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Mitos y realidades sobre los programas de desarrollo cognitivo

Publicado: Ene 8, 08 │ Categorías: ArtículosSin Comentarios
  • Luís Dante Bobadilla Ramírez
    Lima, Perú



Se analiza el significado de entrenamiento cognitivo desde el punto de vista teórico y de resultados obtenidos. Critica tendencias comerciales que promueven creencias sin evidencia  científica. Aborda el mejoramiento de condiciones cognitivas y personales mediante tipos de entrenamiento y estudio.


RESUMEN

Uno de los campos más dinámicos de la psicología en el último cuarto de siglo ha sido el del entrenamiento cognitivo. El artículo hace un análisis panorámico de lo que significan estos métodos, tanto desde el punto de vista teórico como de los resultados obtenidos. Se hace una crítica a las tendencias comerciales que han diseminado una serie de creencias en el público sin que ellas estén confirmadas científicamente. Se aborda el supuesto mejoramiento en las condiciones cognitivas y personales mediante determinados tipos de entrenamiento y estudio. ¿Son efectivas y duraderas las técnicas de mejoramiento que se propagan por las empresas, las escuelas y en el público? Luego de más de tres décadas de ensayos es momento de llegar a ciertas conclusiones.

Cada época se caracteriza por una moda especial. No nos referimos únicamente a la moda de las pasarelas, sino también a la moda en el ámbito científico y académico, donde el impacto de algunas ideas también marca su tiempo. Ocurrió con el psicoanálisis y el marxismo a principios del siglo pasado; luego fue el momento del existencialismo, a mediados del mismo, y vino después el liberalismo, etc. Las cosas no han sido diferentes en el más reducido ámbito de la psicología. Cada época define su pensamiento en función de un contexto histórico que ejerce su presión y nos conduce hacia determinadas zonas de interés. Nada ocurre casualmente.

Desde hace unos años, en la psicología hablamos de creatividad, del desarrollo de la inteligencia y el entrenamiento cognitivo. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón que nos impulsa en tal dirección? ¿Tienen realmente estos temas un interés epistemológico? ¿Se trata de un aspecto fundamental para el avance de la psicología? ¿Existirá quizá un interés ajeno a la psicología que lo pone en la agenda? ¿Cuáles han sido finalmente los resultados de todo este empeño? Hagamos una breve revisión de este panorama.

Si revisamos la amplia bibliografía existente sobre el pensamiento, la creatividad y el entrenamiento cognitivo, descubrimos un hecho curioso: la mayoría de los textos más exitosos no fueron escritos por psicólogos. Más aún, podríamos afirmar que este no fue un tema iniciado por la psicología sino por la ingeniería organizacional. Si bien es cierto que los primeros psicólogos del siglo XX abordaron de manera indirecta el tema durante sus estudios sobre la inteligencia, la verdad es que el boom del pensamiento, como una cuestión de interés extra académico, estuvo a cargo de ingenieros en un momento crucial del desarrollo industrial.

Mientras que los psicólogos se enfrascaban en una agotadora e interminable discusión acerca de la inteligencia, empleando intrincados modelos como el bifactorial de Spearman, los 7 factores de Thurstone, los 150 de Guilford o la triárquica de Sternberg, y otro medio centenar de teorías más, los ingenieros respondieron pronto a la necesidad apremiante de organizar y coordinar el pensamiento de miles de personas laborando conjuntamente en un mismo gran proyecto de inmensa complejidad, y que exigía de la creatividad como nunca antes. Por tanto, los textos más apreciados en este campo surgieron de ingenieros como Daniel H. Kim, Ikujiro Nonaka, Hirotaka Takeuchi, Roger Von Oech, Donald Shön, etc. Sin duda, los más conocidos son Alex Osborn y Edward De Bono, médico y empresario este último, (aunque más tarde conseguiría una licenciatura en psicología solo para mejorar su perfil comercial). También hay quienes consideran a la Programación Neurolingüística (PNL) como un proyecto exitoso de la psicología. Aunque esto aun permanece como un tema en debate, lo cierto es que este producto, patentado y registrado como una marca comercial por sus fundadores, ha sido una de las propuestas a las que más han recurrido los psicólogos a fines del siglo XX en el tema del entrenamiento de las capacidades cognitivas.

Semejante panorama pone de relieve varios hechos concretos: en primer lugar, la creciente importancia que han despertado temas como el aprendizaje, el pensamiento, la creatividad, etc. Lo segundo es que este interés ha rebasado con creces las fronteras de la psicología y ha sido abordado con éxito por otras disciplinas, de modo que la gran mayoría de términos empleados en estas áreas tales como “ingeniería del conocimiento”, “pensamiento lateral”, “knowledge management”, “práctica reflexiva”, “sistematización de aprendizajes”, etc., provienen de afuera y algunos se han convertido incluso en marcas registradas comercialmente por sus propulsores. De modo que los psicólogos pasaron así de leer teorías formuladas por psiquiatras a leer teorías elaboradas por ingenieros.

Otro hecho que debemos destacar es que los terrenos de la creatividad, el mejoramiento del pensamiento y la enseñanza han resultado campos muy fértiles para grandes y muy lucrativos negocios. Nada ha impulsado tanto a la humanidad como el comercio y parece que esto no ha sido una excepción para tales áreas por dos razones básicas.

Primero, la ansiedad de las grandes empresas y corporaciones por descubrir alguna fórmula que les permita sacar ventajas en el mercado. En tal sentido, la propuesta de incrementar la efectividad de sus ejecutivos y vendedores con entrenamiento cognitivo ha sido siempre una tentación a la que no se han podido resistir. En segundo lugar, la intensa actividad desarrollada por numerosas empresas dedicadas al novedoso negocio del entrenamiento cognitivo, aprovechando esta demanda que hoy llega también desde los profesionales independientes. En otro ámbito, algunas editoriales transnacionales han emprendido una agresiva labor de impresión de textos sobre novedosas técnicas educativas basadas en diversas estrategias de aprendizaje y han inundado el mercado causando un verdadero caos teórico en la educación, especialmente en los países subdesarrollados.

De otro lado, muchos de los best sellers pertenecen al rubro de la autoayuda y la consejería para lograr mejoras personales, ya no sólo sobre la felicidad conyugal sino también para ganar destrezas cognitivas, ampliar la memoria y ser más creativo. Al final de todo esto, lo único cierto es que pese a las toneladas de papel impresas y a las docenas de teorías publicadas, nadie tiene la sensación de haber avanzado mucho en la comprensión de la mente humana, al menos no mucho más allá de donde lo dejaron los filósofos griegos en la era de Platón. Lo único que se ha conseguido es reunir miles de novedosos conceptos, términos y definiciones (1) que sólo sirven para adornar las tesis con innumerables citas.

Pero no todo ha sido inútil. En este campo tenemos libros exitosos reeditados año tras año y autores excéntricos y prolíficos como Edward De Bono, verdadera industria del entrenamiento empresarial, quien no ha parado de escribir en los últimos 40 años (ya va por su libro 62) y hoy es todavía el conferencista más disputado por las mayores empresas del mundo, con la esperanza de que su prédica los lleve a la tierra prometida de las ventajas competitivas. Muchas cosas útiles han surgido en el camino. Sin embargo, hoy ya no se habla tanto de aprendizaje sino de “cómo aprendemos” (Nisbet, 1990).

Los enfoques organizacionales se plantean en el análisis de procesos externos; se orientan a la organización efectiva de dichos procesos, al manejo de la circunstancia en que se producen, a la creación de ambientes favorables. Técnicas tan conocidas como el brainstorming de Alex Osborn, o los “seis sombreros para pensar” de E. De Bono, se refieren específicamente a maneras de enfrentar una situación problema. Ellos no están preocupados especialmente por lo que acontece al interior de la mente. No han planteado una teoría del aprendizaje, sólo quieren solucionar las dificultades más comunes que enfrenta un equipo creativo. Nadie quiere teorías sino resultados.

El gran éxito de Edward De Bono es haber brindado una larga serie de técnicas efectivas y cuya variedad se explica por la necesidad de adaptar soluciones a situaciones concretas que son muy diversas en la vida real. Ha logrado, por ejemplo, encaminar las interminables y estériles discusiones de directorios hacia un tipo de diálogo más eficiente y productivo. Ha puesto orden y claridad. Y no ha necesitado de una teoría de la mente para conseguirlo.

Por el contrario, la psicología está más interesada en descubrir qué es lo que pasa en la mente cuando el sujeto aprende, cuáles son las etapas del pensamiento creativo, cómo surge una idea, etc. Pero ha emprendido este análisis con los prejuicios de una lógica causalista, empleando métodos mecanicistas tradicionales, como si se tratara de estudiar el encendido de un motor o el vuelo de un pájaro. Y sobre este defecto de base en sus fundamentos ha levantado una columna que sostiene todo su esquema conceptual: el supuesto de que se han descubierto ya las etapas del pensamiento creativo, que se las puede medir y fijar en cuál exactamente hay un déficit y, por último, que se puede ejercitar sólo esa etapa para vencer la dificultad global del sujeto. Sin embargo, no hay nada en todo el horizonte científico que pueda apoyar tales supuestos. Es solo una creencia admitida por muchos, pero como decía Bertrand Russell (1928), el hecho de que muchos crean en algo, no convierte eso en una verdad. Aquello que la gente cree no es más que eso: lo que la gente cree y generalmente es lo que quieren creer.

Lo cierto es que hasta hoy ninguna de las muy numerosas técnicas de entrenamiento y desarrollo cognitivo ha logrado demostrar nada en concreto (Mc. Guinness, 1999). La investigación realizada en 4 países (EEUU, Israel, Canadá y Venezuela) con el Programa de Enriquecimiento Instrumental de Feuerstein, arrojó resultados contradictorios. De Bono (1991) demostró que con el CoRT es posible generar más ideas, pero no nos dice nada de la calidad de tales ideas. Esto no es sólo una cuestión de cantidad. Fisher (1990) admite que evaluar el programa de Filosofía para niños es muy difícil debido a sus metas muy amplias. Adey y Shyer’s (1993) evaluaron 12 clases por 2 años seguidos con el programa CASE (Cognitive Acceleration through Science Education) y hallaron que sólo en un curso hubo una mejora de un grado con respecto del grupo control, mientras que en los demás hubo deficiencias significativas. Una vez más, la realidad parece indomable.

El problema fundamental radica en que realmente no existe forma de conocer la inteligencia. Polanyi (1976) explicaba que la mayor parte del conocimiento es “tácito”, en el sentido de que no puede ser explicado. Podemos reconocer la cara de un amigo, pero no podemos decir cómo lo hacemos. Del mismo modo, la mayor parte de las habilidades de un experto es tácita, ya que los procesos que utiliza no son visibles ni obvios para ningún observador ni para el propio sujeto. Pretender “descubrir” piezas o etapas en medio de un fenómeno como el conocimiento y el aprendizaje, responde a una necesidad muy humana impuesta por la naturaleza misma de ese pensamiento que tratamos de entender.

El hombre, al parecer, tiene sólo dos alternativas: el viejo y descartado método de la introspección, o las elucubraciones culturosas del estilo psicoanalítico que conducen a una pseudociencia. Una alternativa muy válida ha sido recurrir a “modelos explicativos”, pero aunque esto ayuda mucho en el terreno epistemológico y teórico, el problema es que algunos autores terminan por confundir estos modelos con la realidad, lo cual es como confundir los planos con el edificio, pero con el agravante de que nunca nadie ha visto ese edificio. Algunos incluso han apostado todo su capital intelectual a uno de estos modelos, mostrando gran entusiasmo y precipitación por llevar a la práctica una tesis hecha para el campo teórico.

Es así como hoy tenemos algunas técnicas que pretenden “enseñar a pensar”, de la misma forma en que se enseña a jugar el tenis, asumiendo que el “saber pensar” no es más que una cuestión de práctica y estrategia. Sin embargo, ninguna academia de tenis, ni aun las de California, donde enseñan verdaderos campeones mundiales, ha logrado generar campeones en serie, como cabría esperar. Los costosos entrenamientos dedicados al mejoramiento de la cognición, basados en cualquier sistema, tampoco han conseguido producir los exitosos ejecutivos en serie que prometen. Hoy, tan igual que ayer, las empresas siguen dependiendo del genio creativo individual de personajes únicos como Henry Ford, J. P. Morgan, Bill Gates, Soyshiro Honda, etc.; también los deportes siguen dependiendo del eventual nacimiento de prodigios como Maradona, Tiger Wood, Pete Sampras. La literatura sigue en espera de que nazcan los genios que puedan llegar a igualar la Edad de Oro o la Generación del 98, y ninguno de los muchos talleres de creatividad literaria que hoy abundan en las facultades de ciencias sociales ha conseguido aportar mucho.

Se dirá que el propósito no es formar genios sino ayudar a mejorar el aprendizaje. En los últimos 30 años la educación ha sufrido profundas y radicales reformas para adecuarse a las novedosas teorías del aprendizaje; los textos han sido modificados de acuerdo con los métodos que se preconizan en los congresos educativos. Sin embargo, los hechos no demuestran que los métodos modernos sean mejores que los antiguos. Al cabo de un cuarto de siglo de nuevos esquemas educativos, los resultados tampoco confirman la teoría, peor aun, en algunas instancias hay un retroceso debido a que estas técnicas han sido ejecutadas por personas que no comprenden el método. Pero nada de esto ha mermado las creencias de la gente, ni ha cambiado las teorías ni ha logrado afectar los buenos negocios. Nadie deja de creer en Dios porque no se le cumple un milagro.

Una de las principales características del ser humano es su afición a creer en todo lo que le agrada. El wishingful thinking. Sin duda, es agradable pensar que todos podemos ser creativos e inteligentes con sólo un poco de entrenamiento y que la psicología al fin ha demostrado su utilidad social. Pero toda ciencia tiene la obligación de confrontarse con la realidad y evaluar sus métodos y sus resultados. Ahora bien, ¿existe la posibilidad real de mejorar los procesos mentales intrínsecos? ¿Es posible medir estos cambios? Todo lo que se ha logrado hasta hoy es mejorar los procesos externos, organizar las ideas, crear ambientes de diálogo eficiente, brindar herramientas que sirven de apoyo al flujo de ideas, sistemas que facilitan el manejo de la complejidad, etc. Pero nada hay respecto de cambios cognitivos intrínsecos.

En mi experiencia personal, vinculada por mucho tiempo al entrenamiento de los empleados del área de informática en técnicas de análisis de problemas y diseño de soluciones del tipo Yourdom, Jean-Dominique Warnier y Edsger Dijkstra, nunca pude ver un avance ni cambio significativo en los procesos mentales de aquellos en quienes se deseaban cambios. Tan sólo los que ya eran bastante claros y eficientes en su pensamiento y en su programación, mejoraban de una manera notable, pero aquellos que mostraban una pobre y caótica programación nunca pudieron mejorar. Peor aun, algunos tomaban la teoría de un modo fanático y empeoraban su desempeño al aplicar las técnicas sin criterio, por lo que resultaba evidente que estas técnicas ayudan mucho a los que ya tienen criterio, pero no hacen nada por los que carecen de ciertas habilidades cognitivas elementales. Incrementar éstas es algo que nunca he intentado, pero he trabajado de cerca con personas que lo hacen, o que al menos creen que lo hacen. Casi todas coinciden en los muy limitados avances que consiguen, pero no es seguro determinar cómo es que se logran estos pocos avances. Es decir, no estamos seguros de si lo podemos atribuir a las técnicas o a la maduración de los sujetos, ya que en su mayoría son niños.

De acuerdo con la opinión general de los expertos, el cerebro humano consigue el 97% de su desarrollo alrededor de los 7 años y más allá de cierta edad difícilmente puede hacerse algo por incrementar la capacidad mental. No he descubierto sobre qué bases hipotéticas precisas se piensa que es posible modificar condiciones cognitivas tales como la claridad del enfoque, la espontaneidad y originalidad de las ideas, el orden coherente del pensamiento, la capacidad de vislumbrar el panorama general y cada uno de sus componentes en su exacta dimensión e interacción, la anticipación de las contingencias, etc. Si todo esto fuera posible podríamos, por ejemplo, erradicar la estupidez y eso sí que sería un logro. Pero, por desgracia, es evidente que estas capacidades cognitivas están directamente vinculadas a factores genéticos y a condiciones de su desarrollo temprano, además de condiciones psicológicas particulares como la motivación y el estrés. Además, resulta fundamental tener conocimientos y una capacidad para usar esos conocimientos en favor de una situación que debe ser comprendida en su amplitud.

Lamentablemente, durante el siglo XX el mundo occidental adquirió un trauma que lo ha llevado a rechazar de antemano toda teoría que se sustente en la genética, por ser las teorías genéticas las que sirvieron de excusa al racismo y al exterminio de los judíos a cargo de los nazis. Hoy las teorías que gozan de aceptación son las que ignoran el determinismo genético y las que nos ofrecen la posibilidad de una igualdad democrática, fiel reflejo de los tiempos políticos y -en añadidura- las que se prestan mejor a la explotación comercial en un mundo dominado por las transnacionales.

Pero a pesar de que parecen ser mayoría las teorías que ven la creatividad no como un don sino como una capacidad que se puede entrenar como si se tratara de un músculo, no son pocos los autores que despliegan una larga lista de condiciones individuales del sujeto creativo. Entre ellos Taylor, Lowenfeld, Mackinnon, Barrón, etc. Kneller y Sprecher, por ejemplo, ofrecen cada uno, por su lado, hasta una docena de características individuales, todas ellas innatas, como la espontaneidad, la inconformidad, el espíritu de crítica, la flexibilidad mental, la motivación, el liderazgo, la autonomía, etc. En consecuencia, parece que tendría que ser indispensable una gran serie de transformaciones muy profundas en el ser humano para llegar a cambiar en algo sus facultades cognitivas.

Por otro lado, los autores más recientes sobre esta materia han abandonado el enfoque sobre los procesos cognitivos internos y se ocupan más de los procesos de interacción en un intento por superar los escollos que plantean el tener que tratar con elementos puramente abstractos. Steinberg (1964) admite que la creatividad es una cualidad con la que el individuo nace, pero que puede verse afectado por la aculturación y es en ese contexto que debemos actuar. Getzel y Jackson (1962) determinaron la diferenciación entre creatividad e inteligencia y descubrieron que los maestros prefieren a los alumnos inteligentes y no a los creativos. Sternbert y Lubart (1999) proporcionan una lista de consejos para aumentar la creatividad que no es más que una buena colección de las recomendaciones que siempre hemos escuchado y repetido: redefine el problema, trata de ver lo que otros no ven, diferencia tus buenas ideas de las malas, etc. Es decir, ya no se ocupan de etapas del pensamiento sino de actos concretos. Tal vez el caso más exagerado sea el de Csikszentmihalyi (1996) quien -saliendo totalmente del plano cerebral- ha incorporado en la explicación de la creatividad la muy dudosa teoría de los memes sugerida por Richard Dawkins (1978) en el último capítulo de su libro El gen egoísta, y temo que sus ideas van a resultar incomprensibles por algún tiempo.

Pero esta tendencia con que se ha iniciado ya el siglo XXI en torno de los procesos mentales, me parece que va a centrarse finalmente en las operaciones externas y visibles admitiendo, aunque sea de soslayo, la naturaleza intrínseca y definitiva de las potencialidades cognitivas. De manera que en el futuro es de esperarse un lento, pero definitivo abandono de ese mar de elucubraciones teóricas que hoy constituyen la Torre de Babel cognitiva, hasta admitir un día que el ser humano es un ser sorprendente e inasible.

Conclusiones

Después de más de medio siglo de teorías no hay un claro avance en la comprensión del fenómeno cognitivo del aprendizaje. Los modelos nos han ayudado a comprender cómo podrían ser estos, pero no tenemos evidencia de tales procesos. Entre tanto, una larga lista de programas de entrenamiento cognitivo han despertado grandes expectativas en diversos sectores, pero sus resultados no son concluyentes y carecen de un sustento teórico sólido. El ser humano sigue siendo un enigma por resolver y tal parece que los métodos de análisis empleados hasta ahora no son los más adecuados para abordar el mundo subjetivo y los fenómenos humanos. Luego del fracaso del método científico en su empeño por establecer relaciones causalistas y determinar estructuras y etapas de procesos lineales, volvemos a los métodos heurísticos y al reconocimiento de las condiciones genéticas, la importancia capital del medio y las condiciones del desarrollo temprano del individuo. Pero además, volvemos al reconocimiento del fenómeno inasible, aleatorio, azaroso y vital de su creatividad. No hay métodos para crear genios en serie. Debemos advertir a la sociedad que ningún entrenamiento es una garantía para el éxito comercial y que las metodologías educativas tampoco garantizan un éxito educativo por sí mismas.

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(1) Cuestión admitida en la Séptima Conferencia Anual sobre el Pensamiento, realizada en Singapur en 1997 con la presencia de los principales autores como Feuerstein, Gardner y De Bono.

Referencias

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    Para citar este artículo:
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    Bobadilla, L. D. (2008, 8 de enero ). Mitos y realidades sobre los programas de desarrollo cognitivo. PsicoPediaHoy, 10(1). Disponible en: http://psicopediahoy.com/programas-desarrollo-cognitivo-mitos-realidades/
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