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La construcción social de las juventudes. Una aproximación desde la Sociología de la Cultura

Publicado: Sep 24, 12 │ Categorías: Artículos, Artículos EducaciónSin Comentarios
  • María Amelia Hirigoyen
    Licenciada en Psicopedagogía
    Universidad Nacional de Río Cuarto/CONICET
    Río Cuarto, Argentina



Lo social adquiere relevancia en la construcción de las juventudes, motivo por el que resulta relevante pensar en posibles propuestas para promover una vivencia de la juventud de una manera más placentera, en un mundo en constante cambio y evolución.

Resumen

En el presente trabajo se intenta dar cuenta de las implicancias que tiene el contexto social actual en la constitución de la condición de juventud. Para ello se propone un recorrido por distintas teorías e investigaciones acerca de dicha noción.

Diversas investigaciones destacan que el concepto de juventud no alude únicamente a un estado, a una condición social o a una etapa de la vida, si no que también significa un producto (Margulis y Urresti, 1996; Brito, 1996; Reguillo, 2000). La revisión realizada permite demostrar que la juventud no es una mera categorización por edad, sino que es una construcción que involucra numerosas cuestiones.

A modo de conclusión, se plantea que lo social adquiere relevancia en la construcción de las juventudes, motivo por el que resulta relevante pensar en posibles propuestas para promover una vivencia de la juventud de una manera más placentera, en un mundo en constante cambio.

Palabras clave: Juventud, contexto social, cultura, moratoria social, estatus social, habitus.

Aproximación a la noción de juventud. Implicancias del contexto social actual

A la hora de hacer una revisión del concepto de juventud, se hallan distintos significados que aluden al mismo. Sin embargo, para los fines de este trabajo, interesa considerar lo social en la construcción de la condición de juventud. Es por ello que se ofrecerá una conceptualización que tenga en cuenta ( entre otras cuestiones) a la dimensión social.

Margulis y Urresti (1996) afirman que cuando se habla de juventud de lo que se trata es de superar el hecho de distinguirla como una simple categorización por edad. Motivo por el que los autores le otorgan un rol relevante en la conformación de la juventud, a la diferenciación social y en cierto modo a la cultura.

Según Sandoval (2002), la juventud es considerada como una categoría etaria, como una etapa de maduración (área sexual, afectiva, social, intelectual y físico-motora) y como subcultura.

Dentro de este marco, desde la sociología de la cultura se entiende que la juventud no se trata de una esencia sino de una categoría social definida históricamente. Esta categoría se conforma sobre una base material constituida en la oposición con otras categorías etarias (clases de edad) y la vivencia generacional de los códigos culturales, la memoria y el tiempo (generación). Sólo bajo circunstancias sociales determinadas, esta base material constituye un principio de distinción e identificación. La juventud constituye un fenómeno contemporáneo, y como categoría es resultado de las sociedades postmodernas.

Por su parte, Reguillo (2000) plantea que la juventud, tal como hoy se conoce, es producto de la posguerra, debido al surgimiento de un nuevo orden internacional que constituía una geografía política en la que los vencedores podían acceder a impensables estilos de vida e imponían sus estilos y valores. De este modo, la sociedad reconoció la presencia de niños y de jóvenes, como sujetos de derecho y de consumo.

Dentro de este panorama, resulta necesario considerar la noción de condición juvenil. Noción que según Pérez Islas (2010), implica pensar en la adultez, dado que la juventud comprendida como condición social se encuentra subordinada a la adultez; desde donde se pautan reglas y comportamientos esperados, en distintos espacios sociales. Además, los jóvenes negocian con los adultos, se resisten, se enfrentan, o llegan a una aceptación o tolerancia de las propias prácticas. De esta manera, generalmente los jóvenes continúan siendo sujetos sujetados, ya sea porque no tienen autonomía financiera o un hogar propio y necesitan depender de sus padres, o deben concurrir a instituciones educativas, o su inserción productiva depende de la decisión de otros. Los jóvenes desde la perspectiva adulta son percibidos como personas a las que se debe socializar para que asuman las responsabilidades (Pérez Islas, 2010).

Dentro de este marco, siguiendo con los aportes del autor, vale decir que la condición juvenil constituye una asimilación-conflicto-negociación-resistencia en campos particulares, donde los adultos tienen hegemonía sobre los jóvenes. Además, al decir de Margulis y Urresti (1998), la condición juvenil está relacionada con la heterogeneidad económica, social y cultural que se vivencia, dado que de este modo existen distintas maneras de ser joven. En un planteo similar, Brito (1996) sugiere que la juventud constituye una condición social con cualidades específicas que se expresan de distintos modos según las características sociales de cada sujeto. Es por ello que nos encontramos ante la presencia no de una juventud, sino de las juventudes. Al respecto, Margulis y Urresti (1998) señalan que no existe una única juventud. Por el contrario, las juventudes son múltiples y varían según las características de clases, el lugar en el que viven y la generación a la que pertenecen. Los autores plantean que:

“Juventud es un significante complejo que contiene en su intimidad las múltiples modalidades que llevan a procesar socialmente la condición de edad, tomando en cuenta la diferenciación  social, la inserción en la familia y en otras instituciones, el género, el barrio o la micro cultura (Margulis y Urresti, 1998, p.4).”

Según Dávila León (2004), la definición de la categoría juventud implica lo juvenil y lo cotidiano. Lo juvenil alude al proceso psicosocial de construcción de la identidad y lo cotidiano al contexto de relaciones y prácticas sociales en las que se lleva a cabo el mencionado proceso, sustentado en factores ecológicos, culturales y socioeconómicos.

Particularmente en la sociedad actual, según Margulis y Urresti (1998), se concibe a la condición de juventud como un modo particular de estar en el mundo, o en la vida. Al respecto, un aporte relevante lo realiza Cháves (2009), quien a raíz de una exploración de las distintas teorías sobre juventud, expresa que la misma es pensada por distintos investigadores como una manera que posee la sociedad y la cultura de vivir una porción de la vida, desde distintas situaciones y posiciones sociales. En este sentido, distintas investigaciones realizadas muestran un avance en el acuerdo, en el ámbito de las ciencias sociales, de concebir a la juventud como una categoría analítica que adquiere sentidos y significados específicos al ser analizada dentro del mundo social. Es dentro de este marco que se podrá hacer una explicación acerca de lo que es ser y estar joven en un tiempo y lugar determinados; lo que será concebido como juventudes (Cháves, 2009).

Juventud, moratoria social, estatus social y habitus

La juventud desde los siglos XVIII y XIX empieza a ser considerada como una capa social que tiene algunos privilegios, tal como un tiempo de permisividad. Lo que estaría dando cuenta de lo que se conoce como moratoria social. La que según Trujillo y otros (2002), alude al tiempo intermedio en el que los jóvenes, primordialmente los de clase media y alta, retrasan los compromisos, tales como el matrimonio, y tener hijos, destinando mayor tiempo para el estudio y la capacitación. Esto generalmente se da por el hecho de tratar de sobrevivir en un mundo en el que reina la competencia, por lo que se requiere mejor y mayor capacitación y preparación en lo referido a la educación. Estos grupos, según Margulis y Urresti (1998) y Gallego y Granada (2008), son cada vez más numerosos y van definiendo sus características culturales propias. Igualmente, considerando lo expuesto por estos autores, esta noción de moratoria social significa un incremento de la diferenciación social y de la exclusión social, dado que no todos los jóvenes de todas las clases sociales pueden acceder a esta moratoria. La que se corresponde con la juventud paradigmática, representada mediante una abundancia de símbolos en el ámbito mass-mediático. El que muestra al sujeto bello, que viste la ropa de moda, deportivo, alegre, despreocupado y ajeno a las responsabilidades de la vida, a las exigencias, a los conflictos económicos, al trabajo y a la familia. Este es el modelo de joven que se resalta desde los medios de comunicación, y el que posibilita la emisión de signos sociales denominados: juventud. Dichos signos se inclinan hacia la constitución de un conjunto de características relacionadas con el cuerpo, con la vestimenta, con el arreglo, y habitualmente son mostrados, a la sociedad, como modelo de todo lo que es meritorio de deseo.

Por el contrario, los integrantes de los sectores populares tendrían limitadas las condiciones para acceder a la moratoria social mediante la que se define la condición de juventud. Lo anterior sucede, dado que éstos deben ingresar tempranamente al mundo laboral, a trabajos más duros y menos atractivos. Además, generalmente asumen responsabilidades y obligaciones familiares a menor edad que los jóvenes de clases medias o altas. No cuentan con el dinero y por ende con el tiempo para tener un período más o menos prolongado con menores obligaciones.

Si sólo nos centráramos en esta perspectiva, pareciera que únicamente pueden ser considerados jóvenes aquellos sujetos que forman parte de sectores medianamente acomodados. “Los otros carecerían de juventud” (Urresti y Margulis, 1998, p. 4).

Considerando esta realidad, no se puede dejar de considerar que los jóvenes crecen y se desarrollan en el marco de una sociedad capitalista, en la que tiene lugar un sistema de posiciones. En este sentido, al decir de Martín Criado (1998), se entiende a la estructura social como un sistema de posiciones. “Estas posiciones se hallan en relación unas con otras –forman un sistema-” (Martín Criado, 1998, p. 72). Las posiciones se encuentran jerarquizadas. Las relaciones que se dan entre las mencionadas posiciones constituyen relaciones de orden, de dominación.

En esta sociedad en la que se desarrollan los jóvenes, según Marx (1867, en Martín Criado, 1998) se da una división entre los que tienen los medios de producción (la burguesía) y los que deben vender su fuerza de trabajo (el proletariado). La relación que los une y que a su vez los separa es el capital. Este último, entendido por Marx como un capital económico, constituye una relación social que determina la apropiación diferencial por los sujetos del producto socialmente elaborado. Pero también, considerando la perspectiva de Bourdieu (1980b, citado en Martín Criado, 1998), se puede ver que los jóvenes se diferencian en función del capital cultural, escolar, social y simbólico, que poseen; ya que en esta sociedad capitalista no hay un acceso igualitario ya sea a la educación, a la posibilidad de realizar viajes, de ir a un cine, etc. No todos los jóvenes pueden acceder a esto.

Dentro de este marco, desde la visión de Bordieu (1980b, citado en Martín Criado, 1998), se entiende al concepto de capital como una relación social que delimita la apropiación desigual de recursos. Este autor concibe que el concepto de capital es inseparable del de mercado, el que es concebido como un sistema de posiciones en relación con un tipo de capital. Desde una relación de capital se jerarquiza a los sujetos, concediéndoles un valor distinto. En este sentido, Martín Criado (1998) expresa que “un mercado es un campo de valor y un sistema de dominación” (p. 73).

En este sistema se forman y crecen las juventudes; y en esa constitución del sujeto joven  no incide solamente su posición actual, sino que este es producto de la historia de todas las posiciones anteriores integradas a modo de un habitus. Es decir, que esas posiciones se incorporarán a manera de esquemas de percepción, de acción, de apreciación, lo que les permitirán desenvolverse a los jóvenes en el mundo, de un modo particular. El hábitus, al decir de Martín Criado (1998), constituye la clase incorporada. Es el aprendizaje que el joven hará del espacio social  y de las posiciones que tiene en éste; lo que está hecho cuerpo (es decir que no pasa por el plano consciente, sino que está incorporado).

Estos esquemas de producción de percepciones, apreciaciones y prácticas son distintos para todos los individuos, dado que obedecen a la trayectoria social, al conjunto de posiciones ocupadas en las distintas instituciones sociales y a la posición social familiar. “A cada posición distinta le corresponderán distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y apreciación: la inmersión en mundos de experiencias distintos produce sujetos distintos” (Martín Criado 1999, p. 77). Considerando lo anterior se puede decir que las distintas maneras de vivir y de estar en el mundo por las que transita cada joven, produce jóvenes distintos. Al decir del autor, el concepto de habitus es el que nos permite entender el hecho de que sujetos que tienen trayectorias sociales diferentes, a la vez que realizan prácticas distintas en la misma posición. Esto a su vez, al decir de Dávila León (2004), supone la posibilidad de considerar a la juventud como una etapa de la vida que posee oportunidades y limitaciones que les son propias, entendiéndola no solamente como un período de moratoria y de preparación para el desarrollo de una vida adulta y el desempeño de roles definidos.

Considerando lo expuesto con anterioridad, resulta importante pensar que en esta sociedad capitalista, en la etapa actual, abunda el desempleo y la exclusión; y por ende, la moratoria social, debe afrontar nuevos desafíos. Esto alude a que muchos jóvenes de clases populares tienen mucho tiempo libre, pero este no es un tiempo de disfrute y de ocio. Sino que se dispone del mismo debido a la falta de trabajo, lo que afecta en gran medida a los sectores jóvenes. Este tiempo puede ser descripto como un tiempo de sufrimiento, angustia, impotencia, culpa, que puede causar la marginalidad, la delincuencia o la desesperación (Margulis y Urresti, 1998).

Por otra parte, estos nuevos desafíos que debe enfrentar la moratoria social, también refieren a que en aquellos sectores en los que se tiene la posibilidad de estudiar, el período de formación tiende a ser mayor debido al aumento de la complejidad en el ámbito del conocimiento, y por el hecho de que quienes egresan del sistema educativo no tienen asegurado una inserción laboral inmediata. El futuro se vuelve incierto.

Por último, teniendo en cuenta lo expresado sobre moratoria social, estatus social y habitus, se puede ver que los jóvenes de distintas clases sociales construirán socialmente una condición distinta de juventud.

Juvenilización

Di Segni Obiols (2002) plantea que sumado a este futuro incierto, los jóvenes se encuentran con adultos que no son capaces de asumir su rol con responsabilidad y seguridad. Por el contrario, muchos adultos aspiran a tener no sólo el cuerpo de los jóvenes, sino también su mismo estilo de vida (Obiols y Di Segni Obiols, 1993). Estos aportes y la realidad observada, hacen pensar que en esta sociedad capitalista, se presenta la juvenilización como un modelo mediante el que se extiende el consumo de los signos juveniles.

Las condiciones externas, de la simbolización de juventud que se hace, son las que se pueden convertir en producto o en objeto de una estética deseable por los adultos para alargar en el tiempo la apariencia de juventud. Así, “la juventud-signo se convierte en mercancía, se compra y se vende, interviene en el mercado del deseo como vehículo de distinción y legitimidad” (Margulis y Urresti, 1996, p. 17).

Este proceso de juvenilización, da lugar al desarrollo de la cultura de la imagen y a la distinción de lo juvenil fetichizado por los lenguajes influyentes y poderosos de la sociedad de consumo.

Los medios masivos de comunicación conforman un circuito de imágenes con el que todas las personas interactúan permanentemente.  Estas imágenes se vinculan al mundo juvenil, mostrando pautas estéticas, estilos de vida, consumos, gustos, preferencias, looks, etc., y estas son vendidas como señales de modernización.

Según Margulis y Urresti (1996), estos acontecimientos se vinculan con el proceso de juvenilización, el que representa una encrucijada epocal, ligada a un espacio social influido por la publicidad, hipersecularizado, estetizado y medicalizado. En este contexto se hace notable el rechazo que producen las marcas en el cuerpo (por ej.: arrugas), y el miedo a la evocación de la muerte, vinculado con un deterioro de los lazos sociales e institucionales y los compromisos con lo público. Por el contrario, se acrecienta la tendencia a la sobrevaloración de lo privado y del bien personal. Así, se aspira a acceder a productos tecnológicos y a rutinas destinadas al cuerpo, ofrecidas por el mercado, tales como: gimnasia, dietas, cirugías, esteticistas, etc. Este mercado utiliza imágenes de jóvenes juveniles, como signos e íconos de identificación para poder vender todo tipo de mercancía. De este modo se promueve la búsqueda de un cuerpo inalterable, perfecto, estilizado y bello. Favoreciendo en muchos casos la labilidad de los vínculos, ya sea con los hijos, parejas, amigos, dada la dedicación del tiempo que se le otorga al cuidado del cuerpo.

Esta necesidad de ser joven por parte de las personas adultas, no forma parte de la juventud; si no que la moda de la juvenilización hace que los sectores que quieren ser parte de ella debiliten la cadena de la historia de su propia temporalidad, simulando ser joven. Esto de algún modo impacta en la constitución de la personalidad de los jóvenes, dado que crecen en un sistema en el que se tiende hacia la homogeneización; donde pareciera que la ley es que todos deben cumplir con el modelo de juventud y de perfección.

El sistema de la moda, la cultura del consumo y determinados órdenes discursivos impartidos por la publicidad, son factores que inciden duramente en la reproducción de las dinámicas clasificatorias, presentes en la sociedad. De manera implícita se transmiten criterios normativos acerca de qué es deseable y de qué tiene prestigio.

En este contexto en el que la publicidad exalta un modelo de distinción y estilización, se construye un joven tipo. Este es un producto que se muestra sonriente, triunfador, seguro de sí mismo, a la moda, etc. A este joven, Margulis y Urresti (1998) y García y Gallego (2008) lo llaman joven del mito. Este es un joven que va de fiesta en fiesta, que dispone de todos los bienes, mujeres, entre otros. Este joven es un estereotipo sobrevalorado por la publicidad, por el mensaje publicitario y por otro tipo de discursos. Es un joven ideal, legítimo, heredero, que tiene todas las cualidades que los grupos dominantes definen como las características ideales para la reproducción de la vida, para el patrimonio y la posición social. Del planteo anterior se puede pensar que a la categoría de joven ideal, legítimo, heredero pueden acceder generalmente los jóvenes acomodados económicamente, y no así los jóvenes de sectores sociales bajos. A partir de esto se puede suponer que los distintos tipos de jóvenes tienen distintos tipos de legitimación social.

El encuentro con el otro en la juventud

En la actualidad, parecen ser más carentes e inestables los espacios de encuentro con el otro. Los que cada vez con la vorágine con que se vive en los tiempo actuales, se vuelven más fugaces, frágiles e incluso ilusorios, dado que esos espacios de encuentro suelen estar representados por alguna red social, tal como: Facebook, Twiter, etc. Una respuesta a esta realidad, en busca de ese espacio de encuentro real, parecen ser las denominadas culturas juveniles, sub-culturas juveniles, o tribus urbanas (presentes hasta hace poco tiempo) tales como: cuarteteros, rockeros, floggers, cumbieros, skaters, emos, entre otros. Entendidas todas ellas, según aportes de Feixa (1995), como el conjunto de modos de vida y de valores, manifestadas por colectivos generacionales respondiendo a sus situaciones de existencia social y material. Al respecto, Reguillo (2000) plantea que los jóvenes en el mundo forman grupalidades diferenciadas e identitarias que se definen y constituyen en función de banderas, objetos, creencias, estéticas y consumos culturales que cambian según el nivel socioeconómico, las regiones y el nivel de escolaridad, entre otros. En estos grupos parecen tener un contacto cara a cara, cuerpo a cuerpo y contactos en masa donde se suelen congregar multitudes.

Por su parte, Gallego y Granada (2008) plantean que desde la cultura neotribal el joven tiene una doble oposición: por un lado se opone al proceso de juvenilización que propone la industria cultural y por otro lado se opone a las propuestas sociales y culturales del joven heredero. Este es un imaginario que no es alcanzable para los sectores bajos, además está desvinculado de la conflictividad social, de la pobreza, del desempleo y de la exclusión.

Según los autores, agruparse con sus iguales es una manera de lograr identidad, pertenencia y reconocimiento, ante la rigidez y el enclaustramiento social. Ante la corporización que excluye al heredero, se amparan en entornos simbólicos de identidad auto-creados y propios.

La tribalización, y se puede decir que las culturas y sub-culturas juveniles, son una lucha simbólica contra el modelo de estilos y estéticas fugaces, inestables y globalizantes que impone el sistema. Cada grupo tendrá su cultura, su punto de encuentro, sus gustos, sus características, sus ritos, etc.

Para finalizar, teniendo en cuenta lo expresado por Gallego y Granada (2008), se puede decir que  la juventud, entre otras cosas, es un hecho socioeconómico, psicosocial y sociocultural.

Conclusiones

A partir de lo expuesto en el desarrollo y considerando los aportes teóricos de los distinto autores tratados, se observa que las consideraciones sociales en lo referido a ¿qué es ser joven?, de alguna manera excluyen a aquellos jóvenes que no cumplen con esas categorizaciones y expectativas. Tal vez lo descripto anteriormente sucede dado que desde el sistema imperante se relaciona a la juventud con un producto, una imagen bella, esbelta, que puede acceder a una moratoria social; y lo real es que no todos los jóvenes cumplen con ese modelo, ya sea por la situación económica o por gustos y necesidades personales… Además, con la incertidumbre económica que se vive en estos tiempos, también es importante considerar que la moratoria social produce interrogantes que no son fáciles de responder debido a la presencia de un gran incremento del desempleo en los mercados de trabajo, de un futuro inestable, del abandono de estudios por problemas económicos, y de la prolongación del tiempo de estudio sin que este asegure una inserción laboral…

Es por ello que considero que la juventud es una construcción en la que lo social adquiere mucha importancia. Cada joven se construirá de una manera distinta, dependiendo de su habitus social, de si ha tenido un tiempo de moratoria social o no, de su clase social, de sus experiencias de vida…

Dentro de este marco, pienso que es importante tener en cuenta que (según Gallego y Granada 2008) la propaganda y los medios masivos de comunicación como constructores de sentido y conquistadores de los espacios públicos y privados, producen mensajes supuestamente neutros que de manera implícita o explícita imponen normas para el logro de la distinción y del prestigio; y esto influye en la constitución de las juventudes. El relato publicitario como señales de identidad juvenil está representado por las posturas, los peinados, los adornos, los gestos, el lenguaje, etc. Además, la trascendencia de la mercancía, de juventud-signo, crea una idea de joven relacionada con el consumo, dando lugar al joven-mito caracterizado por ser empresario, deportista, insufrible, seducible, sin incertidumbre. Los medios de comunicación lo muestran como que vive esta etapa sin conflictos.

Aquí pienso que ante estos mensajes que reinan en el sistema, muchos jóvenes tal vez sienten que no son parte de esa juventud, lo que causa incertidumbre, fragilidad, angustia, incomprensión, exclusión, etc.  Dado que el sistema muestra un modelo de juventud que es el aceptable. Modelo del que muchos jóvenes provenientes de sectores económicos bajos no pueden formar parte. Además se ha dado una fragilidad en los vínculos con los otros: adultos, padres, amigos… Cuestiones que creo que de alguna manera estos jóvenes tratan de resolver formando parte de distintos grupos llamados culturas juveniles, sub-culturas o en algún tiempo (no tan lejano) también se conoció a las tribus juveniles. Haciendo de estos grupos un espacio de encuentro, cara a cara, cuerpo a cuerpo; en el que cada uno tiene su rito, se sienten identificados y se mueven en función de sus gustos y preferencias.

Es por ello que considero relevante, para que tenga lugar un desarrollo armónico (si se quiere) de la juventud, que (entre otras cuestiones) se promueva la aceptación de los distintos estilos, pensamientos, puntos de vista, gustos, vestimentas, peinados, preferencias, etc. Es decir, resulta relevante que se permita que los jóvenes elijan, que se cree un espacio de diálogo y escucha (cara a cara)… dado que esto permitirá una vivencia de la etapa de juventud de una manera más placentera.

 

 

Referencias

Cháves, M. (2009). Investigaciones sobre juventudes en la Argentina: estado del arte en ciencias sociales 1983-2006. Papeles de trabajo. Revista electrónica del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín, Buenos Aires, 2, (5).

Dávila León, O. (2004). Nociones y espacios de juventud. Adolescencia y juventud: de las nociones a los abordajes. Revista última década, Santiago, 12, (21).

Di Segni Obiols, S. (2002). Adultos en crisis, jóvenes a la deriva. Buenos Aires: Noveduc.

Feixa, C. (1995). Tribus urbanas y chavos banda. Las culturas juveniles en Cataluña y México. Nueva Antropología. UAM-ACIESAS, 15, (p.73).

Gallego, E. y Granado, P. (2008). Jóvenes, Culturas y Universidad. ¿Desde dónde se aprende? Revista académica e institucional, 58. Extraído el 27 Abril, 2012 de http://www.ucpr.edu.co/paginas/revista58/jovenescultura.htm

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Margulis, M.; Urresti, M. (1996). La juventud es más que una palabra. Ensayos sobre cultura y juventud (Cap 1). Buenos Aires: Editorial Biblos.

Martín Criado, E. (1998). Producir la juventud. Crítica de la sociología de la juventud (Primera parte, Cap 3). Madrid: Editorial Istmo.

Obiols, A. G. y Di Segni de Obiols, S. (1993). Adolescencia, Posmodernidad y Escuela Secundaria. Buenos Aires: Kapelusz.

Pérez Islas, J. A. (2010). La discriminación sobre jóvenes. Un proceso de construcción. El Cotidiano. Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco, Distrito Federal, México. 163, (pp. 35-44).

Reguillo, R. (2000). Emergencia de las culturas juveniles: estrategias del desencanto. Bogotá- México: Editorial Norma.

Sandoval, M. (2002). Jóvenes del siglo XXI. Sujetos y actores en una sociedad en cambio. Santiago: Ucsh.

Trujillo, H.; Muñoz, M; Cobo, M. y otros. (2002). Conciencia y construcción cognitiva. Ponencia presentada en III Simposio Nacional de Juventudes, Eduquémonos para la Convivencia:.Grandes.Conflictos,.Grandes.Retos..Extraido.el.29.
Octubre,.2011.de http://bit.ly/QzVNNk


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    Para citar este artículo:
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    Hirigoyen, M. A. (2012, 24 de septiembre ). La construcción social de las juventudes. Una aproximación desde la Sociología de la Cultura. PsicoPediaHoy, 14(10). Disponible en: http://psicopediahoy.com/construccion-social-juventudes-sociologia-cultura/
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