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Efectos psicosociales de la separación de los padres en los niños y niñas. Una revisión del estado del arte

Publicado: Ago 14, 14 │ Categorías: Artículos, Artículos PsicologíaSin Comentarios
  • Jose Alonso Andrade Salazar
    Docente investigador
    Facultad de psicología
    Fundación Universitaria de Estudios Superiores Monseñor Abraham Escudero FUNDES.
    Espinal, Colombia

    Johana Morales Perdomo
    Estudiante de IX semestre de psicología
    Fundación Universitaria de Estudios Superiores Monseñor Abraham Escudero FUNDES.
    Espinal, Colombia



Resumen

Este trabajo tiene como objetivo analizar los efectos psicológicos de la separación de los padres en los niños y niñas. Para ello se utilizó un modelo cualitativo de investigación de tipo hermenéutico con base en la revisión de artículos y publicaciones, en diversas fuentes de documentación. El estudio encontró que a causa de la separación de los padres, los niños y niñas se ven afectados en su vida social, familiar y emocional, lo cual altera directamente la relación con otros y consigo mismo; este factor, a pesar de ser un momento doloroso para algunos hijos, es considerado beneficioso ante un clima familiar intenso, agresivo y dotado de descalificaciones y agresiones mutuas.

Palabras clave: conflicto intrafamiliar, divorcio, separación parental, niños y niñas, psicología, trauma.

 

De acuerdo con el periódico “El Tiempo” citando a la superintendencia de notariado (SIN, 2010) en Colombia en el año 2010, tres parejas se divorciaron cada dos horas; aspecto que constituye un problema social importante, porque afecta una de las instituciones más importantes para el desarrollo social de un país: “La familia” (Durán & Maya, 2008). Igualmente, durante este año la entidad afirmó que 13.346 parejas se separaron de forma legal. Los datos de la Superintendencia de Notariado y Registro revelaron que los divorcios en el país para el año 2010 presentaron una notable disminución del 28,5% lo cual significa la existencia de 3.800 divorcios comparado con el año 2009, año en el cual se separaron 17.146 parejas (SIN, 2010). La entidad considera que la situación de la separación conyugal en Colombia y las consecuencias para los hijos es tan preocupante, que cada día un aproximado de 36 parejas terminan sus vínculos matrimoniales, aunque en algunos casos resulta una opción razonable cuando el maltrato es el denominador común de las relaciones intrafamiliares (Estrada et al., 2006).

La Súper Intendencia, en el compilado total del año 2010, demostró que los meses en los que más se presentaron distanciamientos fueron diciembre (1.301), septiembre (1.251) y agosto (1.188) (SIN, et al., 2010). Respecto a los datos de 2013, la entidad informó que en comparación con el periodo comprendido de enero a mayo del año 2012, “el 2013 presenta una disminución del 6.5% en el número de matrimonios civiles registrados en las notarías del país, (…). El 6.5% también es el porcentaje de disminución del número de divorcios presentados en los 5 primeros meses de 2013” (p. 1), comparado con el año 2012. Se registra que en los departamentos de Chocó, Guainía, Putumayo y Amazonas fueron los que menos matrimonio civiles registraron en lo corrido del año. Según Guerrero & Pulido (2007), la separación conyugal involucra diversas situaciones derivadas del hecho de que “las relaciones de poder y el rol de cada persona dentro de las parejas ha ido cambiando” (p. 2), situación equivalente en los casos de divorcio en todo el hemisferio (Guerrero, et al, 2007).

Para el caso de Colombia Ramirez, et al., (2001), indican que la familia colombiana ha sufrido cambios importantes en su sistema de estructura y de relación intrafamiliar que incluyen el desarrollo profesional de cada miembro, la independencia económica y la asunción de roles en el hogar y por fuera de éste. Dichos componentes son trascendentales al momento de comprender las fracturas y separaciones de la unidad familiar y, por consiguiente, las consecuencias en los hijos que son producto de la relación afectiva (Guerrero & Pulido, 2007). Según Zambudio & Rubiano (1991), las parejas se separan por motivos domestico-conyugales y externo-conyugales que pueden resumirse en acciones de infidelidad, desenamoramiento, rutina y problemas económicos, especialmente. Se debe resaltar que las causas y consecuencias de la separación son análogas a las consecuencias en los hijos (Zambudio et al., 1991). Grosso modo, para una pareja que se separa uno de los elementos que más causa traumatismo es la división de las responsabilidades y las vinculaciones frente a los hijos. Es importante mencionar que la idea de familia disfuncional puede estar tan arraigada, que la separación es solamente otro de los elementos de desajuste con la que se culmina un proceso de ofensas y daños mutuos, dicho esto “la familia  puede describirse como cualquier grupo de personas que mantienen una relación biológica, emocional o legal y comparten o no un mismo sitio de vivienda” (Gutierrez, 2008).

Sin embargo, ésta estabilidad y unión puede verse totalmente desajustada cuando los intereses individuales priman sobre las necesidades grupales o familiares, y los hijos reciben las consecuencias directas de la separación de la pareja y sus conflictos (Agudelo, 2009). Se debe aclarar que de este entramado de circunstancias, los hijos adsorben la mayoría de consecuencias, convirtiéndose en los depositarios o chivos expiatorios de la ansiedad de los padres. La separación de la pareja en Colombia ha generado un aumento considerable de madres o mujeres “jefes de hogar” (Parker, Todd, & Wolpin, 2006), situación que modifica el sistema de relaciones en los ámbitos económico, afectivo, social, cultural, ambiental y político (Ramirez, et al., 2001). Al respecto, Ana Rico de Alonso (2006) en su investigación para el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) denominada Caracterización y estructura interna de la jefatura femenina en zonas urbanas del sector informal, indica que una de las consecuencias graves de la separación de los padres y la prevalencia de una jefatura de hogar femenina, es la desestabilización socioeconómica, connotada por la informalidad laboral para el sustento (subempleo, rebusque, vivir el día a día con lo básico, explotación laboral, etc.), además de los elevados índices de pobreza urbana, principalmente de aquellas mujeres cabeza de hogar y familias vulnerables que pertenecen a sectores económicamente deprimidos de las ciudades colombianas.

En este sentido, Durán, Medina, González & Rolón (2001), indican que los hijos experimentan la separación de forma particular, puesto que cada uno tiene su propia vivencia y significancias asociadas, ergo algunos justifican esta separación en función del bienestar de las familias primordialmente si existe infidelidad, peleas constantes y un ambiente familiar hostil. Desde un punto de vista comparativo, un aspecto diferenciador entre hijos de padres separados e hijos de padres que conviven, en estos últimos las asociaciones frente a la separación son de carácter negativo en sus causas y consecuencias, creencia que “posiblemente está sustentada en el estigma con el cual la cultura colombiana ha señalado tradicionalmente el hecho de la separación y sus efectos sobre los hijos” (Durán, et al., 2001, p. 724). Respecto a las cifras del número de familias en el país, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) afirmó que para el censo del año 2005 en Colombia existían 10.575.297 hogares “de los cuales el 71% tenían jefatura masculina, y el 29% tenían como jefe del hogar a una mujer” (p. 2). De acuerdo con la entidad las familias de tipo monoparental con jefatura de la madre son más pequeñas (de 2 a 4 miembros), en comparación con los hogares de hombres que tienen entre tres y cinco miembros familiares, así dichos tamaños son frecuentes en el 60% de la población de jefes hombres y mujeres.

Cabe anotar que estas familias presentan separaciones de padres en diversos estados civiles, siendo la madre quien suele responder económicamente por el hogar y las necesidades de sus miembros, aun cuando tenga dificultades de ingresos (Angulo & Velásquez, 2010), ya que el 67,5% de hogares no cubre totalmente las necesidades del hogar. De acuerdo con el DANE, las mujeres solteras, cabezas de familia, pasaron del 19,9% al 31,7%, lo que indica una crisis en el sistema de conformación de los hogares. El tipo de familia prevalente es aquella que vive con sus hijos a nivel de cabeceras (34,5%) y del resto de los hogares (33,6%) (Angulo et al., 2010). De acuerdo con el DANE (2005), el 51,2% de personas en Colombia son mujeres y el 48,8% son hombres; el 22% son casadas, el 20,2% llevan más de dos años de convivencia con su pareja y el 1,9% llevan menos tiempo; asimismo, “el 46,2% de los hombres, mayores de 10 años, viven en pareja. De ellos, el 23,1% son casados, el 21,1% tiene más de dos años de convivencia con su pareja y el 1,9% tiene menos de dos años de convivencia” (p. 2). La entidad informa que el 7% de las mujeres son separadas o divorciadas, mientras el 7% son viudas; igualmente, los hombres separados o divorciados son el 3,7% y los viudos representan el 1,4%.

Según el DANE (2005) en los matrimonios colombianos, el número de las hijas (mujeres) asciende al 52%, mientras los hijos (hombres) son el 48%. Lo anterior indica que en la mayoría de los casos de separación, éste porcentaje de hijos pasa a vivir con uno de los padres separados, que se queda con ellos por motivos de custodia, abandono conyugal, viudez, acuerdo entre la pareja o permanecen con un familiar cercano. Se debe anotar que cuando esto no sucede, los hijos suelen quedar bajo la custodia del ICBF (Rico de Alonso, 2006). De acuerdo con Fernández (2013), las separaciones de los padres no solo emergen en el contexto colombiano in situ, pues es notable el número de parejas que se separan una vez alguno de los padres abandona el país, causando un innegable estado de desprotección y de conflicto en sus hijos. En este sentido, respecto a los inmigrantes colombianos la Encuesta Nacional de inmigrantes 2008-2009 “calculó la diferencia entre quienes parten al extranjero y no regresan en el trascurso de un año (especialmente mujeres), para reportar un total de 3.956.433” (Fernández, 2013, p. 1). Investigaciones indican que la separación de los padres en los hijos es un evento de dolor psicológico importante (Agudelo, 2009; Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008; Duran, Medina & Gonzalez, et al., 2009) ya que “les genera sufrimiento y dificultades, y el sentimiento predominante es la tristeza, seguido por la rabia, la desilusión, la soledad y la confusión” (Agudelo, 2009, p. 6). Dichos estados emergen aun cuando los padres indican que se trató de una  decisión madura y respetable que buscó el bienestar para ellos y para sus hijos.

De acuerdo con Agudelo (2009), a menudo cuando los padres se separan y conviven nuevamente, emergen en los hijos sentimientos de desagrado y de repulsión, catalogando el suceso de recomposición familiar como negativo (falta de compromiso, tolerancia y deslealtad) fundamentalmente entre las hijas. Estrada et al., (2006) indica que la salud mental de los niños, las niñas y los adolescentes que provienen de familias nucleares presentan una elevación del riesgo de presentar problemas académicos moderados o severos; sin embargo, “en niños o adolescentes hijos de padres separados, es 1.69 veces mayor con respecto a los hijos de familias nucleares” (p. 8). El autor considera que entre las consecuencias hacia el futuro para los hijos se encuentra el consumo de sustancias psicoactivas, ingesta que inicia en el alcohol y el cigarrillo y puede transcurrir hasta drogas “duras” e ilegales, generalmente en los momentos de crisis. Un dato revelador es que “para todas las sustancias psicoactivas ilegales existe mayor consumo en los hijos de padres separados frente a los de familias nucleares” (p. 9), en comparación con los hijos de padres que conviven. Resulta importante considerar que a razón del impacto de la separación y la sensación de desarraigo y abandono, los hijos de padres separados exhiben una vulnerabilidad psicosocial mayor, en contraste con aquellos que se encuentran protegidos por familias nucleares (Estrada et al., 2006; Agudelo, 2009; Maldonado, 2003; Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008; Duran, Medina & Gonzalez, et al., 2009).

En este aspecto, Durán, et al., (2007) consideran que las percepciones respecto a las consecuencias de la separación se asocian a transformaciones en la dinámica de las relaciones familiares, primordialmente porque dicha separación involucra cambios en la relaciones con el padre y la madre (por separado), además del hecho de asumir nuevos roles en el hogar de tipo parental “emparentarse”, la obligación de adaptarse a nuevos contextos de socialización y normas con la familia extensa, la convivencia en nuevas familias ensambladas, las acciones de adopción, la convivencia en familias sustitutas, y la consideración de realizar ajustes importantes en el ámbito socioeconómico. Para el caso de Colombia la situación de la infancia y adolescencia presenta particularidades notorias asociadas a la situación emocional de niños y niñas, que han sido multivictimizados a razón del abandono parental, las separaciones, el maltrato y las secuelas traumáticas del conflicto armado (Andrade, 2010; 2011; 2011a). Durán & Maya (2008) consideran que la situación de los derechos de la infancia que ha perdido el cuidado de sus padres o están en riesgo de perderlo es preocupante, ya que algunos de ellos pueden quedar sometidos al cuidado de personas que los exploten en ausencia de uno o de ambos padres, lo cual genera consecuencias tales como la emergencia de niños habitantes de la calle, trabajo infantil, explotación sexual y comercial, entre otros aspectos.

Estas consecuencias se inscriben a vulnerabilidades aún mayores en algunos niños y niñas en situación de desplazamiento forzado, que por efecto de la separación de sus padres se vinculan a grupos armados en busca de estabilidad económica, por colaborar económicamente con el padre que quedó a cargo del hogar, por escapar de la presión intrafamiliar asociada al conflicto entre padres o por escaso cubrimiento de las necesidades básicas de supervivencia (Durán, 2006). Grosso modo, la separación siempre será una experiencia traumática para los hijos muy cercana a la muerte o desaparición de los padres (Bowlby, 1993), lo cual genera en ellos sentimientos de intranquilidad relacionados con su futuro, inseguridad, temores elevados y ansiedad frecuente, como también sentimientos de tristeza y de resentimiento (Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008).

Aspectos teóricos

La familia es pensada como la base de la socialización y el principal sistema de relación e introducción a la cultura en el ser humano, dado que en ella se transmiten diferentes formas de educación, costumbres, creencias, valores, afectos, normas, formas de comunicación, roles, procesos de identificación y formas de convivencia (Satir, 2002), aspectos que repercuten en la conducta de los niños y las niñas a lo largo de su vida, como también en las diversas situaciones emergentes que pueden llegar a afrontar (Simón, 2004). Asimismo, en la interacción familiar se reestructuran los comportamientos de cada uno de sus miembros a través del tiempo, aspecto que en gran medida puede producir dificultades para adaptarse a nuevas situaciones y conflictos, además de la alteración del funcionamiento normofuncional de la familia. Lo anterior expresa que todo lo que en ella surja, afecta análogamente a la totalidad de sus miembros (Coloma, 1993).

Virginia Satir & Gregory Bateson (1991), plantean que la familia es un sistema con una interacción constante entre sus elementos integrativos, donde el estado o cambio de alguno de ellos afecta a los demás y viceversa, generando así un cambio sistémico. Satir menciona la existencia de sistemas abiertos (funcional/nutridor) y cerrados (disfuncional/conflictivo); el sistema abierto es aquel en el que sus partes están interconectadas, son sensibles a los demás, la comunicación fluye entre sus miembros, se permite la sinceridad, las diferencias se consideran normales, se dan negociaciones de manera constante, se plantean acuerdos, se aceptan los diversos sentimientos y pensamientos; por otra parte, los sistemas cerrados son caóticos, disfuncionales, se les dificulta adaptarse a los cambios, se niegan a aceptar nuevos elementos, la sinceridad es perjudicial, las diferencias se conciben como peligrosas e imponen limitaciones al desarrollo y la libre expresión (Satir, 2002).

Del mismo modo, el modelo estructural sistémico de Salvador Minuchin argumenta que los problemas psicológicos se originan en el ámbito familiar, al producirse una disfunción en las interrelaciones establecidas entre sus miembros, situación que influye en la vivencia de un conflicto individual en cualquier miembro del sistema. Minuchin (2003) plantea que la estructura familiar está conformada por varios subsistemas (individual, conyugal, parental, fraternal), en los que se expresan demandas funcionales y limites; igualmente, se evidencia la interacción de diferentes factores como: la jerarquía (miembro que ostenta los recursos), la centralidad (miembro en el que recae la mayor parte de situaciones positivas o negativas), la periferia (miembro con menos participación), hijos parentales (desempeñan el rol de padre o madre), alianzas (unión entre dos o más miembros para buscar el beneficio común), coaliciones (unión de dos o más miembros con el fin de hacer daño al otro), y finalmente, la triangulación (conflicto entre dos miembros de la familia, en el cual una tercera persona es involucrada con el fin de perjudicar al otro) (Soria, 2010). Dicho esto, la familia transforma y estructura a las personas, creando un estilo de actuar que mediatiza la socialización con otros sistemas; ante esto, surge la idea de que todos los eventos vivenciados y las experiencias tempranas en la dinámica familiar, de algún modo organizan los pensamientos y acciones en el presente (Simón, 2004).

Con relación a los cambios de la familia y el matrimonio, Zambudio y Rubiano (2001) denotan que de manera gradual  se ha producido un aumento y preferencia por la “unión libre” y la disminución de las uniones legales (divorcios); frente a esto, Palacios y Rodrigo (1998) argumentan que la familia y el matrimonio es la unión de personas que conllevan un proyecto vital común, donde se generan fuertes vínculos, compromisos, relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia; instancias que aumentan con la llegada de los hijos y que pueden diluirse cuando el proyecto se desestructura. En los niños y niñas, la familia se instaura como un todo que organiza fuertes vínculos afectivos entre padres e hijos y garantiza el desarrollo equilibrado e integral del niño, permitiendo así la integración adecuada del infante a la sociedad (Palacios y Rodrigo, 1998). Sin embargo, el paso de la familia nuclear a una familia monoparental se efectúa debido a los cambios que ésta ha presentado a través del tiempo, escenario en el que las tensiones y los conflictos provocan una desvinculación notoria de los miembros, la cual se ve mediatizada y reforzada por la falta de diálogo y acuerdos familiares (Zambudio y Rubiano, 2001).

Por otra parte, Papalia, Wendkos y Dusán (2001) indican que la relación conyugal es un factor determinante en el adecuado desarrollo del niño, dado que para formar la integridad del hijo se necesita la colaboración del padre y la madre conjuntamente; en consecuencia, la dinámica familiar soporta en gran medida –pero no totalmente- las bases de la salud o de la enfermedad mental en el infante, convirtiéndose en un elemento determinante al momento de evaluar y analizar la estabilidad mental de los hijos y del nucleo familiar que se desarticula. Por ello es posible afirmar que ante la separación de los padres, se ve alterada  la salud mental del niño o adolescente,  los mismos que pueden reflejar en la adultez características disfuncionales importantes asociadas a las relaciones afectivas con otros (Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008).

Las familias presentan una diversidad importante de situaciones que los confrontan y reestructuran su sistema de relaciones, entre ellas la separación o ruptura entre la pareja, no es solamente un evento de anulación mutua, sino también una búsqueda de autonomía, igualdad y equidad vista como una posibilidad de construcción y reorganización a nivel personal (Pinsof, 2002). Respecto a la separación de los padres, diversos autores han indagado sobre las consecuencias de esta situación en los hijos. Los estudios indican la importancia de que los hijos comprendan las causas del divorcio a fin de disminuir el estrés al que estos se ven enfrentados (Castells, 1993; Dolto, 1998; Anónimo, 2000; Vallejo, Sánchez-Barranco & Sánchez-Barranco, 2004; Riquelme, 2005). Entre las causas psicológicas se encuentran sentimientos de rabia, miedo, tristeza, abandono y la esperanza de una reconciliación (Kump, 2000) y las alteraciones psicosociales, tales como el aislamiento social, el retraso escolar, las conductas desviadas, etc. (Hanson, 2003).

En este orden de ideas, Pinsof (2002) argumenta que para los niños y las niñas, la separación de los padres es un hecho similar al de la muerte de uno de los cónyuges, lo cual afecta su estabilidad biopsicosocial y las condiciones afectivas, óptimas para su desarrollo integral. Asimismo, dichas separaciones a nivel macro social, alteran la familia como institución; es decir, la infraestructura básica de la socialización, y al lado de ello las formas de control social-comunitario, y la funcionalidad a nivel social y psicológico de los niños, niñas adolescentes y adultos. De acuerdo con Funder (2000), los cambios en las relaciones familiares, incluyen la dilución de los vínculos internos, la desestructuración de la cohesión interna como grupo, y la emergencia de dificultades en las habilidades de apoyo y de resiliencia entre sus miembros. Por tal motivo cuando estos elementos interactúan dinámicamente, los efectos negativos de la separación se hacen más evidentes en los hijos y pueden llegar a ser experimentados e integrados por estos de forma positiva o negativa, lo cual depende de modo como estos se vean involucrados en los conflictos y del acercamiento emocional del niño a la situación de divorcio (Funder, et al, 2000). A la par, dichos efectos obedecen a la actitud de los cónyuges y de la relación establecida con sus hijos (Funder, 2000; Marquardt, 2005).

En relación a lo conyugal y los cambios sociales, Maldonado (2008) considera que en la actualidad las familias tienden a preferir experiencias nuevas, en consecuencia no lamentan la pérdida de las tradiciones. Pese a esto, algunas familias se empeñan en guardar parte de su pasado y al mismo tiempo en transformarse sin incluirlo por tal motivo tienen dificultades en la construcción de la intimidad, aspecto que abre paso a la primacía de la autonomía y decisión individual por encima de un proyecto de pareja o de familia compartido. En este sentido se evidencian desacuerdos en los derechos y deberes de los padres, poca actitud reflexiva y actitudes inflexibles respecto a los hijos, estos aspectos mediatizan y refuerzan la separación y el conflicto conyugal (Maldonado, 2008). Según Wallerstein y Lewis (2004) la separación de los padres tiene consecuencias a largo plazo, dado que entorpece el establecimiento de relaciones de pareja en la adultez y el desarrollo académico y profesional de los hijos; los autores indican que estos adultos muestran cuadros de ansiedad, temor al rechazo, baja autoestima, indecisión, vulnerabilidad a la depresión tras una perdida, baja tolerancia a la frustración, sentimientos de soledad, desconfianza en el compañero sentimental, problemas relacionados con la sexualidad, disminución en la capacidad para amar e incongruencias en sus creencias.

A largo plazo, muchos de los niños y niñas cuya separación paterna fue traumática, en el futuro terminan estudiando carreras que no son de mucho interés para sí mismos o no las acaban debido a la inestabilidad emocional, las malas elecciones y la alteración socioeconómica tras el divorcio, motivo por el cual sienten que fueron los principales afectados por la separación de sus padres (Wallerstein y Lewis, 2004). Dentro de las consecuencias a corto plazo, Jadue (2003) afirma que tras la separación se generan sentimientos de tristeza, rabia, abandono, negación, alteración en las relaciones interpersonales (padre-hijo, madre-hijo, padre-madre), preocupación frente a la decisión de con quién vivir, conflictos a nivel parental y fraternal, dificultades de relación con la comunidad y entre pares, temor al señalamiento social, resentimientos hacia los padres, dificultades para aceptar la ausencia de los padres, sentimientos de culpa, tendencia a buscar culpables, confabulaciones y alianzas con uno de los padres entre otros aspectos.

De acuerdo con Lebow (2003) y Vega (2003), la separación es un evento que incluye contradicciones y controversias entre los padres, hecho que repercute en la salud y el bienestar de los hijos; y aunque en la actualidad el divorcio sea una situación muy común, este no deja de representar un importante factor de riesgo en la crianza de los hijos, dada la privación o el compartir de manera eventual con unos de sus padres y la exposición a los conflictos durante y/o tras la separación. No obstante, cuando los padres logran tener una clara y respetable relación luego y durante del divorcio, se contrarrestan las alteraciones psicosociales en los hijos; escenario en el que los niños y las niñas se reponen a la ruptura, elaboran el duelo, afrontan la situación dolorosa y se adaptan satisfactoriamente al nuevo estilo de vida (Estrada, et al, 2006). Estas condiciones operan como factores protectores y promueven la disminución de las consecuencias que alteran el bienestar y desarrollo integral del niño; entre estos factores se deben mencionar: el comportamiento amoroso por parte del progenitor que abandona el hogar, que los padres no oculten su dolor, lo controlen y expliquen la situación de acuerdo a la edad del infante, el brindar seguridad al hijo en los ajustes de rutina, vivienda, colegio y economía, la asignación de funciones acordes a la edad del niño, conservar una relación permanente con el padre que ya no convive con ellos, la coordinación de ambos padres para dar cumplimento a sus funciones parentales, el apoyo por parte de amistades, profesores, familiares y en algunas ocasiones la intervención de un profesional capacitado para acompañar el proceso pre y post separación (Agudelo, 2009).

Por otra parte, la separación conyugal no solo es vista como una situación de crisis que perjudica psicosocialmente a los niños, sino que en muchos aspectos puede ser también una opción favorable para el bienestar de los hijos (Vega, 2003); esto se soporta en la idea de que la convivencia familiar, cuando se encuentra cimentada en constantes conflictos, discusiones, infidelidad, irresponsabilidad, irrespeto, violencia intrafamiliar, consumo de alcohol y drogas, etc., afecta el sano desarrollo de sus miembros y la calidad del ambiente familiar (Durán Medina, Gonzales y Rolon, 2006). Las separaciones pueden llegar a afectar a los hijos de forma significativa, llevándolos a ser proclives al miedo, ansiedad, depresión, labilidad emocional e inseguridad (Durán y Maya, 2008). De acuerdo a lo dicho, la ruptura parental no necesariamente implica el sufrimiento de consecuencias negativas y devastadoras para los niños, puesto que puede llegar a funcionar como un factor protector ante una situación que podría ponerse peor y que de forma inmediata genera temor, agresiones y descalificaciones constantes, lo cual afecta la imagen de los padres y los procesos de identificación de los hijos con estos. La separación de la pareja con hijos, en muchos casos, favorece grosso modo un adecuado desarrollo biopsicosocial en los niños y las niñas, lo cual facilita que mantengan su funcionalidad en el contexto socio-familiar y educativo (Agudelo, 2009).

Según Menéndez (1994,) el proceso de separación consta de tres etapas: la primera es la etapa aguda donde se da la desilusión, el desenamoramiento, La infidelidad,  los desacuerdos, los conflictos y la progresiva decisión de separarse. En la etapa de transición se consuma el hecho de separarse y se comunica a los hijos, situación difícil de asimilar por los niños debido a los cambios planteados y al desconocimiento de la etapa anterior; del mismo modo, la etapa de transición está estrechamente vinculada con el conflicto, razón por la cual ningún niño aprecia la separación como una oportunidad sino como una amenaza y un fracaso en la relación de sus padres. La última etapa es el restablecimiento de la estabilidad, momento que conlleva la re-adaptación a la nueva situación; en esta fase muchos padres buscan el apoyo de los hijos, incrementando en ellos las preocupaciones y la ansiedad al sentirse en medio de las discusiones parentales, instancia en la cual muchos padres tienden a utilizar a los hijos como objeto de sus agresiones.

Para finalizar, dentro de las consecuencias a nivel psicológico, social y educativo, Sellares (1987) discurre que su impacto debe ser considerado desde las siguientes variables: en primer lugar, la madurez psicológica y las patologías psicológicas de los padres, la cual está referida a la capacidad de ponerse en el lugar de sus hijos, el ser sinceros y comprensivos con los niños, manejar la situación desde una postura no conflictiva, además de antecedentes de capacidad de afrontamiento del conflicto, aspectos que al no presentarse llevan a la emergencia e instauración de una vulnerabilidad psicosocial importante en la infancia. Las patologías psicológicas y el historial de enfermedades mentales (depresión, trastornos de ansiedad y de la personalidad, dependencia emocional, etc.) son determinantes al momento de entender las reacciones emocionales de los hijos (Sellares, 1987). En segundo lugar, la personalidad del niño y su historia evolutiva, comprendida como la madurez del hijo de acuerdo a la edad, la habilidad de enfrentar problemas, la seguridad, la autonomía, alta autoestima y la resiliencia; dichos elementos se constituyen cuando la historia evolutiva del niño se ha dado sin conflictos, rodeado de afecto, compañía y apoyo; lo cual hace que las consecuencias del divorcio disminuyan.

Por último, el nivel socioeconómico es una de las variables referidas al aislamiento social, la inadaptabilidad a la nueva situación, al cambio de hogar, traslado de escuela, nuevas amistades y condiciones de vida diferentes a las ya acostumbradas (Sellares, et al, 1987). Todas estas variables permiten comprender que los efectos del divorcio en los hijos desencadenan un desgaste de la funcionalidad del niño en diversos contextos (familiar, social, escolar), aunque estos no se exterioricen a modo de trastornos psicopatológicos relevantes (Maganto, 2011).

Antecedentes investigativos

En la investigación planteada por Sellares (1987), se evalúa el impacto del divorcio en los hijos de acuerdo a las siguientes variables: la primera de ellas es la madurez/patología de los padres referida a la capacidad de ponerse en el lugar del niño, el evitar el conflicto y/o rivalidad. En segundo lugar se encuentra la personalidad del niño y su historia evolutiva, la cual determina la capacidad de enfrentar los conflictos, la seguridad, la autonomía y la resiliencia como aspectos protectores de dicha situación estresante. Si el niño ha tenido una historia sin problemas y se han satisfecho sus necesidades de afecto y de compañía, los efectos de la separación serán menores; de otro lado, si su historia ha sido marcada por el abandono, problemas relacionales y falta de afecto, se presenta un mayor riesgo a desencadenamiento de problemas emocionales o patológicos al enfrentarse a la situación de divorcio. El autor destaca que los niños son más vulnerables a sufrir consecuencias negativas y patogenias durante dicha situación. La última variable que se debe considerar es el nivel socioeconómico el cual orienta la comprensión sobre los efectos del cambio de hogar, amigos, escuela, estrato social, etc. Como consecuencia de la experiencia de divorcio, los hijos experimentan una disminución de la autoestima, inseguridad, menor autonomía, preocupación por el futuro y ansiedad; aspectos que afectan su conducta prosocial y el rendimiento escolar.

La investigación de Wallerstein, Corbin & Lewis (1988), habla sobre las diferencias de los efectos de la separación de acuerdo al nivel evolutivo, estos autores establecen que tanto la edad del niño en el momento de la separación y el tiempo transcurrido pueden ser determinantes de los efectos negativos o positivos del divorcio. Los preescolares presentan ansiedad por miedo al abandono, conductas regresivas y autoinculpación, estos niños y niñas se ven más afectados a corto que a largo plazo, debido a que en tiempos posteriores se les dificulta recordar los conflictos familiares y los momentos vividos durante la separación de sus padres. Los preadolescentes frente a la separación de sus padres se sienten impotentes, temerosos, coléricos respecto a uno o ambos padres y tienden a estar de parte de uno de sus progenitores; dicho así, las consecuencias de la separación en los adolescentes se experimentan a largo plazo, y entre ellas se encuentran el bajo rendimiento académico, la depresión aguda, la conducta antisocial, el aislamiento social en el colegio y en la comunidad, la ansiedad por su futuro y la carencia de amistades, especialmente.

Según Amato y Keith (1991), la probabilidad de que la situación de divorcio sea particularmente estresante para los hijos se ve reforzada por la posibilidad de que ésta sea precedida y continuada por un etapa de conflicto interparental. Sin embargo, dicho conflicto entre los padres se reduce convincentemente en los tres años siguientes al divorcio. Estos autores afirman que los niños que más sufren son aquellos que se enfrentan a una separación conflictiva entre sus padres, donde el hijo se ve contrapuesto a estar en una posición central en medio del conflicto interparental, generalmente por el hecho de que el niño es el objeto de la controversia de custodia que se disputa judicialmente. Esta situación tiene un impacto traumático y estresante para el niño, lo cual puede llegar a generar problemas de salud mental e incluso alteraciones fisiológicas que desencadenan patologías como la hipertensión, enfermedades infecciosas o enfermedades coronarias (Markovitz & Matthews, 1991).

En un estudio exploratorio realizado por  Pedro Bengoechea (1992) sobre los efectos del divorcio en los hijos se analizó una muestra de 905 niños de familias intactas y 536 niños de familias separadas, los niños estuvieron entre la edad de los 6-18 años. El estudio  tuvo como conclusiones que tanto el rendimiento escolar, la conducta y los sentimientos depresivos se ven alterados en los niños afectados emocionalmente por la separación de sus padres. Además de ello, los hijos al no lograr valorar la situación de manera adecuada presentarán una tendencia a culparse a sí mismos del divorcio, por lo cual temen al abandono de los padres y tratan constantemente de reconciliarlos. Los niños de familias separadas realizan atribuciones negativas hacia el padre con más frecuencia que hacia la madre. Igualmente, Gould, Shafer, Fisher y Garfinkel (1998), en su estudio de autopsia psicológica en casos de suicidio de adolescentes, encontraron que las variables que influyen en la adquisición de secuelas psicopatológicas frente a la situación de divorcio son: la edad del niño en el momento de la separación, los nuevos vínculos afectivos de los padres con personas externas a la familia, la ausencia del contacto con el padre o la madre durante el proceso de separación, la calidad de la relación padres-hijos y la psicopatología parental.

Los estudios clínicos realizados por Menéndez (1994) sobre los datos psicológicos y sociológicos del impacto de la separación o divorcio en los hijos, están ideologizados por una idea de que el hecho de separarse puede llegar a resultar bueno o malo. Igualmente, las reacciones de los hijos se vinculan a la intensidad del conflicto previo a la separación, al contexto socioeconómico de la familia y a las actitudes de sus padres frente a la situación. Además, plantea la existencia de tres etapas durante el proceso de divorcio: la etapa aguda (conflictos previos y progresiva toma de decisión de separarse), la etapa de transición (se consuma el hecho de la separación) y la etapa de restablecimiento de la estabilidad (re-adaptación a la nueva situación).  La etapa que más llega a afectar a los hijos es la de transición debido a los cambios planteados por sus padres donde el vínculo familiar se rompe sin tener claro conocimiento del porque en muchas ocasiones; es en dicha fase donde el niño no percibe el divorcio como una segunda oportunidad, sino como el fracaso de la relación de sus padres.

En el estudio Creencias infantiles sobre la separación parental, realizado por Ramírez, Botella y Carrobles (1999) en Madrid, se aborda dicha problemática desde la adaptación de la escala desarrollada por Kurdek y Berg de 1987 (CBAPS), la población estuvo compuesta por dos muestras: la muestra del juzgado (MJ) que incluía 76 niños entre los 8-14 años, hijos de familias en situación de separación que son remitidos a evaluación psicológica por el juzgado de familia; la muestra de mediación familiar (MM) que incluyó 23 niños entre los 8-14 años, hijos de familias separadas que siguen un proceso de mediación familiar. En este orden de ideas, el procedimiento a través del cual los padres se separan influyen en las creencias problemáticas que los hijos desarrollan tales como la autoinculpación, la esperanza de reconciliación, conflictos de lealtad, el miedo al ridículo o el rechazo, sentimientos de abandono, sentimientos de culpabilidad unilaterales (culpabilidad hacia el padre o a la madre) y la inadaptación personal. Aspectos que se hacen más intensos en aquellas familias que efectúan el divorcio por la vía de conflicto. Además de esto, los hijos tienden a culpabilizar al progenitor no custodio del conflicto.

En este sentido, el estudio de McLanahan (1999) evidencia que la disminución de los recursos económicos tras el divorcio, lleva a que los hijos experimenten hechos como el traslado de residencia, pérdida de apoyo de uno de sus padres,  inestabilidad académica, discriminación social, menor tiempo de dedicación por parte de sus padres y acceso inadecuado a bienes y servicios. Estos aspectos conllevan, a menudo, procesos de inadaptabilidad respecto a su nueva vida, conductas delictivas, bajo logro académico, baja tolerancia a la frustración, problemas de conducta, inestabilidad emocional, relaciones interpersonales conflictivas, interacción con grupos de iguales desviados, deseo de reconciliación anulado, ansiedad y agresividad, fracaso escolar, además de actitudes manipulativas que favorecen los conflictos entre los padres para provecho de sí mismos.

De acuerdo a la diferencia de género, investigaciones como la de Allison y Furstenberg (1989), Mazur et al. (1992), Cantón y Justicia (2002), han encontrado la presencia de consecuencias aún más graves en los niños, principalmente en los dos años siguientes tras la separación, mientras que en las niñas se observa mayor capacidad de adaptación y problemas menos visibles. Ante esto, los niños suelen presentar problemas conductuales (conductas delictivas, bajo rendimiento académico, conductas disruptivas en el aula, consumo de drogas y alcohol) y mayor hostilidad; mientras que las niñas expresan depresión, ansiedad y baja autoestima. Por otra parte, tras la ruptura matrimonial en ambos sexos se aumenta las interacciones negativas entre los hermanos produciendo la pérdida de afecto y apoyo; sin embargo, cuando uno de los hijos es un adolescente existe una mayor probabilidad de que se efectué un vínculo afectivo y de apoyo más fuerte.

En la línea de investigación de Lebow (2003) se establece que entre los conflictos más complicados que generan mayor ansiedad en la ruptura familiar en los hijos, se halla la controversia sobre la pauta de relación y convivencia entre los padres y sus hijos tras la separación. Lebow argumenta que este tipo de conflictos presumen un problema contemporáneo de salud pública que debe ser analizado e intervenido. Asimismo, los niveles elevados de conflicto intrafamiliar conllevan consecuencias negativas tanto para padres e hijos antes, durante y luego del proceso de separación. Cabe mencionar que en los niños se manifiestan efectos internalizantes (depresión) o externalizantes (problemas de conducta, bajo rendimiento académico, aislamiento, etc.), que pueden ser rastreados hasta la edad adulta. Asimismo, entre los adultos se pueden generar diversas alteraciones psicopatológicas tales como, depresión, trastornos de ansiedad y del humor, alteraciones emocionales, problemas de autoestima, entre otros. El estado de conflictividad interparental es considerado un hecho de violencia intrafamiliar que promueve la formación de diversas consecuencias físicas y psicológicas que alteran en gran medida el funcionamiento del niño en su contexto sociocultural.

En el trabajo de Vega (2003) denominado El divorcio y las nuevas dimensiones de la paternidad, se plantea que el divorcio es un evento multidimensional de cambios complejos que afectan el funcionamiento familiar. Dicho esto, el divorcio tiene efectos negativos en los niños y niñas, entre ellos el más notable es el estrés infantil asociado a la ruptura, además de los problemas conductuales posteriores, y los conflictos desencadenados en la interacción con sus padres que se extienden a otros espacios de relación intrapersonal del menor (escuela, pares, comunidad). Dentro de este contexto, los aspectos de elevado estrés para los niños y niñas son: el cambio y descenso en la calidad de vida,  los problemas económicos posteriores a la separación, la relación conflictiva entre sus padres que puede llegar a prolongarse por un largo tiempo luego de la separación y el cambio del contexto social. Dichos elementos llegan a afectar el desarrollo del infante,  especialmente cuando las partes no acuerdan  trabajar juntos en beneficio de sus hijos e hijas. Un acuerdo positivo deberá incluir apoyo, respeto, colaboración, responsabilidad, cariño y tolerancia entre los implicados.

Un estudio de la Universidad de Sevilla llamado Divorcio y ajuste psicológico infantil. Primeras respuestas a algunas preguntas de Morgado y Gonzales (2006), tuvo como objetivo estudiar el ajuste de hijos de padres separados en comparación con aquellos niños y niñas cuyos padres permanecen casados. En el estudio se evaluó la competencia escolar, cognitiva y social, problemas de comportamiento y nivel de autoestima. Esta muestra estuvo compuesta por 96 infantes entre los 6-12 años, hijos de padres separados, mientras la muestra paralela (grupo control) se realizó con hijos de padres que aún conviven (93 sujetos). En los resultados del ajuste psicológico de niños y niñas con padres separados se evidenció que en cuanto a la competencia escolar, cognitiva y social, estos niños se encuentran en un nivel medio respecto a los hijos de padres casados; del mismo modo, se generó un  aumento de problemas conductuales y alteraciones a la autoestima. Sin embargo, estos perjuicios derivados del divorcio son reparables a medida que transcurre el tiempo, ya que los niños y las niñas se adaptan satisfactoriamente a la nueva situación, lo cual está asociado a la mantención del apoyo y de las relaciones (redes) de colaboración, cooperación, respeto, flexibilidad y responsabilidad tras la ruptura conyugal.

Paralelamente en el medio Colombiano se realizó la investigación: Relación entre la experiencia de la separación parental y la construcción de un proyecto de vida del joven y la joven universitarios, realizada por Durán, Medina, Gonzales y Rolon en el 2006; la muestra estuvo conformada por hombres y mujeres entre los 16 y 25 años de la Universidad Javeriana  de Bogotá, los resultados revelan que la separación de los padres es vista como una situación difícil que genera sufrimiento y dolor, sentimientos de odio, rencor, abandono, miedo, tristeza, soledad, desilusión, angustia, incomodidad, confusión, culpa, lástima y apoyo hacia uno de los progenitores. Al lado de ello, los jóvenes mencionan que la separación es una decisión que se debe respetar, entender y comprender desde una posición madura, dado que es una opción adecuada que brinda bienestar y tranquilidad a padres e hijos. Dentro de las consecuencias posteriores al divorcio se encuentra el cambio en las relaciones con el padre y la madre, el asumir roles parentales en la familia, el adaptarse a nuevas situaciones y contextos, el realizar ajustes a nivel socioeconómico, las dificultades en asumir un futuro rol de pareja, observándose una tendencia a dudar del afecto de su pareja, a sentir culpabilidad si algún aspecto de la relación no funciona, como también la creencia de que una relación afectiva traerá más cosas malas que buenas.

El Estudio comparativo de la salud mental de niños y adolescentes de familias nucleares con los provenientes de familias simultánea, monoparental y extensa producto de la separación conyugal en escolares del área Metropolitana de Medellín, realizado por Estrada, Torres, Posada, Aguádelo, Montoya y Álvarez (2006), tuvo como objeto de estudio una población de niños y adolescentes de grado quinto a undécimo, representada por 1.906 estudiantes elegidos aleatoriamente con una edad entre los 9 y 19 años. En los resultados se encontró que los problemas académicos severos y moderados son 1,69 veces mayor en los hijos de padres separados con relación a los hijos de familias nucleares; asimismo, el 27% de los sujetos de familias de padres separados presentan riesgo de alcoholismo, mientras un 20% de hijos de padres que conviven también presentan éste riesgo; por otra parte, el consumo de sustancias psicoactivas es prevalente en los niños y adolescentes provenientes de padres separados; entre estas sustancias se encuentran, principalmente, los inhalables y la marihuana. Asimismo, aquellos jóvenes que han sufrido la separación de sus padres presentan mayor ansiedad (58,0%) y trastornos afectivos moderados (37,6%) o severos (31,6%) en relación con un 33% y  un 29% para las familias nucleares.

En la investigación Trastorno de ansiedad por separación en hijos de padres divorciados, efectuada por Amorós, Espada y Méndez (2008), se estudió una muestra española de 95 escolares entre los 8-12 años, hijos de padres separados a quienes compararon con un grupo de niños de edades y género similares que no han vivido un proceso de separación de sus padres. Los resultados evidencian que los hijos que han vivido un episodio de separación conyugal presentan niveles más altos de ansiedad por separación; mientras que los niveles de ansiedad general se manifiestan por igual en las dos muestras. Esta situación estresante para el niño puede producir ansiedad, así no exista la predisposición a manifestar tal problema. Dicha alteración de la estabilidad mental (ansiedad) disminuye conforme avanza la edad de los niños y las niñas. Asimismo, se estableció la prevalencia del trastorno de ansiedad por separación a la edad de los 9 años y en el sexo femenino. Otro aspecto influyente en la adquisición del trastorno de ansiedad por separación durante un proceso de divorcio es la separación brusca del niño de las figuras afectivas (padre o madre), lo cual se convierte en un hecho estresante.

Asimismo, la investigación de Muñoz, Gómez y Santamaría (2008) Pensamientos y sentimientos reportados por los niños ante la separación de sus padres, realizada en Bogotá, Colombia, se encontró que los niños y las niñas presentan preocupación por su futuro y por la aceptación o el señalamiento por parte de los otros, inseguridad, temor por ser objeto de burla con sus pares, ansiedad, temor de perder el cariño de alguno de sus padres y  sentimientos de rabia, tristeza y resentimiento hacia los demás; dichos estados pueden persistir entre 3 y 5 años luego de la separación de los padres. A estos eventos se debe sumar las situaciones conflictivas de la pareja antes, durante y después de la separación, especialmente cuando los padres no se percatan de que los hijos son más los implicados y afectados por los problemas conyugales. Se resaltó que el conflicto no termina cuando se da el divorcio, sino que éste es trasladado hacia los niños, sometiéndolos a tomar decisiones que alteran su estabilidad emocional y social. Además de lo dicho anteriormente, los niños elaboran un duelo por la figura parental que se va de su entorno.

En el estudio de Cifuentes y Milicic (2012) titulado Crisis en la infancia: ¿Qué piensan, sienten y dicen los niños sobre la separación de sus padres?, se buscó analizar la experiencia de niños chilenos entre los 9 a 12 años de edad frente a la separación de sus padres y el significado que dan actualmente a dicha vivencia. Los resultados evidencian que la separación se convierte en un factor que conlleva a una crisis en los niños, afectando su desempeño conductual y socioemocional, causando cambios en el estado de ánimo que se van a reflejar en el contexto escolar y social. Del mismo modo, luego de dos o tres años tras la separación, los niños logran evaluar la experiencia desde una nueva perspectiva, resinificándola desde elementos favorables del presente. Dentro de las reacciones emocionales de los niños respecto a la separación se encuentran los sentimientos de pena, soledad, abandono, rabia y frustración. Entre los cambios sociales se destacan las mudanzas de residencia, la adaptación a un nuevo grupo familiar, cambios de colegio, pérdidas de amistades, realización de tareas domésticas, inclusión de la madre en la vida laboral, y con ello la falta de atención, apoyo y compañía por parte de la figura materna.

Discusión

Los niños y las niñas que provienen de hogares separados presentan notables dificultades de asimilación del estado de fraccionamiento familiar (Castells, 1993; Dolto, 1998; Vallejo, Sánchez-Barranco, & Sánchez-Barranco, 2004; Riquelme, 2005), al tiempo que presentan problemas de adaptación a nuevos entornos, autoestima baja (Vallejo, Sánchez-Barranco & Sánchez-Barranco, 2007) y dificultades de asimilación de nuevos componentes normativos a futuro (Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008). Estos aspectos guardan relación directa con el modo como las familias enfrentan los cambios derivados de la separación, al tiempo que con la forma particular en que cada uno de los padres de acuerdo a sus posiciones y características defensivas en su estructura de personalidad (Gordon, Stoffey & Bottinelli, 2008) “programan” al hijo para que “elimine o anule” al padre que se aleja del hogar (Ros, 2007; Vilalta, 2011), aspecto que produce alteraciones en la salud mental de los hijos, la reintegración del padre ausente, y en la capacidad adaptativa de niños y las niñas, los mismos que llegan, incluso, a despreciar y criticar de forma exagerada a uno de sus progenitores. A esta condición crítica emergente de las separaciones en las relaciones de ruptura intrafamiliar se le denomina “síndrome de alienación parental” (SAP). Este síndrome fue descrito por Gardner en 1985 (Gardner, 1985, 1987, 1992), y se constituye en el resultado o consecuencia de la manipulación de ambos padres, sin presencia de un maltrato real por parte de los mismos. Varias investigaciones indican que en las parejas en proceso de separación, el SAP emerge (Segura, 2006; Vilalta, 2011) de forma alienante para los hijos, quienes asocian este evento al desamparo, el desamor y la incredulidad en uno de sus padres (Vallejo, et al, 2004).

El SAP como efecto de la separación suele ser tan grave en algunos niños, niñas y adolescentes, que como patología tiene una progresión importante en el tiempo, generando tendencias psicopatológicas en la vida de adultos que han crecido en entornos familiares de alienación de uno de sus padres (Baker, 2005; Baker & Darnall, 2006, citado por Vilalta, 2011); por tanto, algunos de ellos tienen conflictos notables de aprendizaje a razón de la rebeldía y el escaso interés en las actividades académicas, llegando a manifestar aspectos (signos y síntomas) asociados a la depresión a través de la hipercinesia y la inquietud psicomotora (Vallejo, et al, 2004). Cabe mencionar que para el caso de Colombia, las familias tienden a separarse bajo parámetros definidos, especialmente por motivos de infidelidad, violencia conyugal o aburrimiento por efecto de la monotonía en la pareja (Gutiérrez, 2008; Guerrero & Pulido, 2007), estos elementos son factores de riesgo psicosocial determinantes para la emergencia de una sucesión de eventos donde los hijos se encuentran atrapados en medio del dilema, lo cual produce en ellos una serie de traumatismos psicológicos (Menéndez, 1994) que presentan, incluso, una intensidad mayor en el transcurso del proceso de separación conyugal (Zambudio & Rubiano, 2001; Riquelme, 2005; Estrada, et al, 2006; Agudelo, 2006). Según los estudios realizados, una parte importante de los hijos puede presentar problemas de aprendizaje, especialmente en aquellos trabajos que conllevan el desarrollo del trabajo cooperativo (Riquelme, 2005; Guerrero & Pulido, 2007)

Respecto a las consecuencias de la separación es importante anotar que esta decisión afecta en los niños y las niñas la seguridad, la autonomía y la resiliencia como aspectos protectores de dicha situación estresante (Sellares, 1987). Estos elementos se asocian a la madurez de los padres y la capacidad para confrontar de manera asertiva la ruptura. El autor considera que cuando el niño ha tenido una historia sin problemas intrafamiliares o a nivel social relevantes, y además se han satisfecho sus necesidades de afecto y compañía el impacto de la separación suele ser menor. Entre las consecuencias más importantes se encuentran: una notable disminución de la autoestima (Morgado & Gonzales, 2006), inseguridad, menor autonomía, como también preocupación por el futuro y ansiedad, lo cual afecta la conducta y el rendimiento escolar (Sellares, 1987, Menéndez, 1994). Asimismo, autores como Allison & Furstenberg (1989), Mazur et al. (1992) y Cantón & Justicia (2002) consideran que los dos años siguientes a la separación son cruciales para el desarrollo de alteraciones en la salud mental y en las habilidades sociales de los niños y niñas; para ellos, esto prevalece en los varones mismos que pueden presentar conductas delictivas, bajo rendimiento académico, comportamientos disruptivos en el aula, consumo de drogas duras, además de cigarrillo y alcohol, y una mayor hostilidad a través de actitudes desafiantes y contestatarias. Para el caso de las mujeres resulta prevalente la emergencia de depresión, ansiedad y baja autoestima (Cantón & Justicia, 2002; Morgado & Gonzales, 2006).

De acuerdo a lo expuesto, Lebown (2003) considera que una de las consecuencias que altera el modo asertivo como los hijos deben integrar la separación de sus padres, es la controversia generada acerca de las pautas de relación y de convivencia entre los padres y sus hijos después de la separación. Dicho elemento es garante de la producción de efectos internalizantes (depresión, ansiedad, angustia, desespero, etc.) y externalizantes (conductas conflictivas, agresiones, consumo de sustancias psicoactivas, bajo rendimiento académico, etc.) en los hijos que pueden progresar hasta la edad adulta. Casos similares suceden con las secuelas psicológicas del SAP, el cual genera tendencias psicopatológicas y en algunas personas trastornos relacionados con la dependencia afectiva, la incredulidad en el otro “desconfianza”, depresión, ansiedad etc., (Segura & Sepúlveda, 2006; Baker & Darnall, 2006). Otras consecuencias son los prejuicios acerca de un nuevo abandono, como también referente al señalamiento social, afectación de las competencias y habilidades cognitivas, escolares y sociales, (Morgado & Gonzales, 2006), además de un inmenso sufrimiento y dolor emocional, que se conjuga a sentimientos de odio, rencor, abandono, culpa, miedo, tristeza, soledad, desilusión, angustia, incomodidad, confusión, lástima y en la mayoría de los casos una alianza o apoyo hacia uno de los progenitores (Durán, Medina, Gonzales & Rolon, 2006). Asimismo, los hijos de padres separados tienen mayores posibilidades de tener problemas de aprendizaje, como también consumo de sustancias psicoactivas, especialmente en la adolescencia (inhalables, alcohol, cigarrillo y marihuana), trastornos del humor (Estrada, et al, 2006) y trastornos de ansiedad (Amorós, Espada & Méndez, 2008).

Según Agudelo (2009), para los hijos de los padres que conviven, la separación se justifica por el bienestar de la familia, concretamente cuando existe la infidelidad, peleas constantes y una notable falta de amor entre los progenitores, al tiempo que para los hijos de padres separados el divorcio o la separación resultan ser la solución para dejar de vivir o escapar de un ambiente familiar hostil. En este sentido se transforma en una alternativa admisible para tramitar las divergencias y peleas permanentes. Se debe resaltar que las causas y consecuencias de la separación pueden resultar análogas en intensidad y gravedad psicosocial a las consecuencias percibidas por los hijos de la unión conyugal, aspecto planteado desde los estudios iniciales acerca del tema (Zambudio et al., 1991; Ramírez; Botella & Carrobles, 1999; Sellares, 1987), que ha sido retomado y reafirmado como válido en nuevas investigaciones acerca de la afectación de la separación para los niños y niñas  (Vega, 2003; Lebow, 2003, Morgado & Gonzales, 2006; Duran, 2006, Cifuentes, 2012). Agudelo (2009) considera que todos los hijos de padres separados ven la separación como un evento familiar extremo que en todas las circunstancias “conlleva sufrimiento y dificultades de diversa índole para los hijos y la familia” (p. 7), razón por la cual dicha situación se convierte en uno de los temores más grandes que los niños y las niñas vivencian en su infancia y adolescencia. (Vallejo, Sánchez-Barranco & Sánchez-Barranco, 2007).

Cabe mencionar que en una cantidad importante de casos, la separación suele ser tan nociva que algunos de ellos tienden a culpar constantemente al padre o a la madre que abandona el hogar (Segura, 2006; Vilalta, 2011), especialmente de sus dificultades económicas, el abuso de otros niños, la emergencia de problemas escolares, como también de la sensación de abandono que tiende a permanecer durante un tiempo importante en ellos (Cifuentes & Milicic, 2012). En este sentido, la revisión de documentos derivados de las diversas investigaciones (Zambudio & Rubiano, 2001; Fernández & Godoy, 2005; Ros & Beltrán, 2007; Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008) indican que las  consecuencias de la separación de los padres son significativamente dañinas para los niños y niñas, y como tal presentan  efectos a corto, mediano y largo plazo. A corto plazo referencian los hijos en la niñez que evolucionan por las etapas subsiguientes, situación análoga sucede en la adolescencia y en la juventud. De acuerdo a lo expuesto, resulta innegable la representatividad de conflictos en este tipo de hijos;  diversos estudios afirman que las mujeres consideran haber aprendido de la experiencia de sus padres y, en especial, de la madre “a ser desconfiadas”, y no dejarse llevar “por la fingida forma de ser de otras personas, especialmente de sus parejas, dudando a menudo del afecto de su pareja, pensando negativamente acerca de la relación de pareja y generando sentimientos de culpa si la relación no funciona” (Agudelo, 2009, p. 8). Para el autor, los hijos de padres separados consideran que las principales consecuencias se dan en la dinámica de las relaciones familiares, y perciben que la separación implica cambios en la relaciones con su padre y con su madre, asumir roles parentales en su familia, adaptarse a nuevos contextos con la familia extensa, o con nuevas familias y hacer ajustes en el aspecto socioeconómico.

Contrariamente a lo que se cree en la experiencia vivencial de la separación conyugal, la posibilidad de establecer relaciones de pareja significativas no es diferente entre los hijos de padres separados y los que tienen padres que conviven “ya que el 80% de los estudiantes con padres que conviven y el 85% de los estudiantes de padres separados han construido, por lo menos, una relación valorada como importante” (Agudelo, 2009, p. 6). En este sentido es dable afirmar que la experiencia de la separación no es un criterio fundamental o sine qua non para asociar el fracaso o la separación conyugal actual, a fracasos o desilusiones a priori en las relaciones afectivas de estos niños y niñas en el futuro (Estrada, et al. 2006; Agudelo, 2009). Pese a todas las consecuencias descritas, la separación paterna puede producir efectos positivos hacia el futuro en los niños y de las niñas; Como ejemplo se puede citar que los estudiantes con padres no separados fortalecen el valor de  la tolerancia,  el mismo que es considerado por éstos como un factor importante en sus relaciones afectivas (amigos, autoridades, subordinados, figuras de poder, etc.), al tiempo que aquellos hijos de padres separados, llegan a considerar que la confianza y el respeto son valores y actitudes indispensables para mantener una buena relación con otros y consigo mismo (Agudelo, 2009), característica derivada de su experiencia con los momentos críticos de la separación parental.

Tal como se ha expresado, las separaciones pueden generar actitudes positivas en los niños y niñas, pero también decantarse en un dolor intenso y posiciones contestatarias, conflictivas, negativistas, desafiantes, e incluso transgresoras en aquellos casos en los que se producen escenas de violencia, humillación, dolor intenso y conflictos –cada vez más fuertes- que son reactivados a causa de las notables diferencias en el modo de entender la crianza y su papel post-separación entre los conyugues (Muñoz, Gómez y Santamaría, 2008). Velásquez (2010) afirma que la separación conyugal afecta de manera especial a las mujeres “jefes de familia” por lo que puede encontrarse que dicha vulnerabilidad emocional puede ser “legada a los hijos” que quedan a su cargo (Muñoz, Gómez & Santamaría, 2008). Dicho elemento muestra una condición de desprotección estructural, que puede ser remediada si se intervienen las características de las condiciones psicosociales que las producen (generación de ingresos, liberación de la doble jornada, tratamiento psicológico, apoyo comunitario, etc.). Al respecto, Cifuentes & Milicic (2012) consideran que es importante estudiar el significado que los niños y las niñas dan a la experiencia de separación, para así comprender la forma como deben ser intervenidos y ayudados en este proceso. Según los autores, los niños y niñas experimentan sentimientos de pena, soledad, abandono, desilusión, rabia y frustración, mientras a nivel social afrontan cambios logísticos (casa, colegio, etc.) que traen como agregados la pérdida de amistades y de su núcleo de pares, la obligación de ayudar en la casa a través de la realización de tareas domésticas, como también inclusión de la madre en el ambiente laboral, lo cual trae como consecuencia la falta de atención, el apoyo, coordinación y seguimiento a las labores académicas, la disminución de la compañía y del “hacer cosas en conjunto” (Cifuentes & Milicic, 2012).

 

Conclusiones y recomendaciones

Los hijos de padres separados muestran dificultades para asimilar y aceptar la situación de la ruptura, problemas de adaptación a los nuevos ambientes, autoestima baja, oposición a la nueva normatividad, problemas de aprendizaje, escaso interés en actividades académicas, depresión, inseguridad, preocupación por el futuro y ansiedad; aspectos que aumentan cuando el niño o la niña ha tenido una historia con problemas familiares, falta de afecto, compañía y apoyo. Es debido resaltar que los efectos se dan de forma diferente en ambos sexos, en los varones se observa conductas delictivas, bajo rendimiento académico, conductas disruptivas en el salón de clase, consumo de drogas, cigarrillo y alcohol, hostilidad y actitudes desafiantes; mientras que en las mujeres es más evidente la emergencia de ansiedad, baja autoestima, menor autonomía y depresión. Sin duda alguna se ha estudiado satisfactoriamente los efectos y consecuencias de la separación de los padres en los hijos; sin embargo, se recomiendaindagar desde una postura  compleja, crítica y comprometida de los profesionales a fin de diseñar e implementar programas de prevención  para evitar las separaciones conflictivas y hostiles que generan traumatismos psicológicos y sociales en los niños y niñas que se ven involucrados en la situación.

En Colombia, las familias tienden a separarse principalmente por motivos de infidelidad, violencia conyugal o aburrimiento por efecto de la monotonía; y durante el proceso de divorcio se presentan controversias sobre las pautas de relación y convivencia entre padres e hijos tras la ruptura conyugal. Sin embargo, la situación de separación puede tener efectos positivos o negativos, lo cual está regulado por el grado de hostilidad pre y post separación, así como también la forma de involucrar al niño o a la niña en la problemática, dado que algunos padres tienden a utilizar a los hijos como medio para agredir a su expareja. En este orden de ideas, el incremento de las separaciones genera una reconfiguración familiar que lleva a un solo adulto a ser la cabeza del hogar, motivo por el cual demanda mayores redes y solidaridades de apoyo para cumplir a cabalidad sus funciones de protección y formación. Ante esto, se establece la importancia de formular políticas públicas, leyes proyectos y programas que garanticen los derechos y beneficios para estas familias monoparentales.

Por otra parte, ante esta pérdida se evidencia un duelo en los niños, el mismo que altera el funcionamiento y rendimiento académico en los hijos de padres separados, descendiendo notablemente durante el proceso de divorcio o posterior al mismo. Frente a la alteración del infante en el contexto escolar, se requiere que los docentes y profesionales de las instituciones educativas identifiquen a los estudiantes que están viviendo una situación de divorcio de sus padres; con el fin de ofrecer acompañamiento emocional y seguimiento, y con ello contribuir a la disminución de los efectos negativos en la salud mental, física y social de los niños y niñas afectados.

 

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    Para citar este artículo:
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    Andrade, J. A. & Morales, J. (2014, 14 de agosto). Efectos psicosociales de la separación de los padres en los niños y niñas. Una revisión del estado del arte. PsicoPediaHoy, 16(6). Disponible en: http://psicopediahoy.com/efectos-psicosociales-separacion-padres-en-ninos ____________________________________________________

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