosocial, desde lo intrapsíquico), pero todos comparten la visión esencial de que el cambio implica desarrollo en lo positivo, o déficit del desarrollo cuando es negativo.

Como vemos, desde la perspectiva psicológica el cambio privilegia la palabra desarrollo, caminando muy de la mano con la idea de evolución y maduración como señal de cambio en muchas de sus teorías. Watzlawick (1993/2000), al respecto, critica acérrimante la visión estática que puede adoptarse en la psicología clínica, especialmente en terapia de familia, sobre la realidad sin “cambio”. Para este autor, los diagnósticos psiquiátricos deben ser tomados con cuidado y apreciación de su naturaleza contextual, ya que no son sino construcciones científicas que deben considerarse como interpretaciones explicativas del cuadro clínico y no como la realidad absoluta ni fija de la conducta ni las condiciones de la persona. En su libro La realidad inventada, asume la postura de que las ciencias no descubren el conocimiento, sino que el conocimiento se construye. Debemos tener cuidado, entonces, de no anquilosar el conocimiento como realidad inmutable o fija, pues es entonces donde le despojamos de su cualidad de movimiento y cambio. El “cambio”, entonces, aplica tanto al quehacer científico como al contenido de su conocimiento. Parker (1996) (Hoffman y Anderson, 1996) comparte esta idea al afirmar que el lenguaje de los diagnósticos se usa para fijar identidades que enfocan más en las limitaciones de las personas y no en las formas de liberarles de sus situaciones psicológicas.

Desde otra esfera, el concepto de “cambio” en el ámbito político se aplica como al estudio de las transformaciones de las estructuras de poder (capitalismo), así como de las relaciones de poder de acuerdo con clases sociales (marxismo). Abundando en el poder, Foucault (1979) nos recuerda que ni la historia, ni la historiografía, son lineales; los significados no son iguales y los eventos tampoco y que debemos tener una actitud abierta para percibir la singularidad de los sucesos pues no hay significaciones ideales ni indefinidos teleológicos. Esto aplica tanto al estudio de las relaciones humanas (incluye el cuerpo como “superficie de inscripción de los sucesos”), así como la historia misma.

Finalmente, y precisamente en el campo de la historia, el concepto de “cambio” se usa para explicar las transfiguraciones que ocurren en la humanidad usando la temporalidad como variable central de distinción categorial que incluye los cambios de personas, países, costumbres, reglas y organización social, entre muchos otros. En la historia ha predominado por muchos siglos una visión de sobrevalor al “cambio” como narrativa lineal, aunque desde la crítica de la postmodernidad, nuevas miradas epistemológicas sobre su propio método de análisis han sido realizadas, contribuyendo a reforzar un enfoque histórico más dialéctico.

Sintetizando las ideas esbozadas, podemos observar que en todas las disciplinas y ciencias mencionadas existe un denominador común: el cambio es concepto y categoría esencial descriptiva, explicativa y/o aspiracional.

Contextualicemos estas ideas, entonces, en los dos últimos períodos históricos contemporáneos de la humanidad.

La modernidad se distingue por el surgimiento del reinado contemporáneo del racionalismo, movimiento que lucha y sustituye las ideas monásticas medievales y, en general, religiosas-filosóficas que predominaron en la actitud hacia el conocimiento, el “cambio” y el orden social en siglos anteriores. Este “cambio” en la modernidad nos llevó a privilegiar el conocimiento y la metodología científica que fue aplicado oficial y formalmente a la sociedad, por primera vez, como objeto de estudio en sí mismo, gracias al desarrollo, por ejemplo, de la Sociología de Augusto Comte (Brennan, 1999), así como de las posturas de otros teóricos al identificar los hechos sociales como cosas merecedoras de análisis propios. El “cambio” paradigmático fue hacia el positivismo que, como escuela de pensamiento, influyó en la determinación de los objetos de estudio de las ciencias, en la metodología y en las aplicaciones a partir de la modernidad.

En el campo social, emergió el “cambio social” como unidad de análisis propia e independiente, aunque inicialmente fue considerado frecuente y predominantemente como algo negativo asociado con la ruptura con las normas y moral (orden) prevalecientes (asumidas como corretas y normativas) y como causa de disloque, confusión, anomía y desorden social. Con esto dio inicio el primer período oficial de patologización masiva de las conductas de “cambio”, siendo consideradas como “desviaciones” las cuales podían generar problemas sociales mayores como la anomía social y que, a su vez, dieron razón para la creación de instituciones de control social, como las cárceles y los manicomios, en lo que Foucault llamó la época del “gran encierro”.

En la opinión contraria a la visión patologizadora del “cambio”, podemos mencionar al sociólogo Robert Merton (14) quien, asumiendo un enfoque funcionalista, establecería que aunque en el “cambio” había desviación social, éste era inevitable y “normal” en cada sociedad. Para Merton, la desviación era positiva porque generaba el necesario “cambio” social. Inclusive, Merton planteó el “cambio” por desviación social como algo intencionalmente planificado, pues la sociedad tenía formas de crear conformidad en muchos, pero a la vez, inconformidad, o sea, desviación, en otros, dadas sus múltiples contradicciones. De forma similar, pero desde otra perspectiva, Hegel, Marx y Engels, desde el materialismo dialéctico, enfocaron el “cambio” social como necesario y productivo cuando era resultado de la lucha de clases económicas-sociales en la búsqueda de la reinvidicación económica de las clases sociales marginadas, explotadas y enajenadas que ocurren en forma de revolución.

“Hablamos de cambio cualitativo cuando una cosa se transforma en otra que es esencialmente distinta. ¿Por qué unas cosas se transforman en otras que tienen propiedades diferentes a las de las cosas de las que proceden? Según la ley de transición de la cantidad a la cualidad, el aumento o disminución de la cantidad de materia influye en la transformación de una cosa en otra distinta. La acumulación o disminución de la materia es progresiva, mientras que el cambio de cualidad supone una modificación radical de la cosa, una revolución. Con esta ley se explica el desarrollo de los seres y los fenómenos naturales, sociales, etc.” (15).

Durante la modernidad, el “cambio” social se mostró teleológicamente, en términos de metas y propósitos, dirigido hacia la consecusión positiva de coordenadas de bienestar para la humanidad. En opinión de muchos, este es un proyecto inconcluso o fallido (16).

Por el contrario, desde la postmodernidad se postula una ruptura mayor con el pasado como resistencia, denuncia y reacción contestaria a la modernidad. El “cambio” esperado en la postmodernidad es de gran magnitud, en este caso, no sólo de orden social sino de paradigmas; no sólo de formas sino de esencia conceptual. Se critica la actitud postivista modernista de la búsqueda de una sola verdad absoluta, planteando desde el construccionismo social y la teoría de la crítica, la diversidad, pluralidad y la desconstrucción como la metodología para abordar el conocimiento y la vida misma. Se plantea retomar la hermenéutica en análisis de textos y discursos, así como la epistemología (la ciencia del conocimiento) para dar una nueva mirada a las formas en que se construye el conocimiento. Se añade el estudio del imaginario social como conjunto relevante y significativo de representaciones de imágenes construidas socialmente. Se rescata la subjetividad como perspectiva de análisis y se desafían las leyes clásicas normativas y explicativas sobre el conocimiento, el ser humano, y la vida misma.

La postmodernidad se caracteriza, además, por la caída o desahucio de las viejas ideologías, la tendencia económica estatal hacia la privatización, la pérdida y debilitamiento de las prácticas del bienestar social, la mercantilización de todo como mercancía de consumo, las nuevas formas de manejo del capital globalizado, la mundialización de las ideas, la pérdida de fronteras físicas y los “cambios” consecuentes en identidad, organización social y ciudadanía. Este período también está marcado por los grandes “cambios” que impone el desarrollo de las nuevas tecnologías digitales y de informática. La desaparición -por deterioro e incapacidad- del estado benefactor paternalista es notable, así como el despliegue de actitudes de descrédito, desmoralización, cinismo y desesperanza entre las personas, marcadas precisamente por un gran vacío de predicciones sobre hacia donde nos llevan los “cambios” mencionados. Es un período muy contradictorio y confuso donde parece haber una relación de correlación invertida entre desarrollo y tranquilidad humana; esto es, mientras más desarrollo tecnológico ocurre menos tranquilas se sienten las personas. Mientras más opciones existen, menos seguridad tiene el ser humano. Mientras más se sabe, menos soluciones encontramos a los problemas. Mientras más se avanza, más nos estancamos o paralizamos.

¿Qué implicaciones tienen entonces las diferencias entre la modernidad y la postmodernidad como coordenadas de análisis sobre el “cambio”? En estos dos períodos nos hemos movido dramáticamente desde la visión mecanicista medieval del universo (donde el “cambio” era conceptualizado como una alteración negativa del “perfecto orden natural”) hasta la concepción del “cambio” como algo totalmente aleatorio, valioso, diversificado y progresivo; finalmente incorporando (en la postmodernidad) la capacidad volitiva del ser humano, hacedor de sus “cambios”, organizador del sentido dentro del caos, como parte de sus acciones y representaciones mentales (rescate de la subjetividad, la resistencia y la voluntad).

“La teoría de las estructuras disipativas, conocida también como teoría del caos, tiene como principal representante al químico belga Ilya Prigogine y plantea que el mundo no sigue estrictamente el modelo del reloj, previsible y determinado, sino que tiene aspectos caóticos. El observador no es quien crea la inestabilidad o la imprevisibilidad con su ignorancia: ellas existen de por sí, y un ejemplo típico es el clima. Los procesos de la realidad dependen de un enorme conjunto de circunstancias inciertas que determinan, por ejemplo, que cualquier pequeña variación en un punto del planeta genere en los próximos días o semanas un efecto considerable en el otro extremo de la Tierra. La idea de caos en la psicología y en el lenguaje” (Cazau, en: http://www.avizora.com/publicaciones/epistemologia/textos/0028_teoria_caos.htm).

¿Qué implicaciones tienen estas ideas de “cambio” para el quehacer de la Psicología al presente? Muchos “cambios” han sido propuestos. Veamos algunos ejemplos concretos, por mencionar algunos. Celia Kitzinger (1990) indica que necesitamos romper con las bases pseudocientíficas sobre la cual se han desarrollados tantos discursos “científicos” (raciales y feministas, por ejemplo) en la Psicología hasta el presente. Sampson (1990) coincide al plantear que debemos revisar lo que nuestra disciplina ha permitido llamar el bienestar (“welfare”) de nuestra clientela, alegando que detrás del concepto se esconden proyectos ideológicos de control social más que de bienestar real por la persona. Nicolas Rose (1990), de su parte, critica la Psicología como una ciencia anti-social en la medida en que se ha mantenido en la segregación del individuo de sus contextos relacionales objetivizándole de forma atemporal y ahistórica. Erica Burman (2007) nos recuerda que el “cambio” propuesto en el feminismo de los 60 no ha completado su trabajo de igualar a la mujer y ya, en cambio, nuevas estrategias de explotación sobre la niñez, la mujer y la familia (Burman, 1994) han sido impuestas, como la feminización del varón y las víctimas en general. En todos estos argumentos se plantea trascender la retórica pseudocientífica de nuestra disciplina tradicional como un “cambio” disciplinario necesario y urgente.

“Psychology as a discipline – a heterogeneous assemblage of problems, methods, approaches and objects – was born in this social domain in the nineteenth century and its subsequent vicissitudes are inseparable from it. And psychology, as a way of knowing, speaking, calculating, has played a constitutive part in the formation of the social. As the human soul became the object of a positive science, human subjectivity and intersubjectivity became possible targets of government” (Rose, 1990).

Como vemos, el planteamiento positivista de la modernidad no logra crear un conocimiento libre de prejuicios ideológicos que permita crear un cuerpo de conocimiento “neutral” ni aséptico (como había sido propuesto) sino que, por el contrario, ha fomentado la creación de ciencias que adolecen de auto-crítica y compromiso con la solución de la explotación humana, posición duramente criticada y desenmascarada por algunos teóricos ya para finales de la modernidad y de inicios de la postmodernidad.

“… the writers argue that what appears to be supported by science is in fact based only on social beliefs, ideology and myth: evidence which contradicts these myths and stereotypes has been mystified or rationalised away. True science would describe the nature of oppression and demonstrate the equality (or even superiority) of the oppressed”.

En ese sentido, podemos comprender el surgimiento de nuevas especialidades, como la social-comunitaria, que se promueve como intento de autocorrección paradigmática en la psicología social, dirigida a acotar el estudio de los factores psicosociales que favorecen el “cambio” en las comunidades, ahora vistas como autogestoras de su propio desarrollo, tanto a nivel individual como a nivel comunal, gestión que presupone que el “cambio” es autodirigido y no controlado por la visión del científico social interventor-facilitador. Cambios similares han sido propuestos en la psicología industrial (Wheatley & Kenell-Rogers, 1998).

Tanto en la terapia (psicología clínica), como en el quehacer industrial-organizacional se proponen “cambios” variados, tales como la reconceptualización del diálogo como instrumento de trabajo: del diálogo autoritario científico al diálogo transformador (Gergen, 2001) (17), en tanto que otros proponen cambiar el lenguaje de las ciencias (en la investigación e intervención) para buscar relaciones que no enfoquen en la identificación del déficit sino de cosas positivas, como la esperanza (Ludema, 2000).

El concepto del “cambio” tiene implicaciones distintas entre los dos períodos que escogimos como coordenadas de análisis aplicativo: modernidad y postmodernidad. Para conceptualizar y explicar el “cambio” en la modernidad, prevaleció un enfoque causalista (búsqueda de explicaciones causa-efecto), en tanto que en la postmodernidad se abre un nuevo espacio hacia la actitud de la no-certeza y la probabilidad. Las explicaciones causales nos llevaban a buscar la comprensión del “cambio” como variable estructuralista en tanto que las explicaciones de probabilidad nos llevan hacia la comprensión de la subjetividad y las representaciones mentales en la medida, y forma, en que se construyen con ayuda de los significados sociales y la herramienta del lenguaje y la semiótica funcionalista. En la modernidad, el ser humano realizaba “cambios” cognitivos y científicos en la medida en que descubría las leyes de la naturaleza física-social y psicológica (presumiendo que los objetos son realidad externa en espera de que se les descubra en sus propiedades, leyes y esencia).

De forma distinta en la postmodernidad, el ser humano reclama su protagonismo como agente activo que construye los “cambios” en la medida en que los necesita por resistencia y/o por trascendencia planificada en sus interacciones sociales. Hemos aprendido, pues, a ver el “cambio” y las propuestas sobre el mismo como algo que no necesariamente implica desarrollo, progreso, evolución como sinónimo de contínuo normativo pre-determinado o automático. Aunque el “cambio” puede tener esas condiciones, puede ser visto como positivo aún en la indeterminación y en las dificultades de predicción hacia un mundo de probabilidades, no de certeza.

Las intenciones positivistas en la modernidad de predecir y controlarlo todo, incluyendo el “cambio”, sobre todo en sus cuadros aseptizados sobre la realidad, han sido sacudidas por la nueva visión del “cambio” en la postmodernidad como elemento espontáneo, aunque racionalmente elegido, tanto en las disciplinas y ciencias como en la vida cotidiana. Quizás el mayor “cambio” de todos es que ha llegado el tiempo de las ciencias aceptarse como proyectos de conocimiento reconocidos como explícitamente y, a propósito, inconclusos.

“…in order to create the world anew we will be called to participate in changes that are both deeply personal and inherent systemic” (Senge, Charmer, Jaworski & Flowers, 2004).

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(1) Aunque a veces observamos que las personas asumen que el concepto es equivalente a la realidad, como si una permitiera agarrar la otra, cosa con la que no estamos de acuerdo.

(2) Concepto. Diccionario Soviético de Filosofía. Ediciones Pueblos Unidos. Montevidedo. 1965. Pp 75-76. Tomado de: http://www.filosofia.org/enc/ros/concepto.htm

(3) Categoría. Diccionario Soviético de Filosofía. Ediciones Pueblos Unidos. Montevidedo. 1965. Pp 61-62. Tomado de: http://www.filosofia.org/enc/ros/cate.htm

(4) Cambio. Diccionario Soviético de Filosofía. Ediciones Pueblos Unidos. Montevidedo. 1965. P 56. Tomado de: http://www.filosofia.org/enc/ros/cambio.htm

(5) Proyecto que resulta mandatorio a finales del Siglo XX a tono con las aportaciones del método histórico que desde el Siglo XIX discutiera, como éticamente obligatorio y metodológicamente correcto, que las ciencias estudien no solo el producto de su quehacer sino al sujeto que escribe y hace la historia (la historiografía).

(6) Aunque el concepto tiene connotaciones políticas referidas al control, por supremacía, del estado, usamos el verbo aquí en el sentido de inmovilidad, rigidez, como también es aceptado por el Diccionario de la Real Academia Española.

(7) Como fue hegemónica y reduccionistamente aplicada por muchos siglos pasados.

(8) Para humanizarse, el ser humano debe cambiar en el útero materno así como en su desarrollo postnatal a través de su vida y en su desarrollo histórico, tanto en su dimensión de especie biológica como en su dimensión de ente psicosocial.

(9) Ejemplos son todas las teorías mecanicistas tan predominantes en, y desde, la Edad Media, sobre todo desde la Astronomía y la Física clásica, apoyadas en todas las teorías deterministas sobre Genética desde el Renacimiento validadas luego por la Genética Mendeliana en el Siglo XIX.

(10) “La esencia constituye el conjunto de las propiedades y relaciones del objeto más profundas y estables, determinante de su origen, carácter y dirección del desarrollo” Tomado de: Esencia y fenómeno. Diccionario Soviético de Filosofía. Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo 1965, Pp 147-148. En: http://www.filosofia.org/enc/ros/esen.htm#2

(11) Como lo plantean, por ejemplo, Thomas Khun en relación al conocimiento y las ciencias; similarmente, Gustavo Bueno con la teoría del cierre categorical; y desde otro enfoque, Carlos Marx con su teoría de lucha de clases sociales y el “cambio” revolucionario, entre muchos otros.

(12) Según citado por Pablo Cazau en su artículo La teoría del caos. Tomado de: http://www.avizora.com/publicaciones/epistemologia/textos/0028_teoria_caos.htm

(13) Cambio Social. Wikipedia: La enciclopedia libre. Tomado de: http://es.wikipedia.org/wiki/Cambio_social

(14) Sociólogo norteamericano ubicado dentro del enfoque funcionalista estructural.

(15) La filosofía de Marx. Materialismo dialéctico. Webdianoia. Tomado de: http://www.webdianoia.com/contemporanea/marx/marx_fli_mat_dia.htm

(16) Fernando Mires en su artículo La revolución paradigmática, según reseñado por Jaime Alejandro Rodríguez. Universidad Javeriana. Relato Digital. Tomado de: http://www.javeriana.edu.co/relato_digital/r_digital/bibliografia/virtual/mires.html

(17) Según Gergen, crear nuevas realidades por medio del lenguaje haciendo cambios en el estilo, objetivo y experiencias del diálogo.

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    Para citar este artículo:
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    Vázquez, A. (2007, 5 de 2007). Conceptualizaciones del cambio como concepto y categoría. PsicoPediaHoy, 9(9). Disponible en: http://psicopediahoy.com/conceptualizaciones-del-cambio/
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