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Un análisis de las fobias infantiles: Desplazamiento y proyección

Publicado: Oct 4, 12 │ Categorías: ArtículosSin Comentarios
  • Rosa Isela Cerda Uc.
    Facultad de Psicología
    Universidad Autónoma de Yucatán
    Mérida, México



En el transcurso del desarrollo infantil pueden llegar a presentarse diversas alteraciones que dificultan la estabilidad emocional y que, a su vez, se pueden manifestar de diferentes maneras. Una de estas manifestaciones de expresión de los niños es la fobia.

 

Resumen

Los fenómenos psíquicos deben ser considerados como el resultado de la acción combinada de fuerzas que presionan, unas, hacia la movilidad, y otras, en sentido opuesto. El yo crea aptitudes que le confieren la capacidad de observar, seleccionar y organizar los estímulos y los impulsos: las funciones del juicio y la inteligencia.  Desarrolla también métodos para impedir a los impulsos rechazados el acceso a la movilidad, utilizando cantidades de energía dispuestas para este fin: es decir, bloquea la tendencia a la descarga y convierte el proceso primario (el inconsciente) en proceso secundario (el preconsciente). Podemos ver que en la neurosis, el yo intenta defenderse de los impulsos amenazadores de una manera peculiar para cada forma que se presenta.  El motivo de esta defensa es la ansiedad que origina la pulsión instintiva peligrosa, así, podemos considerar que el traumatismo que se halla a la base de las neurosis es una magnitud de excitación que no puede ser dominada por el yo. Por lo tanto, la neurosis fóbica se puede definir como un trastorno emocional caracterizado por el desplazamiento de la ansiedad sobre los llamados estímulos fóbicos, los cuales producen al sujeto un terror intenso e invencible que se conoce con el nombre de fobia. Desde el punto de vista psicodinámico, la finalidad de la fobia es evitar la ansiedad provocada por un conflicto instintivo, mediante el desplazamiento del estímulo que produce la ansiedad al exterior.

Palabras clave: Fobia, ansiedad, neurosis fóbica, desplazamiento, proyección.

 

Las fobias: orígenes y características

En el transcurso del desarrollo infantil -pueden llegar a presentarse- alteraciones que dificultan la estabilidad emocional y que, a su vez, se pueden manifestar de diferentes maneras. Una de estas manifestaciones de expresión de los niños es la fobia, en la cual están incluidos los elementos afectivos, cognitivos, emocionales y psicosociales. Todos ellos conformarán la interpretación de sus temores para darle un sentido a emociones que no pueden o no saben controlar, ya sea por inmadurez o por aprendizaje.

De acuerdo a los planteamientos de Birraux (1995), la creación de un léxico de la fobia a fines del siglo pasado parece haber tenido como único fundamento, utilizando para ello la ciencia, el de trivializar la conducta ordinaria del humano ordinario. Si bien las fobias parecen haber conquistado la autonomía en el siglo XIX con la nosografía y el psicoanálisis, nunca dieron lugar a una modelización consensual. Entre las monomanías de Esquirol, la paranoia rudimentaria de Morselli, la manía sistematizada de Ferrus, las fobias de Régis y Pitres y las fobias psicasténicas de Janet, no se logra tejer alguna concordancia teórica.

Sobre la génesis de la fobia, su lugar en la conceptualización nosográfica del hecho psicopatológico, su sentido del pronóstico, o su significación, no se ha dicho gran cosa si la comparamos con la histeria, las perversiones o las psicosis, que desde tiempos remotos han solicitado la atención de los investigadores. Sin embargo, éste es probablemente el objeto clínico que más encontramos en la práctica. Sin embargo, a pesar de ello, la literatura sobre el tema sigue siendo globalmente bastante clásica, reiterativa y no refleja las preguntas constantes planteadas por el propio Freud.

Birraux (1995) comenta que Anna Freud en 1972 tuvo la inquietud de resumir los trabajos de su padre, haciendo una abstracción de las cuestiones teórico-clínicas que alinearon el trayecto elaborativo de Freud. En su artículo Fears, Phobias and Anxieties (1972, denigra a aquellos que otorgarían la característica de fóbicos a los síntomas que tan sólo se aproximan o que tienen una causa desconocida y defiende la idea de que una verdadera fobia (a full-blow phobia) se asocia incondicionalmente a la simbolización, condensación y proyección.  En el legado de Anna Freud, los trabajos de Melitta Sperling en 1972 sobre la fobia escolar encuentran los mismos límites. La necesidad de tratar todas las fobias como neurosis, a nuestro entender, sólo puede constituir un aspecto escolar o de formación inicial. No se necesita realizar la prueba,  por una parte, porque, como síntoma, la fobia participa de cuadros nosológicos muy diversos y por otra parte, la fobia escolar no ha encontrado su espacio de definición.

La teorización más interesante y construida se encuentra, sin duda, en las investigaciones de Mallet, Gebsattel, Fenichel y Sauri (1984) a partir de la hipótesis de un punto cero de la fobia originada en el terror nocturno y del impacto del proceso madurativo del sujeto sobre las formas y declinaciones de este primer síntoma. La lectura de los trabajos de Mallet incita a interpretar que “la fobia” podría contribuir a mantener el “poder representarse” antes que contribuir al “poder pensar”.

En algunos textos de clínicos eminentes, aparece la dificultad de situar el tema entre el miedo y la angustia, como si la problemática narcisista se lo disputara la historia objetal; también aparece la dificultad para problematizar la modelización freudiana del “Pequeño Juanito” en aquellos textos que precedieron o que siguieron a dicho análisis. En esta revisión del tiempo se puede incluir al primer caso de fobia analizado en la historia, y precisamente desde el enfoque psicoanalítico: el llamado caso Juanito realizado por Freud en 1905.  Sin embargo, es hasta 1909 cuando se publica el Análisis de la fobia de un niño de cinco años, en que comenzó a gestarse la práctica del llamado análisis infantil en el naciente movimiento psicoanalítico (Freud, 1905/1981)

Las primeras observaciones datan de la época en que Juanito no había cumplido aún los tres años. Manifestaba por entonces, con diversas ocurrencias y preguntas, vivo interés por una cierta parte de su cuerpo a la que llamaba «la cosita de hacer pipí».  Estas primeras investigaciones que Freud realiza, justifican la esperanza de que gran parte de lo que Juanito manifestaba fuera típico del desarrollo sexual infantil (Vázquez, 2006).

Freud (1895/1981) parece estar siempre dividido entre la idea de que existe “una herencia” de la historia de la humanidad, una certeza de amenaza de inexistencia que se reactiva en distintas circunstancias de la existencia y que recuerda a “las fobias banales” o a los miedos “normales” y la idea de una constatación innegable de un tipo de afecto distinto como resultado de las vicisitudes de la represión.

Birraux (1995) plantea que los psicoanalistas parecen haberse alejado definitivamente del miedo, como si éste no pudiera estar en los orígenes del sujeto psíquico, como si no fuera parte de “Los estudios sobre la histeria” en la propia noción de traumatismo, y como si se hubiera olvidado el hecho de que no existe probablemente algún texto de Freud sobre la angustia en donde no se mencione el estado original o consecuente del miedo. Ésta es, sin embargo, la constatación más común y trivial que puede haber. En una temporalidad específica, expresa la primera respuesta del sujeto hacia la representación, aunque haya sido poco precisa, del peligro y de la amenaza vital. Habría entonces motivos para brindar una mayor atención, pues la angustia podría no ser más que la memoria de miedos primitivos tejidos en las redes de figuraciones traumáticas. Síntoma o defensa, contaría la historia mientras que el miedo contaría el suceso, el hecho. En este sentido, el miedo sería el objeto y la angustia el sujeto.

Cameron (1994) explica que Freud, en el transcurso de sus primeros trabajos, desarrolla al menos tres puntos de vista: la fobia es un síntoma de la neurosis histérica; la fobia tiene características propias que le otorgan su particularidad fuera del cuadro de las neurosis de transferencia; la fobia tiene que ver con el miedo. No obstante, no será posible para Freud separar la fobia de la angustia a lo largo de los años, y su teoría se enriquece buscando ser más precisa, pero a la vez, adquiere una mayor complejidad, en la medida en que nunca abandona sus primeras perspectivas. Tanto así que Freud, en 1905, en La interpretación de los sueños, subscribe la fobia de nuevo a la histeria, de la cual había sido separada de manera bastante categórica en 1894. Sin embargo, cuando se trata de dar cuenta del análisis del pequeño Juanito, Freud (1905/1981) parece haber borrado todas sus interrogantes anteriores.

Este psicoanálisis por intermedio del padre, Birraux (1995) lo expone de la siguiente manera:

1. La fobia aparece en un niño imposibilitado de dar cuenta de los enigmas de la existencia: la diferencia entre los sexos y el misterio del nacimiento de su hermana pequeña. La exigencia de saber hace tambalear el equilibrio pulsional anterior, creando las condiciones necesarias para una verdadera disarmonía. Se encuentran las mismas condiciones de derrumbamiento narcisista en las fobias normales de la adolescencia en donde la necesidad de saber, de hacer teoría, esencialmente respecto a las relaciones de los padres, y con los padres, es una necesidad del yo cuando se desestabilizan las lógicas de placer anteriores, bajo el efecto de la pubertad.

2. La fobia se constituye en dos tiempos: primero, se da una crisis de angustia mórbida, y segundo, un efecto de desestabilización, de proyección de la angustia sobre un objeto simbólico que se tornará persecutorio. La fobia es una manera de sobrellevar la angustia pero, quizá, haya que admitir que esta angustia podría no ser, inicialmente, “angustia de deseo”.

3. A la incapacidad de represión, o a sus vicisitudes, que se mantienen entonces al nivel de maduración del yo, puede emplearse una operación psíquica perteneciente a los contenidos conscientes del pensamiento, como por ejemplo, la condena o el juicio, mecanismos en todo caso sometidos a la lógica de los procesos de desarrollo y que no pueden ser solicitados en los estados de desamparo primitivo o de repetición de éstos en las etapas de la vida.

La utilización de la fobia, su función positiva y organizadora, podrían haber sido subestimadas, y ha de señalarse que, en la mayoría de los casos, las fobias de la primera infancia así como las de la adolescencia, no dan lugar a evoluciones psicopatológicas. Las fobias, en este caso, participan de un movimiento fundamental de estructuración progresiva, de una estrategia de gestión libidinal en la cual el funcionamiento psíquico arcaico es requerido, para una buena evolución.

Heiliger (1977) menciona que la neurosis fóbica se puede definir como un trastorno emocional caracterizado por el desplazamiento de la ansiedad sobre los llamados estímulos fóbicos, los cuales producen al sujeto un terror intenso e invencible que se conoce con el nombre de fobia. El miedo es considerado, por la misma persona que lo sufre, como absurdo y en desproporción con cualquier peligro real. Además, es necesario que se presenten comportamientos del tipo defensivo para escapar a la ansiedad que provoca el enfrentamiento con el estímulo fóbico. Junto con el comportamiento de evitación casi siempre encontramos medidas de afianzamiento, consistentes en que el enfermo se protege de la ansiedad, mediante la presencia de algún familiar o persona de confianza, de la misma forma que intenta no perder contacto con los lugares conocidos.

Birraux (2004) plantea que en el fóbico no se encuentra una estructura característica de personalidad, aunque existen dos rasgos fundamentales en el carácter fóbico: el estado de alerta y la actitud de huida.  La ansiedad neurótica es una respuesta arcaica, propia de la etapa de desvalimiento infantil, desencadenada de nuevo por un estímulo actual. La condición para que el estímulo actual reactive tal respuesta, estriba en su capacidad para renovar los temores infantiles de pérdida de amor del objeto, abandono y castigo, acompañados de sentimientos de desvalimiento.

Otra reflexión que hace el autor se relaciona con el hecho de que las situaciones que desencadenan la ansiedad neurótica muestran que ésta se halla, inconscientemente, en relación con la irrupción de impulsos reprimidos que en la infancia se sentían como provocadores de la destrucción de los objetos o de la pérdida del amor de éstos.  La vuelta a lo reprimido a través de los síntomas, puede traducirse en algunas fobias, por el hecho que la persona teme lo que inconscientemente desea y gracias al proceso de desplazamiento, esta emoción es transferida desde su fuente original a un sustituto más fácilmente aceptable. El estímulo fóbico, entonces, representa la condensación de todos los determinantes de la fobia, incluyendo los impulsos peligrosos y las amenazas de castigo provocadas por los mismos.  Concluye que en todas las neurosis fóbicas existe cierto grado de regresión, especialmente utilizado en la estructuración de ésta, por la cual, los impulsos pregenitales se hallan encubiertos y mezclados con los impulsos genitales.

Heiliger (1977) explica que las fobias se parecen a las reacciones de ansiedad, pero en las fobias, la ansiedad se enfoca sobre algún objeto o situación muy definido. Desde dentro, se desplazan la tensión y la ansiedad generadas internamente y se las proyecta hacia algo que, por lo común, puede ser evitado. Por lo tanto, el miedo es irracional, aunque la reacción fóbica es un tanto más adaptativa que la ansiedad generalizada, ya que, a través de una evitación específica, se controla la aparente causa del miedo. Cuando las fobias terminan por incluir muchos tipos de excitantes externos, pierden tal ventaja.

Es importante resaltar que, de acuerdo con los teóricos del desarrollo, los niños suelen presentar algunas fobias transitorias durante los primeros años de vida, ya que aún no han organizado adecuadamente los medios que les permiten manejar la tensión y la ansiedad. Es por eso que la fobia de los adultos es una revivificación de ese recurso infantil, aunque el objeto o la situación temida no sea la misma que durante la infancia.

De acuerdo con Marks (1991), las fobias son miedos patológicos específicos. Comienzan a veces con un ataque de ansiedad pero, una vez dominado éste, el paciente cristaliza su ansiedad, centrándola en algún objeto o situación externa que a partir de allí evita en lo posible. A diferencia de las personas que sufren reacciones de ansiedad, quien padece de fobia cree saber qué es lo que le provoca su ansiedad intolerable, aunque le parezca tan irracional como a los otros. Quien sufre de fobia, por lo general, no se queja de molestias, dolores perturbaciones viscerales o confusión mental. Hasta donde le sea posible evitar el objeto o la situación externa a la que es sensible, estará relativamente libre de tensión y de ansiedad. Por consiguiente, sus síntomas se dividen en dos grupos generales: las técnicas para evitar todo lo que parezca provocarle ansiedad o la situación que le provoca ansiedad. Sus aspectos dramáticos, y en ocasiones misteriosos, las han hecho tema favorito de la literatura y del periodismo. Las fobias incluyen el miedo irracional a las alturas, a los lugares cerrados, a los espacios amplios, a la vida animal, a las cosas puntiagudas, a la oscuridad, al viento, a los relámpagos, y abarcan cientos de miedos especiales y personales.

Un razonamiento lógico rara vez ayuda a que el paciente fóbico se sobreponga a su miedo, y el apoyo rara vez le da alivio permanente. Incluso una demostración clara y objetiva de que su miedo no tiene razón de ser rara vez lo alivia y, a menudo, tan sólo incrementa la intensidad de la misma. Aunque las fobias suelen ser irracionales, rara vez carecen totalmente de base. Algo amenaza realmente al paciente, algo interno de lo que éste no tiene conciencia. No puede demostrarse esto objetivamente, ya que no se trata de un dolor de muelas o de desconfianza (Sassaroli y Lorenzini, 2000).

A veces se da a la fobia el nombre de neurosis normal de la infancia. En uno u otro momento de su vida, todo niño cae en un miedo irracional más o menos específico, que persiste por un tiempo y luego desaparece. Un día el niño está manejando un aspecto de su ambiente con  placer o con indiferencia y, al siguiente, muestra un profundo miedo por ello, miedo que persiste durante un tiempo. Esto puede ocurrir en cualquier momento de la vida, aunque más bien a principios de ésta y especialmente durante el periodo de conflicto edípico, es decir, cuando el niño está enfrentándose a sus relaciones emocionales complejas con sus padres en el cuarto o quinto año de vida (Xavier, 1999).

Dío (1998) menciona que sobre la base de algún incidente o accidente, se puede comprender la selección hecha por el niño de aquello que lo atemoriza. Pero, incluso cuando se ve la causa del miedo, es difícil explicar la intensidad y la persistencia del mismo. Existe razón en suponer que participan otros factores, otros miedos generados en lo interno y proyectados en lo externo, tal y como ocurre en las fobias del adulto. Muchos adultos normales retienen algún residuo de un miedo infantil irracional; por ejemplo, una inquietud moderada cuando se cruza la calle, cuando se queda solo en un cuarto, cuando se mira hacia abajo desde una altura y, aunque haya una defensa protectora, cierta tendencia a evitar a los desconocidos y a los animales extraños, etc. Rara vez se pueden considerar tales miedos innatos; casi siempre hay tras ellos una historia personal.

Por su parte, Cameron (1994) comenta que es difícil trazar la línea divisoria entre los miedos normales y los persistentes, o entre los residuos importantes de miedos infantiles surgidos en los adultos y un miedo definitivamente fóbico. La fobia menor puede restringir un tanto la libertad de la persona, ya que ésta tiene que evitar todo lo que parezca “prohibido”. Pero aquello a lo que renuncia le parece trivial en comparación con las ansiedades que está evitando. Se parece a la persona con alergia por una comida especial, que se mantiene tranquila y sana simplemente eliminando dicha comida de su dieta. Pero cuando fracasan los recursos de protección de una fobia, cuando se generaliza el miedo y se multiplican las cosas que producen temor o cuando es obligatorio enfrentarse por alguna razón a una situación que incluya lo temido, es cuando la persona que sufre una fobia menor o un residuo de fobia busca ayuda terapéutica

Las fobias persisten porque son adaptativas; algo logran, aunque dicho algo sea de carácter neurótico. Son un medio de contener el exceso de tensión y de ansiedad, de desplazar y de proyectar, de proteger al individuo para evitarle tener que experimentar una sucesión de ataques de ansiedad generados internamente (Marks, 1991).

De Ajurriaguerra y Marcelli (1996) nombran irracional a la adaptación ocurrida en las fobias, dado que el objeto del miedo manifestado -el referente consciente- no es la fuente principal de tensión y de ansiedad, sino sólo un sustituto, una especie de chivo expiatorio. La fobia ayuda a la persona a negar sus conflictos básicos y a ocultar de sí mismo, sus defectos y su complejo de culpa, gracias a mecanismos que enfocan la culpa en un elemento externo a la persona. Casi cualquier objeto, acto, situado o relacionado puede ser foco de una reacción fóbica manifiesta. La casualidad a veces decide que se elija un elemento específico, pero nunca conforma todo el cuadro. Las fobias se encuentran siempre determinadas en exceso. El referente consciente de la fobia -aquel elemento externo que el individuo teme irracionalmente- siempre tiene múltiples significados que representan el conflicto interno e inconsciente.

Sin embargo, Tallaferro (1990) manifiesta que, a pesar de tener referentes distintos, las fobias presentan una organización dinámica básicamente igual, resumiéndolas de la siguiente manera:

1. Como trasfondo se tiene siempre el peligro de que las tensiones y ansiedades emocionales surgidas interiormente, puedan destruir la integridad del yo.

2. Contribuye a la presencia de tal peligro un sistema defensivo defectuoso, incapaz de impedir las intrusiones de los procesos del yo inconsciente, del ello y del superyó.

3. Se cristalizan tales intrusiones como fantasías de miedo, con ayuda de los mismos mecanismos y por medio del mismo proceso general presente en la formación de los sueños manifiestos.

4. Esas fantasías, por lo común inconscientes y a menudo infantiles, quedan simbolizadas como algo externo, algo que sirve como equivalente del peligro interno: un animal amenazador, la orilla de un precipicio, una tormenta, una multitud, un lugar abierto o uno cerrado.

Psicodinamia de las fobias

De acuerdo con Cameron (1994), las fobias son intentos espontáneos e inconscientes por curarse a sí mismo. La persona fóbica amenazada con la desintegración de su yo por un brote de tensión y ansiedad sufre una regresión parcial y vuelve a establecer la integración del yo a un nivel más primitivo. Un efecto de la regresión es que se reactivan fantasías infantiles de carácter atemorizador, que se mezclan con los miedos reales del adulto o incluso los reemplazan. A su vez, esas fantasías reactivadas se ven desplazadas y proyectadas hacia objetos o situaciones adecuados del ambiente, que son posibles de evitar. Tal proceso puede ocurrir de modo rápido o irse desarrollando lentamente, a ritmo con un aumento gradual de la tensión.

Según Heiliger (1977), las fobias tienen una estructura más madura que las reacciones de ansiedad, no importa cuán absurdas o infantiles parezcan por su forma. Casi en toda ocasión logran contener la tensión y la ansiedad excesivas. Esto se consigue por medio de la regresión y no mediante el primer patrón de descarga primitiva como en las reacciones de ansiedad, sino en aquel nivel donde tenemos estructuras perceptivas y cognoscitivas -imágenes, memorias, fantasías y ensoñaciones- capaces de absorber y de utilizar abundantes cantidades de energía. He aquí la sucesión dinámica de eventos presentes en las fobias: a) existe un brote de tensión emocional, con aumento de la ansiedad libre; b) se inicia la desintegración del yo; c) se presenta una regresión parcial automática a niveles más primitivos; d) hay reintegración del yo a niveles inferiores, a medida que se absorbe en la organización de imágenes, memorias, fantasías y ensoñaciones reactivan el exceso de tensión y de ansiedad.  Cuando otras estructuras reactivadas y organizadas pueden provocar otro brote y amenazar con otra irrupción -provocando la nueva regresión consecuente-, se evocan los mecanismos auxiliares del desplazamiento y la proyección. Esas dos maniobras primitivas hacen que la amenaza parezca venir de fuera, de algo externo, a lo que el individuo teme. Esta situación le permite a la persona fóbica emplear técnicas de evitación conocidas para defenderse de una posible ansiedad

Sassaroli y Lorenzini (2000) hacen una diferencia importante entre las reacciones de ansiedad y las fobias, resaltando que en estas últimas se utilizan mucho más las estructuras perceptivas y cognoscitivas para absorber el exceso de energía libre. Al combinarse imágenes, memorias, fantasías y ensoñaciones entre las fuentes internas o externas de la tensión creciente y las respuestas neuróticas. Como esas organizaciones absorben la energía libre en las fobias, poca necesidad hay de una descarga inmediata y masiva como la ocurrida en la reacción de ansiedad. Al organizar sus miedos irracionales, la persona fóbica termina dominando los brotes de tensión y de ansiedad. Se precipita un ataque de ansiedad únicamente cuando el símbolo proyectado, el objeto o la situación temida, aparece en el contexto para reforzar la estimulación interna procedente de estructuras fóbicas infantiles Este uso que el individuo fóbico hace de las estructuras perceptivas y cognoscitivas nos lleva al tema general de la formación y la estructura de síntomas. En el transcurso de un desarrollo normal, el crecimiento de la organización perceptiva y cognoscitiva permite a cada niño verse cada vez más libre de ataques súbitos de tensión y ansiedad emocionales.

Birraux (2004) plantea que, desde hace tiempo, se reconoce que el pensamiento depende de la aparición de una demora entre la estimulación y la respuesta; demora que en un principio consiste en la suspensión de la actividad, antes de que se complete alguna acción, directamente observable en la conducta de los infantes. Es de suponer que, en última instancia, se estabilizan en forma de imágenes, memorias, fantasías y ensoñaciones. A su vez, la formación de esas estructuras perceptivas y cognoscitivas ayuda a prolongar y enriquecer los intervalos entre la estimulación y las respuestas, creándose con el tiempo una vida mental interna considerablemente autónoma. En nuestros sueños manifiestos experimentamos sus cualidades estables y realistas en gran parte de la actividad práctica, imaginativa y estética de nuestra vida diurna.  Tales estructuras deben volverse muy organizadas y complejas, incluso durante la infancia. Su misma organización sumamente compleja exige un insumo de energía que permita mantenerla en un estado de actividad. Cuando se han reactivado esas estructuras, como ocurre en cualquier fantasía activa, tal reactivación absorbe la energía libre, que hemos llamado la energía de la organización. Los síntomas neuróticos tal como las fobias, necesitan de energía libre para su organización y reactivación. El síntoma neurótico es simplemente un caso especial del uso general de la energía libre en la estructuración mental, un caso en que se emplea como defensa.

De acuerdo con Marks (1991), en las reacciones de ansiedad el paciente permanece continuamente vigilante porque siente la amenaza constante de una catástrofe procedente de alguna fuente desconocida. Se ve forzado a recurrir a una descarga continua de energía según se va presentando ésta; es un proceso agotador del que no puede escapar. Por el contrario, las defensas fóbicas le permiten una huida a través de fantasías de miedo cuya organización se encarga gran parte del tiempo del exceso de tensión. Esas fantasías se desplazan de sus fuentes infantiles originales y se le proyectan sobre los objetos o situaciones externos adecuados. Mientras el paciente logra evitar el objeto o la situación externa medida, tendrá una paz relativa.

Cameron (1994) comenta que, a pesar de esa protección superior que las fobias permiten respecto a la ansiedad, no hay duda de que recurren a maniobras infantiles y emplean defensas primitivas cuya participación es escasa en las reacciones de ansiedad. El desplazamiento y la proyección son dos defensas primitivas que aparecen explícitamente en el trasfondo de las fobias; ambas se derivan de las primeras fases de desarrollo de la personalidad, fases anteriores a la formación de los límites estables que separan a las funciones conscientes y preconscientes de las inconscientes.

Freud (1895/1981) incluyó las neurosis de angustia como categoría nosológica especial, la cual junto a la hipocondría y la neurastenia, formaban el grupo de las neurosis actuales, mientras que las fobias (o histeria de angustia), la histeria y la neurosis obsesiva formaban el grupo de las psiconeurosis o neurosis de defensa. Como expuso en la descripción de la fobia de Juanito, en 1909, y en Inhibición, síntoma y angustia, las fobias eran consideradas una expresión de la ansiedad relacionada con fantasías inconscientes y la defensa contra ella.

De acuerdo con sus trabajos realizados en 1909, las fobias se crean entre el segundo y quinto año de vida, en la llamada fase fálica del desarrollo infantil, ya que se requiere una capacidad de percepción desarrollada. Asimismo, ya deben poder establecerse  relaciones más sólidas hacia las personas y hacia los objetos.

Continuando con sus obras relacionadas con el origen y desarrollo de las fobias, Freud describe que el mecanismo principal que opera en una fobia es el desplazamiento hacia representaciones en principio neutras, que pasan a ser cargadas simbólicamente, constituyendo el objeto fóbico externo. Este concepto, denominado desplazamiento,  transfiere energía o catexia de una representación de objeto a otra y es una de las características sobresalientes del funcionamiento del proceso primario. En el caso de la fobia infantil, una situación determinada despierta en el niño recuerdos de una experiencia anterior que le provoca miedo o dolor. Freud opina que la experiencia original del niño fóbico siempre es, en el fondo, un temor a ser lastimado corporalmente, a ser castrado.

Heiliger (1977) menciona que existe otra energía que hace aparición en las fobias denominada proyección, que implica el desplazamiento de un peligro interno real, el peligro de una erupción de material inconsciente, hacia un miedo irracional respecto a algo externo, fácil de identificar y de evitar. Y, aunque la proyección, como gran parte de las defensas neuróticas, es empleada en cierta medida por personas normales en la vida cotidiana, su uso se ve limitado a actividades tales como buscar chivos expiatorios, equivocarnos respecto a los orígenes de nuestra irritabilidad y sentir que la naturaleza refleja nuestro humor.  Asimismo, esta autora explica que el tipo de proyección llevado a cabo por el individuo fóbico es mucho más específico, completo e individualista que la proyección empleada en las fronteras del yo, defecto que se hace obvio cuando, debido al estrés, surge la regresión. La única situación normal en que la persona experimenta una pérdida comparable en los límites del yo es la de soñar cuando se está dormido. El mejor modo de comprender la preeminencia del desplazamiento y la proyección en las reacciones fóbicas es tomarlos como consecuencia de una represión inadecuada.

Nardone (2003) señala que en las reacciones fóbicas se intentan eliminar las fantasías de temor, que no han podido ser reprimidas, desplazándolas y proyectándolas. En otras palabras, la pronta aparición del desplazamiento y de la proyección en las fobias es prueba de una represión insuficiente en la persona fóbica. Nada habría por desplazar y proyectar si la represión hubiera tenido fortuna en contener las fantasías de miedo inconscientes reactivadas. El desarrollo de la represión es el que suele establecer normalmente los límites funcionales que protegen a las organizaciones conscientes y preconscientes de la interferencia proveniente del inconsciente. Una represión defectuosa significa la existencia de límites defectuosos y una separación insuficiente entre el consciente, el preconsciente y el inconsciente.

Fenichel (1999) plantea que, al igual que las reacciones de ansiedad, en las reacciones fóbicas existe la amenaza de invasión por parte de las fuerzas del ello y el superyó inconsciente, que induce a la desintegración del yo, es esa desintegración inicial del yo lo que pone en marcha una regresión defensiva surgida a niveles más primitivos. La regresión parcial permite a la persona fóbica evitar el verse arrollada por la desintegración del yo, ésta es la ganancia obtenida de la regresión. Al mismo tiempo, deja a la persona, más que nunca, bajo la influencia de las fuerzas inconscientes. La persona escapa de este segundo peligro recurriendo a los factores primitivos del desplazamiento y la proyección, con lo que se encuentra más familiarizada que la persona promedio.

Como lo menciona Nardone (2003), en las reacciones fóbicas lo peculiar no está en lo inadecuado de la represión presente -en todas las neurosis-, sino en la manera en que se emplean el desplazamiento y la proyección para completar una represión débil, para lograr lo que ésta por sí sola no puede lograr. Dos cosas sugieren este empleo de esas defensas primitivas: 1) Que la estructura defensiva de las personas fóbicas se encuentra distorsionada al grado de darle preeminencia a formas de defensa arcaica, y 2) Que las experiencias traumáticas que causan la distorsión deben haber ocurrido muy al principio de la vida. Además, el que el individuo se vuelva fóbico y no psicótico significa que tuvo éxito y consiguió crear un sistema de personalidad razonablemente estable, a pesar de los traumas iniciales. El adulto con una fobia es, por tanto, una persona con una integración de la personalidad eficaz, que sufre una represión relativamente ineficaz, pero que es capaz de soportar las amenazas de desintegración del yo gracias al uso del desplazamiento y de la proyección.

Sin embargo, Dío (1998) plantea que la represión eficaz se desarrolla relativamente tarde en la infancia. El desplazamiento y la proyección se encuentran, como las primeras maniobras defensivas, en desarrollo. Los adultos normales practican ampliamente el desplazamiento y la proyección, respecto a la motivación propia, cuando esto les parece ajeno a su yo. Atribuyen la responsabilidad de la culpa a otras personalidades al destino o a la voluntad de Dios, aunque un estudio objetivo de la estimulación indique que las actitudes o las conductas propias son las responsables o las culpables. Finalmente, el desplazamiento y la proyección son ingredientes capitales de las psicosis para que éstas se encuentran entre los males más comunes de la humanidad. Cuando los niños pequeños se ven obligados a emplear el desplazamiento y la proyección demasiado, constantemente y con demasiada fuerza, antes de que hayan madurado sus defensas represivas pueden establecer a las primeras como sus principales defensas y seguir utilizándolas en situaciones en las cuales debieran utilizar la represión. Al igual que cualquier otra función dinámica del organismo, la represión se desarrolla normalmente cuando se emplea de modo adecuado en el momento preciso. Si se rechaza, no se desarrolla por completo; y si el desplazamiento y la proyección, de carácter más primitivo, continúan llevando a cabo algunas de las funciones que usualmente realiza la represión, estarán sobre-desarrolladas y usadas en exceso, hablando de modo relativo. Tal parece que la situación da lugar a varias fobias durante la niñez y a una vulnerabilidad especial a la aparición de fobias en los adultos.

Fenichel (1999) refiere que una represión defectuosa siempre significa límites funcionales defectuosos, entre los procesos del inconsciente, del ello y del superyó por una parte, y los procesos preconscientes o conscientes por la otra. Las organizaciones preconscientes y conscientes no estarán debidamente protegidas de verse invadidas por las fuerzas del inconsciente en personas cuyas defensas represivas se encuentran subdesarrolladas. El resultado de esta situación es similar a las reacciones de ansiedad. Cuando están sujetos a estrés emocional, los adultos con tales defectos tienden a dar respuestas a nivel dividido, es decir, reaccionan al estrés ordinario, en términos del estrés infantil. Fantasías infantiles hasta ese momento reprimidas -que representen residuos de crisis infantiles emocionales- invaden el funcionamiento preconsciente y consciente y se les trata como si fueran contemporáneas. El resultado de esto es una desintegración del yo inicial, una regresión automática parcial a niveles primitivos y la reactivación de fantasías de miedo, a las que se desplaza y proyecta como síntomas fóbicos. La formación de síntomas fóbicos libera a la persona de su ansiedad, pero a costa de su libertad, pues le es necesario evitar el tener que enfrentar el miedo proyectado al miedo circundante.

Dio (1998) afirma que la defensa fóbica es primitiva, y tal como aparecen en las fobias, el desplazamiento y la proyección constituyen un regreso a fases del desarrollo en que no había una distinción clara entre el yo y la realidad externa o entre el yo mental y corporal. Esto hace pensar en una fase en la que prevaleció cierto grado de simbiosis madre-hijo. En contraste, en una reacción el contenido perceptual o cognoscitivo puede abarcar desde la fase arcaica hasta la edípica o posedípica.

De acuerdo con Marks (1991) las fobias expresan los miedos más primitivos, carentes de palabras y de miedos sin objeto a desaparecer, disolverse o hundirse en la nada. A partir del mismo mecanismo, otras fobias expresan miedos a castigos y venganzas, claramente pertenecientes a fases de desarrollo maduro del superyó. Si se habla en función de las zonas erógenas, se encuentra en las fobias la misma dispersión de contenido perceptual o cognoscitivo, desde los miedos orales más tempranos hasta los miedos fálicos de la última etapa.  A menudo se dice que el diagnóstico puede ser más exacto si se toman como base las defensas empleadas que si se toman como base los síntomas expresados. A decir verdad, ambos elementos se encuentran íntimamente relacionados.

Cuando el individuo hace estos desplazamientos y proyecciones será necesario considerar el contexto en el cual se desenvuelve, ya que el entorno juega un papel importante para la elección del objeto fóbico. Por lo anterior, los estudiosos de las fobias han propuesto clasificaciones con respecto a ellas, de las cuales haremos referencia en el siguiente apartado.

 Diagnóstico de la fobia específica o simple

La fobia es un temor intenso y angustioso. Son habituales los síntomas estrictamente físicos, como palpitaciones, sudores fríos, vello erizado y boca seca.  Según los individuos fóbicos, este miedo paraliza o provoca una reacción de fuga. La reacción fóbica se desencadena cada vez que se ve o se entra en contacto con el animal temido. Pero una simple foto o la idea de tener que encontrarse con el animal son suficientes para aumentar el ritmo cardíaco y desencadenar la angustia (Cameron, 1994).

Para efectuar el diagnóstico de Fobia Simple o Específica, los especialistas se basan en los criterios diagnósticos del DSM-IV-R o del CIE-10, dos clasificaciones de las enfermedades consensuadas por especialistas de diferentes nacionalidades y reconocido prestigio.

Criterios diagnósticos del DSM-IV-R

A. Temor acusado y persistente que es excesivo o irracional, desencadenado por la presencia o anticipación de un objeto o situación específicos (p. ej., volar, precipicios, animales, administración de inyecciones, visión de sangre).

B. La exposición al estímulo fóbico provoca casi invariablemente una respuesta inmediata de ansiedad, que puede tomar la forma de una crisis de angustia situacional o más o menos relacionada con una situación determinada. En los niños la ansiedad puede traducirse en lloros, berrinches, inhibición o abrazos.

C. La persona reconoce que este miedo es excesivo o irracional.
Nota: En los niños este reconocimiento puede faltar.

D. Las situaciones fóbicas se evitan o se soportan a costa de una intensa ansiedad o malestar.

E. Los comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa, o el malestar provocados por las situaciones temidas interfieren acusadamente con la rutina normal de la persona, con las relaciones laborales, académicas o sociales, o bien provocan un malestar clínicamente significativo.

F. En los menores de 18 años la duración de estos síntomas debe haber sido de 6 meses como mínimo.

G. La ansiedad, las crisis de angustia o los comportamientos de evitación fóbica asociados a objetos o situaciones específicos no pueden explicarse mejor por la presencia de otro trastorno mental, por ejemplo, un trastorno obsesivo-compulsivo (p. ej., miedo a la suciedad en un individuo con ideas obsesivas de contaminación), trastorno por estrés postraumático (p. ej., evitación de estímulos relacionados con un acontecimiento altamente estresante), trastorno de ansiedad por separación (p. ej., evitación de ir a la escuela), fobia social (p. ej., evitación de situaciones sociales por miedo a que resulten embarazosas), trastorno de angustia con agorafobia, o agorafobia sin historia de trastorno de angustia.

 Clasificación de las fobias

Respecto a la extrema variedad de objetos o situaciones a los que se puede tener fobia, el Manual diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales, DSM-IV-R, (2002), propone 5 tipos.

1. Tipo animal. El miedo hace referencia a distintas clases de animales o insectos. Suele iniciarse en la infancia.

2. Tipo ambiental. El miedo hace referencia a situaciones relacionadas con la naturaleza y los fenómenos atmosféricos como tormentas, precipicios o agua. Suele iniciarse en la infancia.

3. Tipo sangre-inyecciones-daño. El miedo hace referencia a la visión de sangre o heridas, o a recibir inyecciones u otras intervenciones médicas de carácter invasivo. Se presenta una incidencia marcadamente familiar y suele caracterizarse por una intensa respuesta vasovagal.

4. Tipo situacional. El miedo hace referencia a situaciones específicas como transportes públicos, túneles, puentes, ascensores, aviones, coches o recintos cerrados. El inicio de este trastorno sigue una distribución bimodal, con un pico de mayor incidencia en la segunda infancia y otro a mitad de la tercera década de la vida. Su incidencia en función del sexo, su patrón de incidencia familiar y su edad de inicio son similares a los del trastorno de angustia con agorafobia.

5. Otros tipos. El miedo hace referencia a otro tipo de estímulos, entre los que se incluyen las situaciones que pueden conducir al atragantamiento, vómito, adquisición de una enfermedad; fobia a los ‘espacios’ (es decir, el individuo tiene miedo de caerse si no hay paredes u otros medios de sujeción), y el miedo que los niños tienen a los sonidos altos o a las personas disfrazadas.

 Criterios del CIE-10

Son los Trastornos de ansiedad que se ponen en marcha exclusiva o predominantemente en ciertas situaciones bien definidas o frente a objetos (externos al enfermo) que no son en sí mismos generalmente peligrosos. En consecuencia, éstos se evitan de un modo específico o si acaso son afrontados con temor. La ansiedad fóbica no se diferencia, ni vivencial, ni comportamental, ni fisiológicamente, de otros tipos de ansiedad y su gravedad puede variar desde una ligera intranquilidad hasta el terror pánico. La preocupación del enfermo puede centrarse en síntomas aislados tales como palpitaciones o sensación de desvanecimiento y, a menudo, se acompaña de miedos secundarios a morir, a perder el control o a volverse loco. La ansiedad no se alivia por saber que otras personas no consideran dicha situación como peligrosa o amenazante. Por lo general, el imaginar la situación fóbica desencadena una ansiedad anticipatoria.

Al adoptar el criterio de que el objeto y la situación fóbicos son externos al enfermo muchos de los temores referidos a la presencia de enfermedades (nosofobia) o a estar desfigurado (dismorfofobia), se clasifican en el epígrafe trastorno hipocondriaco (F45.2). Sin embargo, si el temor a enfermar es consecuencia de un miedo dominante y repetido al posible contagio de una infección o a una contaminación, o es simplemente el miedo a intervenciones (inyecciones, intervenciones quirúrgicas, etc.) o a lugares de asistencia (consulta del dentista, hospitales, etc.) médicas, debe escogerse una de las categorías de esta sección F40 (por lo general F40.2, fobia específica).

La mayor parte de los trastornos fóbicos son más frecuentes en las mujeres que en los varones. Las fobias específicas suelen presentarse por primera vez en la infancia o al comienzo de la vida adulta y, si no son tratadas, pueden persistir durante décadas. El grado de incapacidad que producen depende de lo fácil que sea para el enfermo evitar la situación fóbica. El temor a la situación fóbica tiende a ser estable, al contrario de lo que sucede en la agorafobia. Son ejemplos de objetos fóbicos el temor a las radiaciones, a las infecciones venéreas y, más recientemente, al SIDA.

Las pautas que se deben tener en cuenta para realizar el diagnóstico son:

a. Que los síntomas, psicológicos o vegetativos, son manifestaciones primarias de la ansiedad y no secundarias a otros síntomas como, por ejemplo, ideas delirantes u obsesivas.

b. Que la ansiedad se limita a la presencia de objetos o situaciones fóbicas específicos.

c. Que las situaciones son evitadas, en la medida de lo posible.

 Conclusiones

El poder discernir entre los temores esperados de acuerdo a la etapa de desarrollo en la que se encuentran los niños, y los miedos  y fobias que puedan presentarse según las situaciones que esté viviendo, es una tarea especializada. Y al mismo tiempo es una educación hacia los responsables de estos niños que tienen una participación vital de acompañamiento en los procesos de atención que se requiere.

Los factores internos y externos son importantes para entender los miedos infantiles, así como la utilidad que tiene para el niño al desenvolverse en su entorno. Lograr identificar las causas y motivos de la aparición y uso de las fobias, ayudará a que el menor encuentre los recursos que le permitan controlar la ansiedad y la angustia que lo agobian, para procurar su seguridad emocional.

 

Referencias

American Psychiatric Association. (2002). Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Barcelona: Masson.

Birraux, A. (1995). La fobia, estructura originaria del pensamiento. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. Nº 99.

Birraux, A. (2004). Historia de las fobias. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. Vol (99), 101-131.

Cameron, N. (1994). Desarrollo y psicopatología de la personalidad. Un enfoque dinámico. (2ª. Edición). México: Trillas.

De Ajurriaguerra, J. y Marcelli, D. (1996). Psicopatología del niño. (3ª Edición). Barcelona: Masson.

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Fenichel, O. (1999). Teoría psicoanalítica de las neurosis. México: Paidós.

Freud, S. (1895/1981). Obsesiones y Fobias. Obras completas. Tomo I. Madrid: Biblioteca Nueva.

Freud, S. (1905/1981). Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Obras completas. Tomo II. Madrid: Biblioteca Nueva.

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Heiliger, A. (1977). La angustia y el miedo en el niño. México: Roca.

Mallet, J. Von Gebsattel, Fenichel, O. y Sauri, J. (1984). Las fobias. Argentina: Nueva Visión.

Marks, I. (1991). Miedos, fobias y rituales. Clínica y tratamientos. España: Planeta.

Nardone, G. (2003). Más allá del miedo. Superar rápidamente las fobias, las obsesiones y el pánico. Barcelona: Paidós.

Sassaroli, S. y Lorenzini, R. (2000). Miedos y fobias. Causas, características y terapias. Barcelona: Paidós.

Tallaferro A. (1990). Curso básico de Psicoanálisis. México: Paidós.

Vázquez Vargas, E. (2006). Psicoterapia psicoanalítica infantil. Su evolución. Tesis de Doctorado no publicada, Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social, México, D.F.

Xavier, L. (1999). Miedos y ansiedades en la infancia. México: Trillas.


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    Para citar este artículo:
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    Cerda, R. I. (2012, 4 de octubre ). Un análisis de las fobias infantiles: Desplazamiento y proyección. PsicoPediaHoy, 14(12). Disponible en: http://psicopediahoy.com/fobias-infantiles/
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