Recursos de Psicología y Educación

El poder, el estado y las politicas de salud

Publicado: Oct 19, 03 │ Categorías: Artículos, Artículos Psicología2 Comentarios
  • Reinaldo Pérez Lovelle.
    Universidad Médica de Moscú
    La Habana, Cuba



El Estado puede ser analizado de forma sistémica a partir de determinadas matrices o ejes de coordenadas que son condiciones insoslayables de su existencia y que pueden ser: La matriz temporal, la matriz espacial y por último la matriz económica.

Todo sistema posee determinados subsistemas los cuales son responsables por su organicidad de tal forma que si dejaran de existir, el sistema como un todo se destruiría o dejaría de ser lo que es. Los mismos, habitualmente se denominan “subsistemas generadores de sistema”. En la sociedad humana, el más estudiado posiblemente sea el subsistema de intercambios simbólicos a partir de conocidas tradiciones sociológicas norteamericanas.  

En efecto, sin un consenso sobre los significados más o menos estable de las palabras, los gestos y los rituales, no existiría la sociedad humana tal y como la conocemos. Sin embargo, si se estudia únicamente el intercambio simbólico como cimentador de la sociedad, se crea un modelo teórico de la sociedad en el cual no existe el poder político, con lo que se llega a un enfoque unilateral, contradictorio con la más somera observación de la realidad social y que fuera objeto de muy agudos sarcasmos de W. Mills (1969).

En el plano cognoscitivo, tal unilateralidad puede deberse a que existe una tendencia en la ciencia en general a considerar como científico solo aquello que se enmarca en determinado concepto del determinismo, en el cual no tienen cabida ni las regularidades de carácter aleatorio ni los fenómenos de autorregulación empíricamente observables en sistemas del más alto nivel de complejidad, como son la psiquis y la sociedad humana. Tales son los fenómenos de autorregulación, característicos tanto del ser humano como de la sociedad y que requieren de que se postule la existencia de instancias de toma de decisión a nivel de la psiquis individual en un caso y a nivel de la sociedad como un todo en el otro, lo que nos conduce a plantearnos el problema del poder y de la política en la sociedad, ya que tomar decisiones significa ejercer el poder de una u otra forma.

Ahora bien, ¿contradice realmente la aceptación de sistemas autorregulados con una especie de “voluntad propia” el principio del determinismo? Esto es algo no sólo discutible sino que vale la pena sobremanera discutir en aras del desarrollo de una sociología más cercana a los problemas sociales más relevantes (fundamentalmente en época de crisis) y de la unión de la sociología con la politología, cosa que pudiera conducir a una verdadera ciencia de la política.

El conocido físico y metodólogo de la ciencia, Mario Bunge, plantea que existen dos versiones del principio del determinismo, la versión estrecha, o determinismo mecanicista y la versión amplia o determinismo epistemológico. Según el determinismo mecanicista, también denominado ontológico o laplaceano , el cosmos es un gigantesco conjunto de partículas en interacción que se mueven de acuerdo con determinadas leyes de la mecánica, lo que conduce a un programa de reducción de todas las regularidades que puedan observarse a leyes físicas en última instancia, en el que no pueden tener lugar fenómenos tales como la autorregulación de la personalidad o de la sociedad.

En la ciencia actual está tomando forma otra versión más amplia de determinismo o determinismo epistemológico, el cual no obliga a la realidad a amoldarse al lecho de Procusto de determinadas concepciones apriorísticas acerca de como está constituido el mundo. El mismo se basa en los siguientes principios:

1. Todos los acontecimientos ocurren según leyes (sin establecer apriorísticamente el carácter que las mismas deban tener).

2. Nada nace de la nada ni se sume en ella ( lo que el autor citado denomina “principio de negación de la magia”).

Tal conceptualización del determinismo permite la legitimación académica y científica de una serie de temas “malditos” y que se han convertido en patrimonio de la ideología en el peor sentido que se le pueda dar al término, como lo es el problema del Estado.

En términos muy generales, puede entenderse el Estado como uno de los subsistemas reguladores de la sociedad,de los que le confieren organicidad a la misma; cosa que sería cierta aunque demasiado general, ya que, el mismo, representa, a la vez:

1. La condensación de la relación de fuerzas de las clases y fracciones de clase en la sociedad las que, a su vez; defienden intereses económicos, políticos e ideológicos particulares en su seno, siendo un lugar privilegiado de la articulación de lo político con lo económico en la sociedad (Pounlatzas, 1980).

La defensa de tales intereses conduce a la apropiación de la fuerza por el Estado o, lo que es lo mismo, a la fuerza legitimada.

2. Es una expresión de la hegemonía de una coalición de clases y grupos que pretende lograr un consenso recurriendo a todos los medios a su alcance que pueden ser económicos, ideológicos, coercitivos en función de la coyuntura política existente (Servent, 1980).

Conviene aclarar que no es el único vehículo de hegemonía, ya que otras estructuras sociales juegan diferentes papeles en el continuo proceso de logro y mantenimiento de la misma.

3. Es la realización de un proyecto político del grupo hegemónico que pretende lograr cierto grado de consenso que permita la realización del poder. Tal proyecto puede ser bastante difuso en ocasiones y está sujeto a los paralelogramos de fuerzas que interactúan, pero sin su existencia la organicidad de la sociedad se ve gravemente amenazada y el proceso de tomas de decisiones del poder se ve grandemente obstruido.

4. Es la cristalización de determinada materialidad, la que se expresa en las instituciones especializadas con sus cuerpos de funcionarios públicos.Este último aspecto merece más atención de la que generalmente se le brinda, ya que el aparato del Estado puede llegar a jugar un papel enorme en las tomas de decisiones defendiendo intereses corporativos de los propios funcionarios estatales que pueden perfectamente no coincidir con los de las clases y grupos formalmente en el poder (Oszlak, 1990).

En el mundo actual, se observa no solo un crecimiento del número de los funcionarios estatales en la mayoría de los países, sino que lo que es peor, se está produciendo un aumento inusitado del poder de tal capa social, y se ha demostrado que tiene la capacidad de arruinar a cualquier economía, incluyendo la de las superpotencias. En nuestros predios latinoamericanos ha tomado fuerza la tendencia a la búsqueda de un Estado “pequeno y barato” en el sentido de una disminución del volumen de la burocracia estatal (Liotard, 1989), lo que por lo visto se logra con éxito variable y en medio de enormes dificultades.

Estas características o cualidades sistémicas del Estado están por supuesto interpenetradas y su separación responde a necesidades cognoscitivas y conduce a una inevitable esquematización. En el análisis del Estado, como en el de otros aspectos medulares de la sociedad, se debe evitar la tentación de las dilucidaciones que reducen “en última instancia” todas las determinaciones a una sola. Tales razonamientos generan más problemas de los que resuelven, y esto, quizá, se deba a cierta ambigüedad en el uso de los términos. Como ya lo habían señalado los dos grandes rivales de la sociología, Marx y Max Weber, el monopolio de la fuerza “legítima” lo detenta el Estado y esa es la característica más específica del mismo, lo que no es lo mismo que afirmar que el Estado, en última instancia, no es más que un instrumento de aplicación de la fuerza y la coerción.

En ocasiones, “determinación en última instancia” denota la existencia de leyes profundas, tansempíricas, que requieren de un gran trabajo de abstracción para librarse de determinaciones más cercanas a lo observable, el conocimiento de las cuales permite la comprensión de las tendencias del desarrollo en períodos muy largos de la historia. Esto posiblemente sea el sentido que tiene en las obras de propio Marx, en las cuales juega un papel gnoseológico en la ascensión de lo abstracto a lo concreto. Tal ascensión consiste en el descubrimiento de las leyes más generales y abstractas para luego reconstruir mentalmente el objeto de estudio mediante la complementasión de las mismas con las leyes de un nivel más cercano a lo empírico.

Otra acepción, consiste en que la determinaciones en última instancia son las que prevalecen en los momentos de crisis. Si se llega a la errónea conclusión de que sólo las leyes más profundas o abstractas o sólo las que prevalecen en los momentos de crisis son las “buenas”, las “científicas”, mientras que la búsqueda de regularidades más cercanas a la realidad observable es una especie de concesión al empirismo u otro pecado científico cualquiera; se corre el riesgo de cercenar la base metodológica y sociológica de la ciencia política y de asemejarse a un cierto personaje de un cuento ilustrativo de A. N. Leontiev, que, con el objetivo de estudiar profundamente una col, le fue arrancando hojas hasta llegar a la conclusión de que, en última instancia tal vegetal no es más que un pedúnculo incomestible. (El carácter necesario del estudio de leyes de diferente nivel de generalidad está convenientemente argumentado en la obra de M. Bunge, antes citada en el presente trabajo). El Estado puede ser analizado de forma sistémica a partir de determinadas matrices o ejes de coordenadas que son condiciones insoslayables de su existencia y que pueden ser:

1. La matriz temporal

2. La matriz espacial

3. La matriz económica

(Poulantzas suele analizar las dos primeras y rechazar la tercera, quizás como reacción negativa a cierto fundamentalismo economocentrista).

La matriz temporal del Estado ha sufrido modificaciones, ya que el tiempo histórico en la antigüedad, en virtud del carácter simple y muy lento de la reproducción económica, lo que conduce a una representación de la historia como un eterno ciclo de nacimiento glorioso en la edad de oro, la decadencia en las subsiguientes edades de piedra, bronce y hierro y el comienzo de un nuevo siglo dorado. En la edad media, el tiempo transcurre en la intemporalidad que media entre la Creación y el Juicio Final, lo que también, según el autor citado, se desprende del carácter simple de la reproducción.

Con el surgimiento del capitalismo y la reproducción ampliada, el tiempo histórico se acelera y la acumulación de bienes,descubrimientos, cambios políticos etc. conduce a la elaboración y popularización del concepto de “progreso”; el que matiza el discurso ideológico desde el Renacimiento hasta prácticamente nuestro días. El Estado siempre monopoliza el concepto del tiempo histórico adoptando una postura protagónica solo justificada en parte y el Estado capitalista se autodesigna como el garante y actor principal del progreso.

A partir de mediados de la década del sesenta, toda una serie de fenómenos sociales negativos han puesto en crisis la candorosa y muy difundida fe en la inevitabilidad del desarrollo progresivo hacia un mundo mejor, dando paso a muy influyentes tendencias denominadas postmodernas (Navarro, 1983), las que, por lo visto, de una forma u otra, preconizan un retorno al mundo de los valores, de la economía y de muchas manifestaciones de la vida social a una cierta edad de oro pretérita; en relación estrecha con las diversas corrientes neoconservadoras.

Independientemente de la consciencia que tenga una época de su propio decurrir temporal, existe una acumulación objetiva de logros y fracasos que cada generación hereda de las anteriores y ese tiempo-acumulación de sucesos cristalizado en una historia concreta resulta indispensable para el análisis de cualquier problema de salud.

Sobre este tema se volverá en el acápite dedicado a la promoción de salud al final del presente libro.

La matriz espacial del Estado está referida a las determinaciones espaciales del mismo, que en los Estados contemporáneos coincide con las fronteras nacionales. No siempre fue así. El Estado antiguo tiene su centro en la Polis y se prolonga por todo el espacio circulante hasta las tierras de nadie donde deambulan los bárbaros, los que eran generalmente considerados inferiores a los verdaderos seres humanos, los ciudadanos.

El territorio del Estado medieval está en dependencia de los avatares de la vida del Príncipe, de sus conquistas, sus derrotas y sus matrimonios dinásticos. El Estado capitalista es contemporáneo con el surgimiento de las naciones modernas, siendo a la vez su causa y su producto, ya que éste sistema social no puede desarrollarse en sus inicios sin un poder estatal fuerte, el del déspota, ilustrado o no; que comience el proceso de unificación económica, de constitución de un mercado nacional, libre de barreras arancelaria internas, pero con muy fuertes defensas con respecto a otros mercados de otras naciones.

La coalición de clases conque constituye su hegemonía la burguesía, asume como una de sus tareas fundamentales la consolidación de su territorio y su mercado interno y asume en general la representación de los intereses generales de la nación, siendo ésta su principal legitimación. En nuestra época se observan fenómenos de gran importancia en la cuestión que nos ocupa.

Por una parte, en los estados de menor desarrollo relativo y que fueron convertidos en colonias o semicolónias en algún momento de su historia, la coalición de clases hegemónicas en el poder se ven obligadas a compartir el mismo con los grupos dirigentes de los Estados metropolitanos, lo que conduce a determinadas características de la matriz espacial de los Estados subdesarrollados:

1. Sus posibilidades de desarrollo de un mercado nacional con efectivas defensas con respecto a otros países resultan insuficientes e inefectivas.

2. Limita sus posibilidades de representar el interés general de la nación, ya que la burguesía nacional tiende a convertirse en una lumpenbrguesía dependiente de las metrópolis por razones de su particular interés económico (Navarro, 1983).

Por otra parte, la extraordinaria concentración de capitales en círculos estrechos de financieros internacionales que comenzó como se recordará con los eurodólares, continuó con la fiebre de los petrodólares y que ha creado centros de toma de decisiones de carácter supraestatal y que en el momento actual parece ser que les pueden dictar condiciones hasta los estados nacionales más poderosos, con lo que puede esperarse una fuerte tendencia al menoscabo de la soberanía de los estados nacionales, que seria por supuesto más notoria en los países de menor desarrollo.

Todo esto indica que la matriz espacial de los estado modernos se encuentra en un período de cambios no menores que la correspondiente matriz temporal y resulta muy difícil emitir pronósticos fundamentados sobre el aspecto que adoptarán los estados en un futuro mediato. La tasa de cambios socioeconómicos es tal, que uno de los libros abarcadores de la situación actual fue intitulado por su autor Marshall Berman, Todo lo que es Sólido se Evapora en el Aire, retomando una conocida frase de Marx en el Manifiesto.

Resulta conveniente aclarar la diferencia entre “territorio” y “espacio”, tal y como ésto es entendido actualmente por la moderna geografía. El territorio es un constructo político-administrativo, mientras que el espacio geogáfico es la cristalización de la historia de la asimilación de las áreas por poblaciones determinadas, por lo cual en un mismo territorio puede coexistir diferentes espacios geográficos y éstos últimos son los más importantes para los análisis de situaciones de salud.

La matriz económica puede ser considerada como una “metamatriz”, ya que está implícita en la determinación de las otras; sin embargo, tal cosa puede conducir a la tentación de realizar análisis “en última instancia” reduccionistas. El Estado surge en la remota antigüedad en el momento en que la productividad del trabajo permite el mantenimiento de grupos dedicados permanentemente a labores no productivas, o sea, cuando aparece la división entre el trabajo manual y el intelectual. También se hace necesario por la existencia de intereses económicos contrapuestos en el seno de la sociedad que requieren de ser resueltos por alguna forma organizada de compromiso o de represión abierta o larvada. También determinadas empresas económicas relativamente complejas, tales como sistemas de irrigación o de navegación requieren de que la sociedad desarrolle, para su bien y para su mal, de ese subsistema de autorregulación denominado Estado.

Aquí también sucede que, al mismo tiempo que surge y se desarrolla en determinadas condiciones económicas, el Estado asume un papel activo en la creación y mantenimiento de relaciones económicas acordes a los intereses del grupo de poder hegemónico. Esto lo hace tanto por su poder normativo como por su actividad económica propia, ya que la extracción de impuestos hace que el mismo sea siempre en la práctica, la más rica de las corporaciones económicas existentes o una de ellas en cualquier momento o nación, por lo que siempre juega un papel importante en la redistribución del ingreso y no solo cuando se crean empresas estatales que producen mercancías y servicios para el mercado.

Parte de esa redistribución de la riqueza nacional se dedica a la reproducción de la fuerza de trabajo, fundamentalmente en lo que respecta a educación y servicios de salud. Esto es válido hasta para el período del surgimiento de los primeros estados, pero es particularmente cierto en el capitalismo, en el cual se requiere de una reproducción ampliada de esta fuerza acorde con el desarrollo económico acelerado.

Es precisamente con el surgimiento de tal formación económico-social que se puede empezar a hablar de políticas estatales de salud sistemáticas y con fuerte tendencia a la racionalidad en un proceso que ha sido bien estudiado y que puede ser descrito a grandes rasgos.

Este análisis “matricial” del Estado puede ser continuado con una matriz cultural, o demográfica u otras, siempre que no se pierda de vista que se trata de un recurso cognoscitivo para el estudio de un objeto sistémico complejo y que las mismas no son especies de objetos dentro de la sociedad. El presente trabajo se circunscribe a tocar someramente los aspectos más relevantes en función de la determinación social de la salud.

Las políticas estatales en salud pueden describirse en un contexto de creciente medicalización de la sociedad el que es definido por M. Donnangelo por una extensión de la normatividad de la medicina dentro de la sociedad (Oszlak, 1990; Donnangelo, 1976), aunque en un período histórico largo se observa también una extensión de los servicios de salud, ya sea en la atención directa a las personas o en servicios higiénicos de carácter general (sistemas de recogida de basuras, de potabilizasión del agua, de procesamiento de todo tipo de desechos líquidos etc.). El término ‘medicalizacion’ quizás no sea el más feliz, ya que se ha popularizado en una literatura dirigida a demostrar los efectos negativos del desarrollo de la medicina. Tales efectos existen y puede afirmarse que son numerosos, más el uso del término en tal contexto hace que adquiera un carácter marcadamente peyorativo, por lo que resulta conveniente aclarar que en el presente trabajo es equivalente a extensión de normatividad médica y extensión de los servicios dentro de la sociedad.

La medicalización es también:

1. Un importante medio de legitimización y mantenimiento de la hegemonía del grupo en el poder, ya que responde a valores humanos altamente apreciados.

2. Uno de los más importantes mecanismos de la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo en la sociedad. Tal como afirma M. Chossudovsky, “la salud y los servicios educativos son parte del consumo social así como componentes del capital social. Los gastos estatales en salud, educación, seguridad social, vivienda etc, son incorporados dentro del capital variable en términos de lo que los economistas convencionales denominan “inversión en los hombres”. Estos insumos, que se originan en los servicios sociales del gobierno, aumenta lo que podría denominarse la composición orgánica del trabajo. Las inversiones en salud tienen un efecto sobre la productividad del trabajo. Más específicamente, esto determina “la calidad de la fuerza de trabajo”. (Chossudovsky, 1983).

3. Los servicios de salud de todo tipo producen mercancías y servicios tales como la atención médico-estomatológica, los medicamentos y el equipamiento de salud y otros que se caracterizan por un alto valor acumulado y por muy altas tasas de ganancia.

Los medicamentos en particular responden a un complejo sistema de patentes que garantiza verdaderas superganancias. Gran parte de los efectos indeseados de la medicina son originados por esta característica de la extensión de los servicios en el mundo actual y evidentemente no basta la condena moral para eliminar vicios originados por una muy fuerte conveniencia económica. También los seguros de salud se están convirtiendo en un elemento importante de la concentración de recursos financieros en los países más desarrollados.

La medicalización comienza su desarrollo vertiginoso con el surgimiento del Estado moderno en los albores del capitalismo. El despotismo tiene su ideólogo de la salud pública en J. P. Frank y a su ejecutor decidido en el “canciller de Hierro” prusiano Bismark. El centro de la extensa obra de Frank puede ser caracterizado por los planteamientos de que el mantenimiento de la salud de la población es obligación del Estado, por lo que el mismo debe establecer una política de formación de cuadros idóneos y de control de los resultados prácticos de la misma. Bismark ejecuta realmente una política de salud e incluso llega a imponer autoritariamente la obligatoriedad de los seguros de salud en los territorios prusianos.

En Francia, la Gran Revolución lanza sobre el tapete el problema de los derechos del pueblo, inédito personaje protagónico con derechos “naturales” inalienables entre los cuales se encuentra la salud, por lo que el Estado no puede eludir la responsabilidad de brindar los servicios adecuados para su mantenimiento. En Inglaterra, sucesivas “leyes de pobres” fueron materializando la intervención estatal en la ampliación de los servicios a todas las capas de la población. Mas la apoteosis de la extensión de los servicios ocurre en el presente siglo por una conjunción de factores socioeconómicos.

Tal evolución observada en los países de mayor desarrollo capitalista dificilmente puedan ser explicadas por el altruismo de los gobernantes, sino que, como senala Palermo, (Palermo, 1986) se debe a las luchas de los propios interesados que adquieren mayor peso político y a la necesidad de los estados nacionales en expansión colonialista a desarrollar ejercitos de masas formados por jóvenes saludables y atléticos.

La revolución socialista ocurrida en el 1917 en el imperio ruso crea la posibilidad de realizar en toda su amplitud el programa socialdemócrata de salud pública preconizado por Virchow y que fuera llevado a la práctica por el controvertido Comisario del Pueblo para la Salud Publica Semashko y que logró importantes éxitos en lo que pudiera calificarse como la marcha triunfal de la medicina soviética que duró hasta finales de los anos treinta. Posteriormente, se desarrollaron obscuros procesos de burocrátización y de represión de las personalidades más brillantes de la medicina de ese país que condujeron a las grandes dificultades de la medicina actual en esa parte del mundo y que requieren de profundos y detallados estudios aún sin comenzar.

Esos éxitos iniciales influyeron en el desarrollo de las políticas de salud en los países capitalistas industrializados ya que la “inteligentsia” médica internacional fue influida por tales logros. Es conocido que Siguerist fue un gran propagandizador en occidente de la salud pública soviética. También las evidentes ventajas de tal sistema de salud hallan posiblemente compelido a los grupos de poder a tomar medidas de extensión de los servicios que contrapesaran el efecto político de este aspecto de la revolución soviética. En Europa occidental y en la América del norte, las políticas keinesianas de pleno empleo y aumento del gasto público en la posguerra, crearon condiciones propicias para una extensión brusca de los servicios en los países metropolitanos. La política del welfare State contribuyó a que se desarrollaran programas estatales de extensión de servicios de salud financiados por el Estado hasta en los países no propensos (por lo menos en teoría) a la intervención estatal como es el caso de USA.

En los países denominados del “tercer mundo”, las políticas de medicalización manifiestan un derrotero errático de marchas y contramarchas muy difícil de comprender si no se tienen en cuenta ciertas determinantes que subyacen a lo fenómenico:

1. En tales países de “capitalismo salvaje” (Possas, 1991/1992) no existe la suficiente necesidad económica del aumento de la composición orgánica de la fuerza de trabajo, por lo que los grupos hegemónicos en el poder tienden a economizar en ese rubro de gastos, ya que el crecimiento económico ocurre de forma extensiva, sin que se requiera de un aumento de la calidad de la mano de obra.

2. Por otra parte existen necesidades de legitimación de los grupos en el poder que obligan a la ejecución de determinadas políticas de salud las que, aunque insuficientes y menguadas, no dejan de influir en el estado de salud de la población. En tal contexto, la atención primaria con frecuencia se desvirtúa y se convierte en “atención médica de segunda para pobres” (Eibenchutz, 1990).

3. Sin embargo,la parte más ilustrada del grupo hegemónico en la que se incluye el mundo de las finanzas internacionales y determinadas organizaciones filantrópicas intentan paliar los efectos del subdesarrollo con ayuda en el área de salud en función de una hegemonía internacional de determinados grupos e ideologías, lo que conduce al fenómeno ya señalado de que los indicadores de salud en muchos países mejoran más rápidamente que lo que se desarrolla la economía de los mismos.

En las países desarrollados se da actualmente el interesante fenómeno de que las políticas neoliberales de recorte del gasto público no han conducido, como era de esperarse, en una reversión completa de los programas estatales de salud. Esto solo puede ser explicado a partir de determinadas hipótesis que se desprenden del marco teórico desarrollado en el presente trabajo:

h1- Los servicios de salud ocupan un papel de primordial importancia en la legitimación del poder de cualquier grupo hegemónico y

h2- Los servicios de salud juegan un papel directo en la reproducción ampliada del capital por su función en el mantenimiento de determinada calidad de la fuerza de trabajo, por debajo de la cual el capital nacional pierde competitividad en la lucha por los mercados.

h3- La promoción y venta de atención y mercancías de salud constituye un elemento importante en el mercado nacional de bienes y servicios y los seguros de salud se han convertido en un importante mecanismo de concentración de capitales, por lo que cualquier interrupción brusca del flujo establecido puede tener consecuencias desastrosas en el mercado en su conjunto.

De esta forma, un recorte demasiado radical de los servicios de salud puede convertirse en el suicidio del grupo hegemónico de cualquier país desarrollado. No ocurre la mismo en los países subdesarrollados, los cuales subsisten a partir de una utilización masiva de fuerza de trabajo no calificada.

Recientes trabajos de importantes especialistas en medicina social en el marco latinoamericano demuestran la necesidad de partir, en el análisis de la determinación social de la salud; de la dinámica de la reproducción de la vida y de las mediaciones que existen entre lo general reflejado en las leyes y los hechos particulares. De esta forma, los niveles de determinación expuestos en el presente capítulo serían momentos del ininterrumpido movimiento de reproducción de la vida social y expresión de las mediatizaciones concretas de leyes generales. También se ha desarrollado un interesante análisis conceptual del aspecto espacial de los fenómenos médico-sociales, ya que el territorio concreto sintetiza los determinantes sociohistóricos y de ambiente físico que pueden resultar relevantes en el estado de salud de la población.

Esto ha conducido a la acumuación del término de corepidemia, el cual sintetiza el conjunto de determinaciones socioeconómicas y de ambiente físico que pueden resultar benéficas o destructivas para la salud de los residentes en determinados espacios geográficos (Franco-Nunes, 1991). Se observa una tendencia a centrar la atención del desarrollo de los sistemas de salud a lo que se ha denominado “Sistemas Locales de Salud”, con una gran autonomía administrativa y financiera de los centros de poder político, participación de la población local y máxima adecuación a las condiciones concretas locales (Paganini, 1990).

Algunas regularidades de carácter general: La regularidad más general sería, por supuesto, la que se refiere a que la vulnerabilidad de la población está determinada por la formación económico-social, aunque una verdad de tal nivel de abstracción resulta algo trivial y poco útil. Se requiere la búsqueda de relaciones algo más operativas, como pudieran ser las siguientes:

1. La vulnerabilidad de la población es directamente proporcional al Producto Interno Bruto Percápita.

2. La vulnerabilidad en la población es inversamente proporcional a la proporción del PIB que se gaste en la salud.

3. La vulnerabilidad de la población resulta directamente proporcional al gasto público dirigido a proporcionr equidad económica y de acceso a la educación y los servicios básicos de salud.

Tales regularidades deben ser acotadas por determinantes de gran infuencia:

a. Si bien es cierto que el incremento del PIB percápita a largo plazo histórico produce un mejoramiento notorio en el estado de salud de la población y existe un umbral inferior de mejoramiento de las condiciones de vida en que se produce un salto en la disminucin de la morbimortalidad, existe un umbral superior a partir del cual se comienza aumentar la vulnerabilidad de la población por el aumento de la contaminación ambiental, el estrés, la enagenación y las posibilidades de accidentes.

b. La proporción del PIB que se gasta en salud presenta un umbral inferior, cuando se garantizan servicios básicos a la mayoría de la población,  donde se produce un salto positivo en el estado de salud. Existe también un umbral superior en el que un aumento exponencial de los gastos no redunda en resultados apreciables en la mejoría de la salud de la población, lo que parece estar ocurriendo en el momento actual en alguno de los países más opulentos.

c. La inequidad en la distribución tanto del PIB como del gasto social en salud conduce a la aparición de bolsones de población de alta vulnerabilidad aún en el seno de las socieades más ricas del planeta. Teniendo en cuenta la notoria “extenalidad” de muchos de los factores causales de enfermedad (los mosquitos que pican a un enfermo de malaria en un barrio marginal pueden transmitir la enfermedad al barrio de clase media colindante, etc.), tales islotes de inequidad constituyen factores de vulnerabilidad general de territorios mucho más extensos de lo que pudiera a veces parecer.

d. A nivel del planeta como un todo, se mantienen espacios de una enorme vulnerabilidad de consecuencias globales impredecibles. Resulta conveniente recordar el orígen y el desarrollo de las epidemias más mortíferas de los últimos tiempos, incluyendo el SIDA; para que desaparezca la placidez de los que “no piden perdon por ser ricos”, según una conocida expresión pública del ex-presidente Reagan de USA.

No resulta casual el hecho de que una institución tan poco de izquierda como el Banco Mundial proponga, en el ya citado informe de 1993, las siguientes medidas generales:

1. Adopción de medidas de crecimiento económico que beneficien a los pobres.

2. Aumento de las inversiones en educación, en particular para las niñas.

3. Promoción de los derechos y la condición de las mujeres, habilitandolas política y económicamente, y proporcionandoles protección legal frente a abusos.

El fin de la Guerra Fría y la subsecuente disminución global de los gastos en armamentos pueden crear condiciones propicias para un aumento de los recursos para lograr un aumento de la salud y el bienestar a escala planetaria, lo que requeriría de un arduo trabajo investigativo y organizativo en aras de evitar desestimulantes despilfarros.

Referencias

Bunge, M. (1973). La investigación científica.  La Habana: Ediciones R. La Habana

Chossudovsky,  Michel. (1983). Derechos humanos, salud y acumulación. En: Salud e imperialismo.

Donnangelo, María y Pereira, Luís. (1976). La medicina en la sociedad de clases. En: Salud y sociedad.  Sao Paulo: Libraria Doss cidades.

Eibenchutz, Catalina. (1990). Atención primaria de salud. Salud, Problema y Debate,  11, No. 4.

Franco-Nunes-Breilh-Laurel. (1991). Debates en medicina social.  Quito: OPS-ALAMES.

Liotard, J. (1989). Qué era la postmodernidad. En: El debate Modernidad-Postmodernidad. (Compilador Nicolás Casullo).  Buenos Aires: Ed. Puntosur.

Mills, W. (1969). La imaginación sociológica. La Habana: Ed R. La Habana.

Navarro, Vicente. (1983). El subdesarrollo de la salud o la salud del subdesarrollo. En:  Salud e imperialismo. (Compilador Vicente Navarro). Madrid: Ed. Siglo XXI.

Oszlak, Oscar et al. (1990). Descentralización de los sistemas de salud. El Estado y la salud. En: Los sistemas locales de salud. Washington: Organización Panamericana de la Salud.

Paganini, José María y  Capote Mir, Roberto. (1990). Los sistemas locales de salud.  Washington: Organización Panamericana de la Salud.

Palermo,  E. (1986). Salud, enfermedad y estructura social. Buenos Aires: Ed. Cártago.

Possas, Cristina. Estado, movimientos sociales y reformas en la América Latina: algunas reflexiones sobre las tendencias en la protección social. Trabajo presentado en el seminario sobre salud y políticas sociales de Río de janeiro en el 1991, publicado como folleto en el 1992 en la Facultad de Salud de ISCM de La Habana.

Poulantzas, Nicos. (1980). Estado, poder y socialismo. Madrid: Siglo XXI Editores.

Servent, Carlos. (1980). Gramshi y la política. México: UNAM.


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    Para citar este artículo:
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    Pérez, R. (2003,19 de octubre ). El poder, el estado y las politicas de salud. PsicoPediaHoy, 5(12). Disponible en: http://psicopediahoy.com/poder-estado-politicas-salud/
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2 Comentarios a: El poder, el estado y las politicas de salud

  1. Eduardo dice:

    Su análisis es bastante acertado. La inequidad de la salud en el mundo se debe a un modo de producción capitalista que solo busca apropiarse, por medio del monopolio privado de la ciencia y tecnología, en particular la salud, convirtiéndola en una mercancía que puede comprar el que tiene dinero y esto es la minoría de la población mundial, dejando a la zaga a una mayoría, creando un desequilibrio en las relaciones sociales del hombre, generando falta de bienestar en todos los aspectos, dentro de ella la pobreza, el hambre y la insatisfacción de las necesidades vitales. En síntesis, el sistema capitalista, y en especial los subordinados o dependientes a este sistema son los que sufre las mayores consecuencias, siendo utilizados como fuentes de recursos naturales que expolian desmedidamente y fuente de recursos humanos que explotan y venden tecnología barata y obsoleta, solo paliativa, todo ello mantenido por una política de gobernantes e ideólogos que defienden dicha dependencia, ya que sus intereses dependen de ella, unida a su corrupción e indiferencia a los grandes problemas sociales, produciendo mayor entropía. Solo se podrá salir de esta iniquidad si el proletariado mundial asume la responsabilidad de liberarse de este sistema, generando repartición equitativa de los bienes materiales producidos socialmente por el trabajo del hombre.

  2. juan rafael dice:

    Este documento motiva a mejorar nuestros conocimientos, así como también a interpretar los cambios en los sistemas de salud en nuestros países.

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