Recursos de Psicología y Educación

La psicología comunitaria como posibilidad de transitar

Publicado: Abr 8, 10 │ Categorías: Artículos1 Comentario
  • Paula Ulivarri
    Universidad Católica de Salta
    Mendoza, Argentina



Esta experiencia trata de compartir una mirada y posicionarnos como psicólogos, ciudadanos y sujetos desde la perspectiva comunitaria. Se invita a reflexionar sobre nuestro quehacer; considerando que la sistematización de experiencias es un punto crucial para repensar nuestras prácticas profesionales.

RESUMEN

Este trabajo parte de la sistematización de experiencias de trabajo en terreno y como instructora de la Residencia de Psicología Comunitaria, perteneciente al Ministerio de Salud Pública de Salta. Su objetivo es compartir una forma de mirar y posicionarnos como psicólogos, ciudadanos y sujetos desde la perspectiva comunitaria.

La psicología comunitaria en Salta, desarrolla la mayoría de sus actividades, bajo la estrategia de APS. A pesar que esta estrategia tiene 30 años ininterrumpidos de aplicación y es reconocida como necesaria para el logro del bienestar de las comunidades con las que trabajamos, muchas veces su  implementación queda a libre albedrío de quienes la elijen como posibilidad. Esta posición supone, en la mayoría de los casos, altos costos personales y laborales. Sumándose a esto nos encontramos con la falta de capacitación y el poco espacio que tiene en la agenda de las Políticas Públicas la salud de su población.

Como un modo particular de acción, la PC se constituye en una oferta que busca dar respuesta a los problemas sociales actuales. Es desde allí que nos formulamos preguntas: ¿cuál es el lugar del PC en la realidad social actual y en el escenario particular de la psicología? ¿Qué necesidades están planteadas? ¿Qué demandas se van construyendo? ¿Cómo lograr que las acciones conduzcan a un lugar donde cada vez más accedan al “poder hacer” simbólica y económicamente hablando? ¿Cómo hacer para que más ciudadanos accedamos a las posibilidades de hacer y decidir sobre lo que nos acontece?

Fluctuamos, por momentos, entre distintas posiciones. Por un lado, sentimos que vamos a contramano de las tendencias dominantes: promoción de la participación/programas verticalistas; fortalecimiento de las redes sociales/ fragilidad laboral; construcción de proyectos comunitarios/asistencialismo; evaluaciones unilaterales y cuantitativas/elaboraciones participativas.

Palabras clave: Psicología comunitaria, equipo comunitario, atención primaria de la salud, proyectos comunitarios.

“El hombre más libre es el que tiene el mayor sentimiento de  poder sobre sí, el mayor saber sobre sí, el mejor método en las luchas necesarias de sus energías, la mayor fuerza relativa en sí, es el más trágico y más rico en cambios, el que vive más tiempo, el que más desea, el que mejor se nutre, el que más se escinde dentro de sí mismo y el que más se renueva.
(…) En el fondo, todas las instituciones tienen como verdadero fin que el gran hombre nazca todo lo menos posible y, en condiciones tan desfavorables, que no prospere”. 1

Desde donde nos posicionamos

El que está ‘sin voz’ se encuentra… a la vez designado como tal por la voz del otro y reconocido en sus derechos sociales de existencia por esa misma voz”. 2

El objetivo de este trabajo es compartir una forma de mirar y posicionarnos como psicólogos, ciudadanos y sujetos desde la perspectiva comunitaria.

Desde hace cuatro años soy Instructora de la Residencia de Psicología Comunitaria, dependiente del Ministerio de Salud Pública de la Provincia. Pertenecí a la primera camada de esta residencia. Este año se cumple el décimo aniversario de su creación.

Durante este tiempo creamos la Asociación de Psicólogos Comunitarios, como lugar que posibilite seguir trabajando junto a otros en espacios comunitarios.

La psicología comunitaria, en Salta, desarrolla la mayoría de sus actividades, bajo la estrategia de APS. A pesar que esta estrategia tiene 30 años ininterrumpidos de aplicación y es reconocida como necesaria para el logro del bienestar de las comunidades con las que trabajamos, muchas veces su  implementación queda a libre albedrío de quienes la elijen como posibilidad. Esta posición supone en la mayoría de los casos altos costos personales y laborales. Sumándose a esto nos encontramos con la falta de capacitación y el poco espacio que tiene en la agenda de las Políticas Públicas la salud de su población.

Este relato parte de las experiencias de muchos que todavía consideramos que es posible el cambio de posición de aquellos que tienen en sus manos dicha agenda, a partir de  la lucha junto con las comunidades menos favorecidas, propiciando espacios de encuentros que tienen como objetivo que voces hasta el momento inaudibles puedan ser escuchadas.

En estos caminos de aprendizaje continuo nos acompañan, tanto a nivel teórico como práctico, aquellos que comenzaron, hace muchos años, a pensar que es posible trabajar en un ámbito hasta el momento desconocido, que se atrevieron a enfrentar la incertidumbre, negando la objetividad como mirada única; permitiéndose interactuar con otros sin el resguardo de  un saber hegemónico y completo, luchando contra el escepticismo y comprometiéndose con una práctica de implicancias políticas, técnicas, éticas y metodológicas.

Entendemos que no hay neutralidad en nuestro trabajo cotidiano y que somos permanentemente modificados por las intervenciones que llevamos a cabo, esto nos impele a  hacernos responsables de cada una de las posiciones que tomamos en las articulaciones que nos incluyen. En este sentido, se podría decir que no intervenimos sino que nos involucramos en una o más articulaciones (Montenegro, M 2001)

Hacer terreno

“Reconocer que el otro en la comunidad es poseedor del saber, del conocer que en la vivencia cotidiana ha construido, es un camino para pasar de la intervención al encuentro, de la imposición al diálogo”. 3

En la universidad nos enseñan, desde un modelo de salud basado en la enfermedad, que debemos hacernos cargo de lo que no funciona, de lo que se desvía de lo “normal”, desde un ámbito puramente asistencial. Los parámetros sobre cómo deben vivir las personas, cuáles deben ser los recursos a los que tengan acceso o cuáles deben ser sus prácticas sociales, están  establecidos según los límites de lo que es correcto/incorrecto y lo normal/anormal.

Salir a la comunidad, hacer terreno, son frases comunes para algunos trabajadores en el ámbito de salud donde desarrollamos nuestras prácticas. Estos trabajadores rara vez son los llamados profesionales: médicos, psicólogos, odontólogos, etc. La mayor parte de las veces se trata de los agentes sanitarios, aquellos miembros de la comunidad que fueron capacitados en tareas de prevención y promoción de la salud y que tienen a su  cargo familias enteras,  son “responsables de la salud de sus sectores” y de la detección oportuna y la derivación correspondiente de la patología, son los únicos en salud pública que son evaluados sistemáticamente bajo los lineamientos de la estrategia de APS. El resto del equipo que trabaja en los centros de salud pueden tener voluntad (o no) de realizar esas salidas. Las evaluaciones semestrales que se realizan en las instituciones de salud se basan en la productividad y la estadística de casos atendidos (enfermedad).

Desde nuestro posicionamiento como parte integrante de una institución salud con estas características, entendemos a la salud como un concepto amplio y al ser humano como una  totalidad y en una (su) ubicación socio histórica cultural.

La estrategia de APS, en su inicio o intención, implicó un giro de lo individual a lo comunitario. ¿En qué momento de estos 30 años se revirtió esta situación? La Declaración de Alma Ata afirma que, para plantear y llevar a la práctica de forma eficaz la APS, la participación comunitaria es fundamental. Esta última había sido un común denominador de los programas basados en la comunidad estudiados en el proceso de elaboración de la Declaración.

Esta afirma que “la autoestima y la conciencia social son factores clave en el desarrollo humano” y recalca la importancia de “la participación comunitaria en la decisión de las estrategias y en planificar, poner en marcha y controlar los programas de desarrollo” (Werner y Sanders, 2000).

Los participantes en Alma Ata también reconocieron que la APS, por sí misma, podía contribuir al desarrollo y servir como un medio para la acción organizada y para despertar la conciencia social.

Declaraciones, documentos, cartas, congresos, jornadas, espacios de reflexión, etc., que  sucedieron a este documento, pusieron sobre el tapete discusiones sobre la salud de los pueblos y la equidad, con repercusiones en diferentes niveles; despertando polémicas sobre todo con la utilización y análisis de palabras incómodas tales como autonomía, poder, empoderamiento, participación en definitiva: ciudadanía.

Los movimientos que se producen en el interior de las comunidades y las relaciones articuladas en un proceso comunitario son resistencias, instancias y actitudes que generalmente son definidas como corruptoras de valores hegemónicos, cuyo su objetivo es agruparse para desarticular las manipulaciones del Estado. Esas resistencias son muchas veces leídas y transcriptas como desvíos, deserciones, dependencias, traiciones, entre otras aseveraciones impartidas directa o indirectamente por las esferas gubernamentales, a través de múltiples medios y voceros (desde representantes  formales hasta punteros políticos).

De este intento por insertarnos en y junto con las comunidades somos arrancados diariamente por las intenciones del Estado en transformarnos en técnicos de un saber regulador, arrojándonos en el binomio saber/poder, no como personas con otro saber sino con el saber.

Implica un esfuerzo permanente y un posicionamiento ideológico claro actuar como el eslabón de la continuidad de un proceso de reconocimiento del otro y no convertirse en el grillete de una larga cadena que aprisiona esos esfuerzos.

El encuentro con la comunidad nos coloca en un lugar de exposición que, aunque necesario, también nos despierta sentimientos de inquietud y de inseguridad ante la respuesta de la población y de las instituciones.

Esta incertidumbre implica un reposicionamiento de los que trabajamos en el sistema de salud: no tenemos todas las respuestas, lo que sabemos no es suficiente para solucionar los problemas que sufren las comunidades con las que trabajamos. Es un riesgo, es poner el cuerpo, sentir que desconocemos muchas cosas: ¿cómo soluciona sus problemas esta comunidad en particular? ¿Cuáles son los recursos con los que cuenta? ¿Cuáles son sus necesidades reales? ¿Por qué no funcionan los programas que se imparten desde los centros de salud y hospitales?

Al mismo tiempo, la formulación del pedido de parte de la comunidad hacia nosotros (cuando la hay) implica el reconocimiento de un saber y de una autoridad. Por un lado, esto posibilita una intervención y, por el otro, un tentador espacio de ejercicio de poder.

Aceptar y reconocer este lugar que ocupamos ante el otro, nos permitirá (o no) trabajar junto a otros. Se trata de un compromiso ético, de poner nuestros conocimientos y herramientas de intervención a disposición de quienes lo requieren. El riesgo está en hacerse cargo de este supuesto saber en su totalidad, asumiendo un lugar experto, centralizándose todo el poder en una parte de la relación. Lo percibimos cuando asumimos los roles que se nos suponen, sin mediar cuestionamiento alguno.

Estos aspectos exigen ponerse en juego uno mismo cuando conocemos, cuando nos acercamos, en definitiva, cuando salimos a terreno.

“Y veremos que no siempre las enfermedades se tratan como se trata una enfermedad en un hospital, en una gran ciudad, veremos, entonces, cómo el medico tiene que ser también agricultor (…) Veremos, entonces, cómo tendremos que ser, en estas circunstancias, un poco pedagogos…, cómo tendremos que ser políticos también, cómo lo primero que tendremos que hacer no es ir a brindar nuestra sabiduría, sino ir a demostrar que vamos a aprender” (Guevara, 1960).

¿Qué sucede con el sistema sanitario de la provincia de Salta en la actualidad? Las instituciones de salud se convirtieron en empresas, ya no son directores de hospitales ni jefes de centros de salud, ahora son gerentes, son responsables de una empresa que puede ir a la quiebra. Su presupuesto y recursos está integrado por lo que se obtiene (individualmente) a través de diferentes planes cuyo fondo proviene de préstamos internacionales, con una clara direccionalidad a la focalización cada vez más restringida al que menos tiene y un endeudamiento todavía desconocido para nosotros. Se están privatizando hospitales y dispersando el recurso humano existente, especialistas que se formaron para determinado trabajo ahora deben pensar en cómo desarrollar sus prácticas en otros sectores, no elegidos por ellos mismos: médicos enfermeros, psicólogos que trabajaron y se formaron en hospitales (con toda lógica propia) ahora deben integrarse a equipos de Primer Nivel de Atención. Cómo sostener la estrategia de APS bajo estas circunstancias es un tema que hasta ahora no se plantea en las agendas de Salud Pública de la Provincia.

Resultados: cada vez hay menos profesionales que aceptan la función de organizar un servicio y las acciones que en algún momento eran parte de nuestras actividades como personal de salud son realizadas con el fin de obtener los “beneficios” de planes que generan cada vez más deudas a los ciudadanos. Personal que concurre a los centros de salud desganados,  desconociendo los lineamientos básicos  de la atención primaria y con la frustración propia de aquellos que sienten una brecha infranqueable por ahora entre su vocación y elección y el trabajo que deben realizar.

Un punto de partida

“Estamos en constante contacto con nosotros mismos y con otros (personas, instituciones, cosas) e inevitablemente incidimos a partir de las acciones que hacemos o dejamos de hacer. Lo que cambia en cada contexto son las formas en las que se da esta acción y los efectos de las mismas“. 5

Al momento de realizar una intervención comunitaria nos conducen algunas premisas básicas:

1. Una postura ética que nos acompaña desde el momento en que hacemos contacto con un grupo. Implica responsabilidad y compromiso por cada una de las acciones que realizamos y las que no realizamos.

2. La convicción que las comunidades tienen los recursos o potencialidades para identificar sus necesidades y problemas y para resolverlos. El énfasis está puesto en integrar elementos propios del cotidiano comunitario, teniendo en cuenta tanto ideologías, culturas, identidades como los recursos (humanos y materiales).

3. El cambio debe generar relaciones de poder horizontales y sentido de solidaridad, responsabilidad y pertenencia del individuo a la comunidad.

4. Respeto por el conocimiento y la cultura popular. En las intervenciones el eje no está puesto en el conocimiento técnico. Es imprescindible tener en cuenta e integrarnos a los saberes de la comunidad.

5. Cambiar el rol de experto en que se ubicó generalmente al psicólogo.

6. Los individuos y las comunidades tienen el derecho de participar en las decisiones que los atañen.

Consideramos como entrada del proceso el primer contacto que tenemos con la comunidad: el diagnóstico de situación, el cual incluye por un lado, un conocimiento institucional, entendiendo junto a Ulloa, que las instituciones reflejan y dramatizan el contexto comunitario en que están incluidas y, a su vez, tienden a modificar este contexto (Ulloa, F, 1996); en este caso, Ministerio de Salud Pública y sus instituciones. Por otro lado, implica la necesidad de un conocimiento de la comunidad; el área de responsabilidad del centro de salud al cual nos sumamos. Es el punto de partida necesario que nos permitirá realizar un trabajo interinstitucional e intersectorial y tomar contacto con otros, encontrándonos con las diversas miradas existentes: en un determinado territorio, con una población específica, que tiene recursos, demandas particulares y una dinámica de relaciones de poder, formas de relacionarse y negociar, toma de decisiones y búsqueda de soluciones a sus problemas.

Esta aproximación (nunca acabada) se realiza a partir de técnicas cualitativas y cuantitativas. Los instrumentos más utilizados por nosotros son la observación participante, las entrevistas, los grupos de discusión y el cuaderno de campo. Estas técnicas se utilizan por nuestra parte sin intervenciones que tiendan a provocar modificaciones en el escenario observado, con una mirada “ingenua”, sin juzgar ni proponer situaciones que modifiquen un espacio que es suyo, y donde vienen desarrollando actividades, posicionamientos y procesos desde hace tiempo, buscando soluciones a sus problemas de una manera particular y que desconocemos. Asimismo, se utilizan técnicas de recolección cuantitativas como encuestas, datos de planillas, historias clínicas y censos poblacionales, utilizamos también la co-construcción de la historia de la comunidad, mapeo y actualización cartográfica para la reconstrucción del espacio geográfico, reseñas históricas, identificación y caracterización de los actores sociales y redes sociales.

Una vez que se saturó la información, se realizan las categorizaciones correspondientes, con el fin de sistematizar la información obtenida.

El principal uso de la observación participante se encuentra en el estudio de lo que relativamente se sale de la norma: lo que todavía no se entiende, lo incipiente, las otras culturas, los grupos semiocultos o clandestinos y lo que tiende a encerrarse entre los muros de las instituciones. (Callejo Gallego, J., 2002)

Somos parte de estas instituciones y grupos por lo tanto es recomendable que este paso se realice al principio de nuestra inserción en los mismos; observamos y participamos en los espacios y prácticas de los observados. Esto posibilita integrarnos en la vida cotidiana de estos grupos, conocer las normas internas, logrando que lo que acontece en el interior de las instituciones fluya de manera habitual. Por lo tanto, se logra una doble acción: se observa participando de la cotidianidad y se participa siendo conscientes que esa involucración promueve observaciones que nos acercan más a las prácticas que se llevan a cabo en ese espacio particular y diferente.

El cuaderno de campo permite volcar las ideas, sentimientos, sensaciones, sin restricciones de lo que nos acontece a nosotros como observadores de una situación de la que mucho no conocemos. Un elemento importante de esta aproximación es el discurso de los que integran el grupo de observación, sin embargo, hay elementos (analógicos, entre otros) que confirmarán o negarán los dichos y aseveraciones. El objetivo es encontrar las diferencias y similitudes entre las normas generales (lo que se dice) con las particulares (lo que se hace), y su explicación. Por lo tanto, la interacción es principalmente informal, los encuentros son registrados en el cuaderno, que recoge información sobre las conversaciones con personas claves dentro de las organizaciones, de la comunidad, las interpretaciones, sensaciones y vivencias, permitiendo organizar la información.

“El grupo de discusión es una práctica (…) en la que se recoge el camino de vuelta hacia la unión, de lo que aparece separado, la reintegración al grupo tras la individualización. (…) Los participantes (…) reconstruyen discursivamente el grupo social al que pertenecen” (Callejo Gallego, J. 2002).

La entrevista nos permite captar, por un lado, la información experimentada y absorbida por la persona; y, por el otro, escuchar discursos particulares que remiten a otros significados sociales y generales. Estos discursos están mediados por una construcción propia en base a su experiencia en el ámbito donde desarrolla sus actividades.

La categorización de lo observado, de lo que se recogió en las entrevistas y el cuaderno de campo y demás técnicas utilizadas, cobran sentido cuando adquieren la imagen de lo observado como un sistema.

Cualquier intervención que llevemos a cabo implica una presencia institucional, esto nos obliga a entender de la práctica institucional y cómo ésta se desarrolla desde los distintos parámetros que supone. No podemos estar seguros de haber llegado a entender el sentido y la función de una institución si no somos capaces de conocer su incidencia sobre las personas que trabajan y concurren a ella. Como esta incidencia es una parte integrante de la institución, toda interpretación debe hacer coincidir la objetividad del análisis con la subjetivación de la experiencia vivida.

Una vez realizado este paso, es imprescindible compartir con la institución y la comunidad los datos recogidos. La devolución tiene un doble objetivo: retornar, debidamente sistematizada y elaborada, la información que nos aportaron los actores involucrados y obtener sus reacciones y comentarios, incorporando, nuevamente, su punto de vista a nuestra interpretación de los datos. Se trata de restituir a la gente (enriquecida) una información que le pertenece.

Por lo tanto, el momento de diagnóstico no está completo hasta que se realiza este paso, el cual representa un trabajo previo de organización del material, síntesis y categorización de la información, espacios y momentos de discusión con todas aquellas personas o instituciones que participaron en el proceso de diagnóstico y circulación de la palabra; momento que permitirá escuchar las voces de los implicados. Esta acción abre posibilidades de reflexión, discusiones, reconocimientos, replanteos y revisión de objetivos y propuestas, en definitiva, de trabajo en equipos, interdisciplinaria e intersectorialmente hablando.

Diagnóstico participativo comunitario

“Contra el positivismo, que se detiene en los fenómenos: ‘sólo hay hechos’ -yo diría: no, precisamente no hay hechos, sino sólo interpretaciones. No podemos constatar ningún hecho “en sí”; tal vez sea un absurdo querer algo por el estilo”.6

La IC (intervención comunitaria) requiere un segundo momento que se articula y es posible gracias al anterior: el diagnóstico comunitario (DC) entendido como construcción que intenta dar cuenta de los sentidos, significados, problemáticas priorizadas por los diferentes miembros de la comunidad. Considerado como un punto de acercamiento imprescindible hacia lo que desconocemos, la forma de vivir, cómo fueron encontrando las soluciones a sus problemas, cuáles son los recursos con los que se cuenta, su lectura de la realidad, etc., es un encuentro con esta comunidad en cuestión (diferente a otras).  Y entendiendo que no se trata de toda la comunidad, en este caso, la zona de responsabilidad del centro de salud, sino un grupo de personas que se convocan y nos convocan con un interés particular. En este sentido, convocamos y somos convocados, invitamos y somos invitados, en una articulación que nos permite ser parte de un proceso comunitario.

El diagnóstico así entendido genera un conocimiento de lo que no se disponía, algo nuevo, no limitándose a recoger información de la realidad como se ve, sino que el sólo hecho de compartirla provoca una reflexión en los participantes del mismo que permite avanzar hacia un punto en común. Por otra parte, es un conocimiento consensuado, integral y orientado a la acción, movilizando respuestas a partir de la vivencia de los integrantes de la comunidad y no desde una visión de un equipo técnico.

La posibilidad de re-conocer su territorio, donde acontecen sus actividades cotidianas, el hablar con otros vecinos, familiares, etc., posibilita que estas personas reunidas (porque hay algo en común que molesta, inquieta, interrumpe) conozcan y se apropien de recursos que muchas veces se encuentran invisibilizados. La circulación de la palabra permite el relato de soluciones muchas veces individuales que fueron encontrando a los problemas, compartiendo y transmitiendo a los demás sus experiencias, pudiendo de esa manera crear un espacio común, comunitario.

El equipo comunitario

Las diferencias de ‘poder’, ‘saber’, ‘códigos culturales’ que habían sido utilizados como indicadores de los desbalances relacionales (…) enmarcadas en concepciones que conciben al encuentro humano desde una óptica colaborativa (…) pueden convertirse en “oportunidades” de de-construcción mutua“.

A partir de este diagnóstico realizado y compartido estamos en condiciones de formar el equipo comunitario, espacio donde se identifican las necesidades y problemas específicos, los recursos con los que cuenta, cómo se desenvuelven, su ámbito laboral, sus fortalezas y debilidades, límites y posibilidades.

Entendemos por equipo comunitario al grupo de personas implicadas en el proceso de intervención comunitaria, en un ámbito de confianza y re-conocimiento de los otros (vecinos, instituciones, etc.), con una tarea en común y con acuerdos respecto a la lectura de la realidad. La creación del equipo de trabajo comunitario (representantes institucionales, líderes formales e informales, nosotros) es una pieza clave para el desarrollo y la dinamización de los procesos comunitarios, ya que supone un recurso inespecífico donde se dan relaciones horizontales y de circulación de la palabra.

Se comienza trabajando juntos, se conforma el grupo y se construye el trabajo en equipo. Antes que el grupo se transforme en equipo debe acontecer un proceso, un aprendizaje, que generará la capacidad del funcionamiento en común. El equipo es una integración organizada, adecuada a cada lugar, sostenida en una actitud de cooperación.

Fuks (2008) afirma que la colaboración, en tanto núcleo de sentido, requiere de un sustancial nivel de apertura y flexibilidad, de la posibilidad de confrontación con las propias limitaciones y de la capacidad de sorpresa y tolerancia  a las incertidumbres. Realizamos una especie de contrato que, simbólicamente, nos involucra a todos en pos de algo que convinimos en determinar como lo problemático a solucionar, implica hacernos responsables y que nos llama a la acción. Este contrato es el que nos permite movernos en ese espacio particular, donde debemos conocer y determinar nuestra posición y la de los otros dentro de esa articulación, con nuestras posibilidades y límites.

Lograr esta conformación es esencial a la dinámica del proceso comunitario. De lo que se trata es de poner en manifiesto que con orden y método podemos ponernos de acuerdo y decidir conjuntamente sobre líneas de trabajo claras que ayuden a vislumbrar un proyecto comunitario como algo tangible y no meramente teórico. Legitimando la planificación como instrumento válido de construcción y mejora del territorio, que permite avanzar desde la cooperación y la negociación.

Con las conclusiones negociadas y los problemas priorizados, el equipo comunitario está en condiciones de comenzar un plan de acción definido. Su función será realizar un proyecto comunitario, definir los objetivos, las actividades y tareas y sus responsables, que darán respuestas a las necesidades o problemáticas. Relacionarse con otros de una forma diferente es una de las cuestiones centrales en todo proceso comunitario y las metodologías participativas ofrecen elementos para lograr este objetivo.

El equipo comunitario, conformado por actores que se encuentran en el territorio y los que apoyan institucionalmente el proceso, debe contribuir conjuntamente a lograr este fin. Para ello se necesita compromiso, confianza, negociaciones y perseverancia. El psicólogo comunitario deberá aprender a “jugar” sus posiciones según el momento del proceso, fortaleciendo todo aquello que promueva lo que cada uno de los involucrados, desde su posición, quiera, sepa y pueda aportar; respetando y dando el tiempo necesario para que aparezcan cada una de estas posibilidades.

La realidad desde la cual partimos

No es posible acceder a una realidad fuera de los discursos y prácticas que la conforma.

El objetivo último de la Psicología Comunitaria es el cambio social.  Buscamos  cumplirlo teniendo como eje la participación comunitaria, partiendo de un enfoque integrador de la realidad.

Todos tenemos una forma, más o menos implícita, de concebir la realidad del mundo que nos rodea, y ésta, la mayoría de las veces, es pensada como lo dado, a lo que podemos acercarnos, percibir, clasificar, ordenar, interpretar. Esta manera de acercarnos al mundo refleja una concepción arraigada en nuestra cultura. A partir de los encuentros y articulaciones con otros, esta mirada es posible de ser cuestionada como única y verdadera,  hay otras “realidades”, otras miradas.

Iñiguez afirma que nosotros, al ver a otros viendo las realidades que vemos generamos en nuestro interior el efecto sociedad, como si fuese una realidad objetiva y externa a nosotros mismos y a los demás. Esto explica que se hable de la sociedad o la comunidad, cuando como señala Navarro, no vivimos en una sociedad, nosotros mismos somos sociedades andantes.

Somos seres sujetados a un contexto socio histórico que también habita en nosotros, siendo en la singularidad de cada sujeto donde se produce la realidad objetual (Martí, Rebollo y Pascual. 2005).

La realidad se construye enmarcada en contextos históricos y sociales; es allí donde se pueden llevan a cabo los procesos de transformación social.

¿Qué ocurre con nuestra posición en esa realidad? Nuestra posición nunca es  neutra ni objetiva.

Asumir este cambio paradigmático implica una compleja mirada reflexiva acerca de nuestra responsabilidad en la realidad que “describimos”; implica, asimismo, asumir que nuestra presencia nunca es neutra. Este reconocimiento tiene un impacto directo en nuestro trabajo cuando somos “extraños”, ya que, en tanto tal, somos invitados en una muestra de confianza pero sujetos a la paradoja de que: cuanto más comprendemos a “los otros”, más perdemos externalidad y capacidad de sorpresa y más REALIDAD se nos vuelve la “realidad” de los otros. (Fuks, S 2008)

El encuentro con esa realidad se da a partir de las articulaciones de los actores que conforman el equipo comunitario; no como una sumatoria de múltiples realidades sino como la interinfluencia y modificación de posiciones.

A partir de allí, el problema que se va a trabajar se va definiendo desde la participación de todos, incluyendo quienes están definidos como interventores, grupos, asociaciones y organizaciones preocupadas por la temática por tratar, con las que es posible negociar construcciones; negociaciones que estarán, a su vez, enmarcadas en contextos de relaciones de poder, autoridad, intereses, institucionalización, alianzas, etc. Este contexto dibujará los límites y las posibilidades de los procesos a construir; construcción que sólo podrá darse a partir del diálogo, reconociendo la existencia de  las diferencias y saberes múltiples, estableciéndose un conocimiento sobre la realidad que nos permitirá trabajar acorde a la coyuntura y el contexto.

A partir de allí es que podremos afirmar, construir, delimitar: desde una realidad sabida como única, porque es ese el problema por trabajar en ese momento y espacio y no en otro, aquel  donde habrá otros problemas, otros recursos, otros actores.

En este sentido, la tarea de quien tiene la posición de “agente externo”, en lugar de imponer la solución, es incorporarse como un actor más en las redes de articulaciones que emergen en contextos específicos.

La IC es un proceso que participa de la construcción de la realidad social, ya que produce una interpretación que tiene efectos sobre dicha realidad, efectos de mantenimiento o de transformación de la misma. Sin perder de vista que la interpretación en la investigación cualitativa es una interpretación de interpretaciones, en la medida que recoge los puntos de vistas de los diversos actores sociales que participan en la construcción de su propia realidad social.

La realidad siempre va siendo y nunca es, a pesar y hasta muchas veces en contra, de nosotros. Sabemos que las bases del cambio están en constante movimiento y que se nos escapan de la mirada porque muchas veces tardamos más en analizar que en comprender.

Desde donde intervenimos

El problema no es que cada uno pierda su competencia. Es que la desarrolle bastante para articularla con otras competencias, las cuales, encadenadas, formarían un bucle completo y dinámico“. 7

Al implicarnos en la acción, nuestro saber se suma de tal manera que complemente los esfuerzos de la comunidad. Aportamos una metodología de trabajo: desnaturalizando, problematizando, dinamizando, etc., un saber hacer que facilita este encuentro de múltiples posiciones.

Dar lugar a las diferentes opiniones, necesidades, expectativas, priorizaciones, percepciones; y al conflicto producto de las luchas por el poder, presente en toda relación humana, posibilitará el despliegue de las distintas subjetividades presentes respecto a una misma realidad “objetiva”. La construcción de la demanda no será pues una sumatoria de los pedidos formulados, sino mas bien el producto del interjuego de las diversas subjetividades.

Implica también el desafío de correrse de la posición objetiva y universal, considerada como coherente y racional que influye en los demás (objetos de intervención), pero inmodificable en nuestra vida cotidiana. No hay neutralidad ni en la forma de conocer ni en el conocimiento que se produce. Esto trae aparejada la necesidad de explicitar nuestro posicionamiento con relación a las personas con las que trabajamos.

La investigación participativa implica ante todo producción de saber, un saber derivado de la práctica misma. Siguiendo a Montero, consideramos que el éxito de una IC radica en que los trabajadores externos del equipo se vuelvan prescindibles. No podemos diluirnos pretendiendo que somos un habitante más de la comunidad, ignorando nuestro conocimiento y saber hacer; somos facilitadores y posibilitadores de nuevas construcciones, ayudando a quienes quieren transformar la situación problematizada. Dobles Oropeza dice: Ni el papel de “benefactor”, ni el de “experto”, ni el de “vocero”, ni el de ser “un poblador mas”.

Según Saforcada (2007), son magníficas las oportunidades para poner nuestros conocimientos y destrezas profesionales al servicio de nuestras comunidades y países; igualmente, son una gran coyuntura para que nosotros podamos aprehender realidades humanas y construir conocimientos importantes gracias a las características y saberes de nuestras comunidades.

Debemos tener en cuenta siempre nuestra posición en ese proceso como “interventores” o actores externos.

Siguiendo a Martín-Baró (1983), una psicología comprometida no puede definir su acción en función de predecir y controlar la conducta, sino mas bien de contribuir a crear mayores espacios de autonomía a personas y grupos que los haga más dueños de su propio destino.

La intervención comunitaria: articulando nuestras posiciones

La articulación es toda práctica que establezca una relación entre elementos, de modo que la identidad de estos últimos es modificada como resultado de la práctica articuladora.

La IC hace referencia a procesos intencionales de cambio, mediante mecanismos participativos tendientes al desarrollo de recursos de la población, al desarrollo de organizaciones comunitarias autónomas, a la modificación de las representaciones de su rol en la sociedad y sobre el valor de sus propias acciones para ser activo en la modificación de las condiciones que las marginan y excluyen. (Lapalma, A 2001)

Un proceso de IC tiene como objetivo mejorar las condiciones de vida de la población y que la comunidad sea protagonista de dicho cambio. Parte y tiene que ver con las necesidades, aspiraciones, problemas o temas de interés para el grupo. En un sentido amplio, la intervención consiste en tomar parte, incidir, actuar. Significa irrumpir con una acción para transformar algo, es relacionarse con. Y en este sentido, podemos decir que siempre intervenimos; es más, siempre que intervenimos, estamos siendo intervenidos.

Sin embargo, no debemos perder de vista que la IC es una manera de articularse que tiene su especificidad. Y, en este sentido, no es sin intenciones: esta marcada por determinadas características que la definen, por un cuerpo teórico, acciones y procedimientos específicos. Esta manera de intervenir implica una responsabilidad que tiene que ver tanto con nuestra posición en la articulación con otros como en los límites de nuestra práctica.

En toda IC se juegan dinámicas de poder implícitas que debemos saber reconocer; tanto en el interior de las comunidades como en nosotros mismos. Cuando hablamos de poder nos referimos por un lado a la capacidad de un grupo humano de tomar las decisiones cruciales acerca de su acción y situación, sus posibilidades de convertirse en sujeto social. Aquí se ponen en juego los recursos con los que cuenta la comunidad, en relaciones inter e intragrupales específicas y tiene efectos sobre las mismas relaciones sociales.

Por otra parte, el proceso comunitario es complejo y difícil, aparecen obstáculos técnicos y metodológicos, desarrollándose en escenarios conflictivos, con intereses contrapuestos e ideologizantes. Las dificultades encontradas en cada una de las etapas se pueden ir solucionando a partir del trabajo y colaboración de todas las personas implicadas en el proceso y la convicción de estar desarrollando un trabajo que tiene una finalidad clara.

Aquello que aparece como obstáculo o conflicto muchas veces es la oportunidad de repensar acciones y reposicionamientos que permiten avanzar hacia intervenciones más efectivas.

No hay una “verdad” con respecto a cuáles son los problemas sociales reales. Y, como no hay una receta o definición privilegiada a la cual acudir, se hace necesario hacerse cargo de las interpretaciones sobre el mundo social que se ponen en juego en articulaciones particulares.

Los problemas con los que habitualmente trabajamos en los barrios fluctúan entre la falta de agua potable, titularización de los terrenos, cloacas, fortalecimiento de grupos, reflotamiento de centros vecinales, entre otros. Estas problemáticas son priorizadas en conjunto, sabiendo que muchas veces no se podrán abordar todas las que se que traen al grupo; sin embargo, a partir del encuadre propuesto de confianza y sentido de comunidad; es posible “resignar” la posición individual en pos de mejorar la calidad de vida de todos los que viven en un territorio sentido como propio.

En el diseño del proyecto comunitario debe quedar muy en claro las funciones y roles de cada uno de los actores implicados así como los espacios de implicación y participación. Muchas veces, se confunde el proceso comunitario con un trabajo conjunto donde entre todos lo hacemos todo.

Por otro lado, es clave resaltar las actividades que se van realizando, a fin no sólo de incentivar el equipo sino también validar el proceso, demostrando que no son simples conjeturas, reuniones y discusiones. La visualización motiva, retroalimentando el proceso y estimulando la participación comunitaria. Historizar, detenernos en un momento del proceso para analizar las tareas realizadas, dar la palabra, coordinar, acompañar, retirarse, volver, contener, etc.,  son movimientos que tienen un objetivo y un sentido determinado por las coyunturas del proceso comunitario.

Pasar del diseño al proyecto en sí, supone un desafío que exige la búsqueda de mecanismos de evaluación basados en indicadores cualitativos que permitan medir los resultados de este proceso, en tanto que estos mismos procesos son los que generan la transformación y el cambio social.

Siendo de tipo interpretativo, el conocimiento producido en la IC tiene implicaciones políticas, al tensionar la realidad social para mantenerla tal cual o para promover su transformación, por lo que demanda por sí misma explicitar nuestra posición y reflexionar críticamente sobre sus consecuencias. También implica evaluar los efectos de nuestra intervención ya que siempre tendrá efectos sobre lo social, más allá de si somos conscientes de ésto o no.

Por lo tanto, en la medida que la investigación tiene consecuencias políticas y prácticas, que nunca son neutras, la reflexividad obliga al investigador a responsabilizarse de los compromisos que orientan su labor (Ibáñez 1994).

Componentes necesarios para un trabajo comunitario

“Al compartir una diversidad de estrategias sacudiéndonos los prejuicios (especialmente los mesiánicos), estaremos más cerca de desarmar las manipulaciones del Estado y mucho menos vulnerables para facilitarle los instrumentos de su labor” (Vásquez Rivera).

Para trabajar junto con las comunidades y lograr un cambio social a partir de la estrategia de la IC, nos resulta indispensable tener en cuenta la existencia y fortalecimiento de algunos elementos constitutivos, tales como participación, poder, implicación, ciudadanía, equidad, responsabilidad, compromiso, respeto de los saberes, concepto de comunidad, de equipo e intersectorialidad, entre otros. Entendemos que sin estos componentes se hace una tarea difícil sino imposible la realización de proyectos con la comunidad.

Somos conscientes de que en las últimas décadas, éstos y varios términos más adquirieron notoriedad. Muchas veces fueron utilizados, paradójicamente, para fines de control y otras veces como puntos centrales en el funcionamiento de sociedades cuyas formas de gestión refuerzan la inequidad.

Nuestro esfuerzo es que estas palabras no queden vacías de sentido, que sean reflejo de un saber hacer que se basa en el respeto hacia el otro ser humano y un posicionamiento donde el encuentro produzca articulaciones que nos enriquezcan. El análisis de estos conceptos es una oportunidad para la reflexión, permitiendo la reconstrucción de prácticas y sentidos que en muchas ocasiones se dan por aceptados.

Entendiendo que todo reduccionismo es productor de explicaciones lineales y descontextualizadas, partimos para el estudio y entendimiento de las dinámicas que fluyen en las comunidades en las que trabajamos desde un enfoque sistémico, como un  proceso de integración y desagregación conservando las sinergias o relaciones entre los componentes. Siguiendo la noción del pensamiento complejo, a la que se refiere Morin (2003), que separa y reúne, que distingue -sin desunir- y religa.

Sin embargo, si tenemos como objetivo trabajar junto con otros, es indispensable conocer y comprender, identificar cada una de las partes o elementos que se conforman en un proceso comunitario, sin entenderlos como sumativos, sino co existentes y necesarios para que se produzca algo diferente y único.

Participación comunitaria

“La participación es un derecho que necesita canales para su realización.  La participación ciudadana es una necesidad estratégica para el buen gobierno. La participación necesita planificarse” (Pindado, F 2005).

A pesar de que los programas nacionales y provinciales enuncian constantemente la idea de participación comunitaria como elemento fundamental para su éxito y ejecución, finalmente nos topamos con una realidad: participar implica responder a los objetivos previamente prescriptos por técnicos.

Se habla de participar, pero no existen posibilidades reales para que las comunidades o grupos puedan llevarla a cabo. Para que la participación de la población resulte genuina, es necesario  un giro (epistemológico y práctico) hacia la comunidad, en coordinación con los demás recursos de la zona; posibilitando procesos comunitarios tendientes a trabajar junto a la comunidad y no sólo para la comunidad.

La participación es un ejercicio constitucional, como ciudadanos es nuestra responsabilidad hacer uso de ella. Y, como todo derecho, se ejerce para conseguir algo y cumplir con un objetivo. No es un fin en sí misma, sino un medio para conseguir algo: las personas no se reúnen porque sí, existe algo que los impulsa a conformar un grupo: una finalidad que se convertirá en algo en común a transformar.

Siguiendo a Pindado (2005) podríamos decir que la participación ciudadana es la implicación de las personas afectadas por las decisiones públicas en las propias decisiones.

La condición esencial para que la participación sea real es la intervención de todos en todas las fases del proceso: identificación de problemas, determinación de prioridades, definición de objetivos, intervención en el diseño del proyecto,  gestión de soluciones y evaluación; asegurando que en todo momento la relación entre los diferentes actores sea igualitaria.

Sin desatender el resultado final lo importante es cómo se hacen las cosas, las relaciones y el empoderamiento que se producen en el camino: aprender a trabajar en grupo, escuchar las opiniones de los demás, construir entre todos la propuesta de trabajo, establecer mecanismos de toma de decisiones, reconocer el derecho a decidir y luchar por ello, en definitiva formar parte. Además, la participación es un proceso de aprendizaje en sí mismo: el contacto con otras personas nos permite conocer otras miradas, es un continuo trabajo de debate, negociaciones y tolerancia, nos posibilita comprender los procesos y confluir en una acción consensuada.

Para Montero (1998) existen niveles de participación y de compromiso que se estructuran y funcionan como círculos concéntricos, cuyo núcleo lo constituye el grupo de máximo compromiso, dedicación y participación “(…) A este primer círculo sigue otro, en el cual hallamos personas que colaboran frecuentemente en tareas puntuales y asisten a muchas de las reuniones y asambleas convocadas por los primeros. Un tercer círculo es el de aquellos miembros de la comunidad que sólo participan en tareas específicas (…). El siguiente círculo está integrado por quienes se hacen presentes a través de donaciones, aportes materiales, así como de su benevolencia explícita hacia las acciones emprendidas por los grupos anteriores. Hay también quienes se conforman con simpatizar y aprobar el trabajo colectivo, pero que no harán otro aporte (…). Y finalmente, se encuentran los espectadores curiosos, indiferentes a veces, pero no obstaculizadores“.

Todos los involucrados en los diferentes círculos son necesarios para una IC y sus límites no son rígidos. Retomamos, reafirmamos y le damos sentido a la idea de participación comunitaria porque creemos firmemente que para que un proceso comunitario tenga éxito es importante que las personas puedan realizar actividades que les interesen en espacios colectivos, donde se pueda producir el encuentro y se sientan ciudadanos activos en el proceso de cambio.

Ciudadanía

Somos conscientes que solos no se puede ni se debe. Hay responsabilidades del Estado que no deben dejarse de lado. Sería una incoherencia ignorar esto.

El ser ciudadano nos implica y nos convoca a reclamar lo que es nuestro por derecho. La ciudadanía se puede definir como el derecho y la disposición de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público.

Para una gran parte de las personas, ser ciudadano es tener derecho a poseer aquello que otros poseen. Hoy ser ciudadano es apenas estar al amparo del Estado. Siguiendo a García Canclini, la ciudadanía se refiere a las prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia. Y lo que da sentido de pertenencia es la posibilidad de tener acceso a lo mismo que el grupo de referencia, tanto en materia de bienes cuanto de servicios.

Ahora bien, tomar el concepto de ciudadanía implica preguntarnos quiénes son ciudadanos, y qué sucede cuando no se cumplen los “requisitos mínimos”, es decir, cuando las personas consideran  que no tienen derechos ni tienen la oportunidad de ejercer los deberes propios de los que están en “condiciones” de ser incluidos en un sistema ciudadano.

En tanto consideramos que la ciudadanía es un proceso de construcción social, las personas de una sociedad requieren ser formadas como ciudadanos. Existen ciertas condiciones mínimas que deben ser garantizadas legal e institucionalmente por el Estado. La participación es consustancial a la ciudadanía en un contexto donde el concepto de participación, propio en un momento del discurso comunitario, se popularizó en el discurso político.

La participación ciudadana se relaciona con el concepto de poder y su ejercicio por parte de diferentes actores sociales en espacios creados para la interacción entre los ciudadanos y las autoridades locales. Ahora bien, para llegar a ser ciudadano activo en la comunidad debemos estar motivados, formados y gozar de oportunidades para ello. En nuestro país no existen espacios reales donde se permita esa interacción ciudadano/gobernantes.

Entonces, podemos analizar la ciudadanía y sus posibilidades en dos niveles: por un lado, el reconocimiento de una serie de deberes y derechos de cada uno de los individuos de una sociedad, como ciudadanos. Por el otro, las dificultades de orden cultural, legislativo e institucional con que tales deberes, pero sobre todo tales derechos, pueden ser exigidos por parte de los ciudadanos.

Siguiendo a Fernández (1999), existe una distinción formal en lo que se entiende por ejercicio de la ciudadanía;  entre un ejercicio pasivo y un ejercicio activo.

a) Ejercicio de la ciudadanía pasivo: estaría restringido a un estatus a nivel individual, definido jurídicamente. Estaría centrado especialmente en la idea de derechos, los cuales preexisten con independencia de la voluntad del sujeto.

b) Ejercicio de la ciudadanía activo: incorpora a la idea de derechos la de deberes y, además de ser un estatus sería una práctica, refleja de cierto modo voluntad y conciencia, por parte del sujeto. Va más allá del individuo, aludiendo a la idea de comunidad o colectivo. Además, va más allá de lo jurídico, incorporando aspectos como lo político y lo cultural.

Tal como ocurre con otros temas tomados en este texto, es común encontrar políticas que anuncian la promoción de la ciudadanía, pero que no llegan a definir qué se está entendiendo por ésta ni como serán medidos los avances en términos de resultados a corto y mediano plazo e impactos a largo plazo.

Partimos de una visión activa del concepto de ciudadanía, no se trata solamente de reivindicar unos derechos sociales, se trata de opinar, de influir, de actuar, de exigir, de organizarnos alrededor de esos derechos.

Fortalecimiento

La Psicología Social-Comunitaria… no intenta ser cualquier psicología, sino una comprometida con las transformaciones de las situaciones de injusticia y subordinación política y con el apoyo y solidaridad con los sectores poco favorecidos de la sociedad...”  8

Estamos acostumbrados a escuchar la palabra empowerment para definir un modelo que busca promover una alternativa de redistribución de recursos y mayor participación de los sectores desfavorecidos. Rappapport (1981), entre otros, sugirió este término para explicar un proceso que permita desarrollar y facilitar a las personas mayor control sobre sus vidas. Al momento de traducirlo, nos encontramos con dificultades tanto etimológicas, psicológicas como filosóficas, con limitaciones que fueron surgiendo al enfrentar tanto escenarios y culturas distintas como su tendencia a lo individual y su concepto del poder entendido como posesión.

Al decir de Vasquez Rivera, debemos estar permanentemente alertas para poder distinguir cómo nos estamos relacionando con las ideas y conceptos que extraemos de otros contextos culturales y para evaluar el impacto de trasplantarlo a nuestras formulaciones sobre la realidad latinoamericana.

Podemos comprender el fortalecimiento dándole una vuelta de tuerca a las debilidades convirtiéndolas en fortalezas. Usualmente, una autoimagen de invisibles y sin recursos contribuye a ser reaccionarios y no activos al enfrentar las propuestas del Estado para transformar la realidad.

Al articularnos con otros, los mecanismos necesarios para la toma de decisiones, la organización y las acciones que podemos realizar desde las comunidades son menos jerárquicas y más accesibles que en el Estado. Las formas de resistencia de la comunidad pueden mantenerse fuera de los ojos del Estado, mientras él está expuesto. Muchas veces observamos que las formas de vigilancia y control por parte del mismo son eludidas constantemente por la creatividad y espontaneidad de las comunidades y las personas.

Esto, al mismo tiempo nos permite a nosotros mismos fortalecer creencias y valores, empezando por no imponer los propios, aprendiendo nuevas formas de construir la realidad de las personas con las que trabajamos, respetando la diversidad y retando un modelo de relaciones de poder que muchas veces nos convierte en responsables, por tanto controladores, de las relaciones que se establecen en nuestras intervenciones.

Buscamos un cambio fundamental en la manera en que las personas se relacionan con sus recursos, sus necesidades, sus resistencias y su participación, de un modo multidireccional y horizontal, partiendo de la idea de que no podemos fortalecer a otras personas sino que nos fortalecemos unos a otras en las redes de relaciones que establecemos.

Reconocer la potencialidad del otro, reivindicar la necesidad de la interacción como mecanismo de acción (aun cuando esa acción no sea la que nosotros esperamos), la intervención como modalidad de articulación; todo esto se basa en la potencialidad de la identidad, la tuya y la mía, y estas posibilidades de acción deben estar garantizadas y manifestadas en el compromiso de las instituciones públicas en su realización y desarrollo.

Inclusión/exclusion

En un mundo de construcciones de discursos y lenguajes hay palabras como solidaridad, bienestar, igualdad y palabras como pobreza, discriminación, marginación, exclusión que nos movilizan multitud de sentimientos y nos convocan a la movilización. Situaciones y contextos en los que resulta difícil ser indiferentes, en los debemos agudizar nuestros mecanismos para definir con precisión y sacar a la luz lo que se pretende esconder.

La exclusión no debe describirse sólo mediante la insuficiencia o falta de recursos materiales; se trata de llegar a algo más profundo y estructural: la posición en la que las aspiraciones legítimas de todo individuo por tratar de lograr el fortalecimiento del desarrollo personal se establece por medio de leyes que se escapan a su decisión, los procesos de violencia oculta producida por el veredicto del poder económico, de las contradicciones que se producen en el mercado de trabajo, en la limitación de las movilidades geográficas, las estigmatizaciones, etc.

En el desarrollo de las potencialidades de las personas, siguiendo a Bourdieu (1997) se combinan el capital económico entendido como los recursos materiales con los que se cuenta; el capital social, como conjunto de recursos potenciales ligado a una red de relaciones institucionalizadas; un capital cultural desarrollado a través de los aprendizajes educativos, en el que se sitúan elementos socializadores, de capacitación y comparación social y de control. Y, por último, un capital simbólico en el que el ámbito de los medios materiales se proyectan y crean una configuración de cómo nos reconocemos nosotros mismos.

Analizamos el proceso inclusión/exclusión a partir de la relación de los sujetos con los contextos en donde se muestran; el cual se manifiesta a través de una doble direccionalidad: una situación de necesidad social es vivida individualmente pero sólo se explica socialmente, y al mismo tiempo, una situación social de desigualdad muestra una situación colectiva pero necesita conocer como se vive para mostrar la comprensión de lo que ocurre. (Bueno, 2002)

Cuando se niega a la persona la posibilidad de subjetivación se rompen sus lazos y posibilidades de inserción. Intervenir sobre los discursos producidos implica la posibilidad de construir espacios de realidad, de compartir lugares donde se muestra, aparece y produce la interacción, a partir de programas y procesos que juegan el rol simbólico de la visibilidad de la presencia y, por tanto, la contradicción social.

La vulnerabilidad se manifiesta no sólo en lo económico, sino en los ámbitos de la salud, educación, justicia, situación familiar, de la evolución personal, esto es, en el desarrollo social para ser persona. Observamos continuamente que la impunidad frente al excluido deriva en una violencia que ni siquiera necesita legitimarse con razones o justificaciones. Se trata de subyugaciones totales a un poder total. La violencia física, la desprotección  se conjugan con la violencia simbólica, muchas veces a través de la internalización de la culpa.

Las posibilidades de escabullirse por los intersticios de este difícil camino están no solo asociadas a variables personales sino sobre todo a la pertenencia o interacción con redes de solidaridad. La estrategia de recurrir a redes no garantiza ex profeso su inclusión en un sistema, pero su funcionamiento se explicita como otra modalidad de interacción,  que tiende a producir una inclusión incipiente.

Consideramos importante en este análisis tener en cuenta que el llamado “excluido” siempre está en redes de inclusión, en sub-culturas de pares o con parte de los “integrados”. El punto es ver como dinámicamente tienden a reforzarse esos puentes (que unen lo que esta separado) o se desarrollan muros (que separan lo que podría estar unido) (Casaravilla, 1999).

Del mismo modo, evitar caer en la trampa de la simplificación teórica que lleva a pensar en un único adentro y afuera. La realidad de la exclusión pensada como proceso es variable y múltiple, definiéndose como pluridimensional. Los adentros y afueras se determinan por múltiples procesos, asociados al empleo, la atribución de normalidad/anormalidad, la distribución de territorios y recursos, las formas establecidas para el control y la  participación, etc. Se trata de reconocer la naturaleza compleja e históricamente inscrita de procesos que afectan de distinta manera y grado a sujetos y grupos que por extensión son denominados excluidos.

Existen procesos de exclusión social, cuando un conjunto de mecanismos enraizados en las estructuras de la sociedad, provoca que determinadas personas y grupos sean rechazados sistemáticamente de la participación en la cultura, la economía, y la política dominantes, en esa sociedad en un momento histórico determinado. (Casaravilla, 1999)

En los procesos de exclusión social se mezclan e interconectan conceptos tales como pobreza, precarización, desocupación, estigma, producción social de carreras transgresoras (delincuencia, drogas, etc.), apartamiento legal-institucional, auto-exclusión y diferenciación interna. Todo lo cual implica la necesidad de promover acciones comunitarias que se orienten no sólo a la inclusión con un afuera sino también la integración interna, esto a partir de la participación comunitaria, la multiplicación de alternativas de vida y la tolerancia hacia la diferencia. Una política dirigida a la inclusión debe en cada caso partir de un diagnóstico adecuado, que desenredando la madeja, identifique los ejes claves de segregación y las posibilidades de transformación práctica.

Identidad barrial

Según Soja (1971), la territorialidad tiene tres elementos: el sentido de la identidad espacial, el sentido de la exclusividad y la compartimentación de la interacción humana en el espacio. Entendido de esta manera, la territorialidad posibilita no sólo un sentimiento de pertenencia a una porción particular de tierra sobre el que se tienen derechos exclusivos, sino un modo de comportamiento en el interior de esa entidad.

La territorialidad es construida socialmente, es un componente necesario de toda relación de poder que, en definitiva, participa en la creación y mantenimiento del orden social, así como en la producción del contexto espacial a través del que experimentamos el mundo, legal y simbólicamente.

Los barrios, más que una división física o administrativa de las ciudades, son una formación histórica y cultural; más que un espacio de residencia, consumo y reproducción de fuerza de trabajo, son un escenario de sociabilidad y de experiencias asociativas y de lucha. Nos muestran la forma como sus habitantes, al construir su hábitat, se apropian, decantan, recrean y contribuyen a construir estructura, cultura y políticas urbanas.

Podemos definir la identidad colectiva de una agrupación social como el conjunto de semejanzas y diferencias que limita la construcción simbólica de un nosotros frente a un ellos (De La Peña 1994). En el centro de todo proceso de producción de sentido se encuentra la construcción de una identidad colectiva; la cual se forma referenciada a un universo simbólico; la cultura interiorizada en los individuos como un conjunto de representaciones socialmente compartidas, entendidas estas como una forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido orientado hacia la práctica, que contribuye a la construcción de una realidad común por parte de un conjunto social (Jiménez 1997).

Con el surgimiento de tomas de tierras para construir viviendas se acuña la expresión barrios periféricos para referirse a espacios donde existen viviendas muy precarias que en su mayoría no cuentan con servicios básicos, con frecuencia habitadas por personas que emigraron de comunidades rurales procurando hallar mejores condiciones de vida en la ciudad.

Los barrios periféricos son el lugar geográfico pero sobre todo simbólico en donde la sociedad desecha aquello que no quiere reconocer como suyo.

Un grupo, al apropiarse de un territorio, no sólo reivindica el control de los recursos que allí se localizan sino, también, las potencias invisibles que lo componen. Esto se hace evidente en los asentamientos construidos por sus propios pobladores: teniendo como trasfondo contradicciones estructurales profundas (marcadas por la desigualdad social y la crisis urbana), la conquista común de un terreno donde construir sus viviendas y la búsqueda de  infraestructura de servicios para habitarlo dignamente. Sus integrantes, muchas veces sin conocerse, van compartiendo experiencias de vida y de lucha comunes, los une en primera instancia las necesidades básicas insatisfechas, luego serán otras luchas.

Un asentamiento se convertirá en barrio en la medida en que sea escenario y contenido de la experiencia compartida de sus pobladores, que les permita identificar necesidades comunes, de elaborarlas como intereses colectivos y desplegar acciones conjuntas (organizadas o no) para su resolución. Formando un tejido social y un universo simbólico que les permite irse reconociendo como “vecinos” y relacionarse distintivamente con otros. Construyendo su barrio, sus habitantes construyen su propia identidad. De esta manera, la identidad barrial no se agota en lo territorial; es ante todo, un referente simbólico.

Así, el barrio popular como construcción colectiva, teje una trama de relaciones comunitarias que identifica a un número de habitantes venidos de muchos lugares y con historias familiares diversas, construyendo un nuevo “nosotros” en torno al nuevo espacio y la historia compartidos.

A pesar de esto, entendemos que los barrios no deben ser considerados comunidades homogéneas ni unitarias. No constituyen un universo cerrado, ni son ajenos al conjunto de procesos que afectan la vida de la ciudad y de la sociedad: son escenarios donde se expresan y emergen diferencias de diversa índole. En muchísimas ocasiones, las diferenciaciones topográficas (la parte alta y baja, los de adentro y los de afuera) o la construcción de una obra pública (canal, cordón cuneta, asfalto) generan diferencias en el uso del suelo y en su valorización, diferenciando sectores dentro de un mismo barrio. Del mismo modo, podemos observar diferencias en cuanto a partidos políticos, religiones, etc., que muchas veces dividen a los vecinos, cuando aparece la posibilidad de que sus casas puedan ser “legitimadas” cuando otras de la misma zona no; o cuando un puntero político ofrece los servicios del candidato del momento para la puesta de cloacas o gas.

Si bien las historias recogidas a los largo de los procesos de intervención de la residencia de psicología comunitaria en los barrios periféricos de la ciudad son heterogéneos, muestran algunos puntos en común. De hecho, cada barrio cambia su composición con mayor o menor velocidad, pero de manera continua, como resultado de hogares que se van y otros que llegan, de unidades económicas que desaparecen y nuevos emprendimientos; de modo que, en cada período, la fotografía de cualquier barrio con cierta antigüedad revelaría residuos de distintas etapas de su conformación, huellas de distintas formar de ordenar y ocupar el territorio, de los tipos de familia que prevalecieron, de actividades económicas particulares, así como de sucesivas configuraciones de estructuras sociales que dominaron y dieron el tono a la sociabilidad de su tiempo.

El espacio es donde los discursos de poder y conocimiento son transformados en relaciones reales de poder. Lefebvre identifica tres dimensiones de espacio. Una es la representación del espacio por profesionales de la ingeniería y la arquitectura en términos de, por ejemplo, edificios o calles, usualmente producidas por el Estado. La segunda incluye las imágenes que se producen a propósito del espacio, el cual es más sentido que pensado. La tercera dimensión es la de las prácticas espaciales, es decir, las rutas y redes de la vida cotidiana. Cuando el espacio adquiere significados se convierte en un lugar.

Existen espacios donde el contraste de clases económicas es demasiado evidente. Por ejemplo, en el Oeste de la capital se pueden observar los countrys, con una modalidad de condominios cerrados, y un estilo arquitectónico defensivo que lo apuntala, y a su izquierda, valla de por medio, los barrios, asentamientos y villas. Divididos por este alambrado de más de 1 km,  los habitantes de los barrios de clase media y alta se protegieron de aquellos que son diferentes, en la mayoría de las veces considerados delincuentes, drogadictos, etc., en fin, los excluidos del sistema. Lo que resulta también significativo, es que ese alambrado también los separa de la casa de gobierno de la provincia: del Estado.

La presencia de barreras de acceso es un signo claro y fácilmente visible de las fronteras que separan dos mundos. Spurr (1994) sostiene que el origen de la ansiedad que producen estas comunidades es que al tiempo que se les rechaza, se les requiere, pues qué sería del poder sin un objeto sobre el cual ejercerse.

La historia del barrio, muestra avances y retrocesos según la memoria oral de sus pobladores. Las personas de mayor edad perciben más enfáticamente una transformación radical en los últimos años. Se identifica un pasado que incluiría solidaridad vecinal, valores tradicionales, vida familiar, homogeneidad, mayor “orden” y respeto a los mayores, tranquilidad en la vida cotidiana, vida con las puertas abiertas (literalmente) hacia la sociabilidad vecinal. A ese pasado algo idealizado, se opone un presente caracterizado a través de representaciones que sugieren desintegración, intolerancia, delincuencia cotidiana, auto-encierro y temor, limitación de la vida pública, y la sociabilidad vecinal. Estos modos de ver y comprender la vida social en el barrio guardan relaciones complejas con la trama real de la vida cotidiana adentro y afuera del barrio.

Muchas veces, percibidos sobre la base de un conjunto de categorías, que constituyen una construcción externa de una identidad social determinada, desde afuera, se los diferencia negativamente con la denominación de “villeros”, propensos a la delincuencia y al consumo o comercialización de drogas. Este imaginario estigmatizante produce sentimientos encontrados entre quienes lo padecen. Por un lado, expresan un profundo sentimiento de vergüenza, resultado de la internalización del discurso externo que los rechaza. En otros casos se culpa a elementos externos al barrio por las prácticas transgresoras.

Sea como fuere, cuando se acepta el discurso externo, este es localizado en el pasado, o bien afuera (en villeros o transgresores externos) o está adentro pero en un “otro” del que no se es parte. Muchas veces, esto lleva a los integrantes del barrio a cambiar el nombre de éste, con la convicción que un cambio simbólico producirá un cambio real.

Muchos hogares deben soportar, involuntariamente, una cotidianeidad marcada por la ineficiencia normativa, el desorden social y las amenazas a la seguridad física de los miembros de las familias. En ellos vemos que el desarrollo o la adhesión relativa a una posible reacción transformadora esta limitada por la estigmatización que sufren, el miedo a la detención y en especial la heterogeneidad y falta de integración. Es frecuente encontrar el desaliento y el fatalismo como expresión de la imposibilidad de resolver las contradicciones estructurales a que están sometidos por vías legítimas o ilegítimas. Sin embargo, también debemos tener en cuenta el potencial que puede derivarse de algunas reacciones críticas por parte de la comunidad.  Estas tienen oportunidades de afirmarse colectivamente si trascienden su carácter de micro-resistencia ocasional, coordinándose en un movimiento de mayor alcance, como acciones comunitarias, organizadas y orientadas a la transformación de las condiciones que producen segregación y explotación.

Interdisciplinariedad

El trabajo cotidiano de los servicios de salud se primer nivel de atención nos enfrenta permanentemente a la complejidad, en tanto que implica cuestiones que en muchos casos superan los marcos de conocimiento de cada campo de saber que se conforman en los equipos de trabajo.

La formación del recurso humano en el ámbito de salud requiere de propuestas en donde se conjuguen acciones en contextos reales. Se hace evidente entonces, apelar a la interdisciplina cuando los problemas a abordar son tan complejos como los que se presentan en el campo sanitario. Pero, ¿realmente es evidente? ¿Para quién? Observamos, por un lado, continuamente un desinterés por parte de los representantes del Estado para todo lo que no sea a corto plazo; necesitan soluciones paliativas, sin importar sus consecuencias; y el trabajo interdisciplinario e intersectorial no podrá satisfacer esa demanda.

Y no lo hace por diversas razones. La interdisciplina necesita de un diálogo permanente,  de acuerdos, de negociaciones y de la suspensión de saberes propios en pos de un saber común. Implica reconocer y superar las limitaciones metodológicas de cada una de las disciplinas y expandir las fronteras establecidas. Por otro lado, vivimos en una época en que saber significa poder, donde la posesión más o menos exclusiva de una porción significativa de ese saber-poder es condición de rédito personal y profesional.

De esta manera la interdisciplina se convierte muchas veces en un espacio de conflicto, que aporta una mirada compleja del campo en la que los espacios de poder ejercidos clásicamente desde las disciplinas hegemónicas son necesariamente modificados, ya que la instalación del enfoque interdisciplinario cuestiona las formaciones académicas y profesionales, obligando a su revisión e interpelando las pugnas corporativas. La interdisciplina es (o debería ser) el  producto de un trabajo que supera los bordes y traspasa los límites disciplinarios.

Estamos muy lejos de trabajar de una manera interdisciplinaria, lo cual plantea importantes desafíos a las prácticas profesionales y, por lo tanto, a la formación de los recursos humanos; una formación que reconozca en el otro un saber que aporta y enriquece tanto como el nuestro; fundamentalmente de aquellos que operan en el primer nivel de atención, en estrecho contacto con los espacios donde se desarrolla la vida cotidiana de las personas.

Para que sea posible un trabajo interdisciplinario es necesario que haya un espacio de consenso, de acuerdos en torno a determinados principios; una concepción de salud integral, un posicionamiento ético-ideológico que enmarque las acciones en una perspectiva de derechos humanos en general y especialmente de equidad, una actitud de respeto hacia las personas y comunidades y una ubicación del saber disciplinario en un contexto de diálogo con otros saberes, no solo universitarios, sino también los que se producen y se trasmiten en las comunidades.

Mientras esto no sea posible, seguiremos remando contra la corriente, pensando en propuestas que incluyan la interdisciplinariedad como condición de posibilidad para que se lleven a cabo y que queden truncadas o a medias por esa misma necesidad. El concepto de interdisciplina se encuentra en casi todos sino todos los documentos y programas ministeriales, sin embargo, es desmentido constantemente en la práctica cotidiana.

Es necesario desnaturalizar, problematizar, poner en el tapete este tema de manera urgente, porque muy a menudo decimos que trabajamos de manera interdisciplinaria cuando en realidad lo que hacemos es trabajar en compartimentos, desde nuestro saber, nuestro espacio disciplinar, de manera sumativa, disgregando a la persona en su aspecto físico, mental, etc. Otro aspecto que dificulta este tipo de práctica es que para que se lleve a cabo se necesita, como dijimos mas arriba, de consensos, de negociaciones, de equipos, y para ello es un imperativo que exista continuidad que posibilite la formación de lazos estables entre los miembros de los equipos. La modalidad de contratos que se establecen en estos momentos para el recurso humano impide la aparición de un vínculo estable.

Por lo tanto, observamos una fuerte contradicción entre la importancia que le conferimos a la interdisciplina en nuestros discursos y el poco compromiso, político y administrativo de las instituciones responsables con el desarrollo y la ejecución de proyectos que involucran la  interdisciplinariedad.

Podríamos decir que la interdisciplina se trata de personas que enfrentan colectivamente un problema de la realidad, esto requiere tomar distancia (descentrarse) de la propia disciplina para preocuparse por el problema desde una perspectiva más general. Es, por consiguiente, una cooperación orgánica que involucra más a personas que a disciplinas, inclusive, puede plantearse que el punto de encuentro es la realidad misma y no las disciplinas.

Siguiendo a Castro (1993), afirmamos que quien pone entre paréntesis su disciplina puede regresar a ella, con el enriquecimiento generado por el trabajo interdisciplinario, y aportar al desarrollo de su campo del saber.

Encontrando nuestro lugar

Ética, valores, posicionamiento ideológico, están en el trasfondo de toda nuestra práctica profesional, aún aquella que pretendamos más aséptica. Tenemos una opinión  en cuanto a las exigencias que impone la realidad social. Como esto es inevitable, tener en cuenta los conflictos éticos que nos genera, es imprescindible para un mayor respeto por el otro.

Desbancar el rol de experto es una tarea inmediata, ya que es muy  fácil que ésta se convierta en una de las relaciones de poder que se establecen entre nosotros y las comunidades. Es necesario deconstruir esta relación constantemente y no solamente superarla (que sería mantenerla en su efecto mínimo), tanto en sus acciones como en sus efectos y formaciones discursivas (Vásquez Rivera).

Si logramos la construcción del saber desde la PC, no como el saber sino como otro saber, la relación de poder cede en sus acciones (dejamos de actuar como si  tuviéramos la solución de sus problemas), sus efectos de poder (las personas y las comunidades quiebran su percepción de desamparo) y sus formaciones discursivas (ni las comunidades ni nosotros seguiremos reproduciendo y produciendo explicaciones y descripciones que mantengan las relaciones de poder existentes).

Debemos permanentemente permitirnos conceptualizar, sistematizar, reenfocar, aprehender y desaprender. No se trata de retornar ni comenzar, sino de continuar; es un ir siendo, un caminar aprendiendo junto con otros y de otros.

En muchos procesos comunitarios, la responsabilidad recae aún sobre los profesionales que intervienen, pues su tarea es la de colmar una necesidad, solucionar un problema. Por tanto, se busca esa falta, déficit o necesidad para eliminarla. Durante mucho tiempo, aquellos que como técnicos detentan el conocimiento, trabajaron con la convicción que se sabe lo que pasa y se tiene las respuestas, internándose en la dinámica comunitaria buscando transformar al otro, cambiar la realidad y solucionar el problema.

Cargamos con preconceptos que no encajan en innumerables situaciones de la vida diaria. Hablamos más que escuchar, y sin duda, muchas personas quedan fascinadas con nuestras voces y hasta asumen que describen mejor su realidad que lo que ellas pueden hacerlo (Vásquez Rivera). A veces pensamos nuestras respuestas son más acertadas de las que las comunidades puedan darse a sí mismas. Así, en el proceso se ignora la habilidad que las personas desarrollaron antes de nuestras intervenciones y desarrollarán después de ellas.

Como sugiere Serrano-García (1990) es necesario que pongamos nuestros valores a trabajar porque los mismos estarán ahí de todas formas. Nuestra mejor respuesta será la de poner nuestras contradicciones a trabajar, reconociendo los valores y creencias, limites y posibilidades que se articulan en cada uno de los procesos que llevamos a cabo con otras personas.

De lo que se trata es de compartir estrategias que nos permitan transformar las relaciones de poder, posibilitando la interacción que construimos con las personas con las que interactuamos en relaciones que van más allá de las intervenciones.

Nuestra función consiste en mirar el proceso social como un sistema; teniendo en cuenta a la persona, los grupos, las comunidades y las instituciones, todas conformadas por sujetos y todas conformadoras de sujetos.

Como diría Zuñiga (1992): hay que hacer una lectura del movimiento, mejor aún, una lectura en movimiento. Debemos ir sobre nuestras prácticas y teorías cotidianas y pensar la práctica, sentirla, evitando de esta manera congelar lo que intentamos comprender; desarrollando nuestras capacidades, tanto intelectuales como afectivas, para pensar y sentir la práctica en la complejidad de la dinámica social.

La concepción de participación, fortalecimiento, ciudadanía y organización comunitaria sólo es posible desde enfoques que consideren a las comunidades activas, que interpreten, den significado y transformen su realidad desde sus propios contextos de vida, desde sus propias vivencias. Reconocer que el otro, en la comunidad, es poseedor del saber, del conocer que construye cotidianamente, es un camino para renunciar a una intervención hegemónica produciendo articulaciones donde el aprendizaje es para todos y la concientización es considerada bidireccional.

Metodología utilizada

Los hallazgos de la investigación social deben ser deconstruidos de manera permanente y, en ese sentido, el psicólogo social es un constructor de obras efímeras

La relación entre teoría, práctica y realidad es mucho más compleja y menos inocente de lo que suponemos.

El trabajo en la comunidad no puede traducirse en operacionalizaciones rígidas o suponer que existe un control total de la realidad social. En cada instante, debemos generar nuevas posibilidades, cuestionar lo que se presenta como incuestionable, posibilitando abrir el debate sobre los esquemas establecidos, creando alternativas de acción y nuevas miradas sobre las relaciones sociales.

Los que intervenimos formamos parte del mundo que estudiamos, lo cual supone que sólo lo podemos entender en un contexto determinado. Este último alude al conocimiento común de los actores que participan en ese equipo comunitario, que trabaja con un objetivo común: encontrar las soluciones más adecuadas para un problema que se consideró como prioritario (cloacas, titularización de terrenos, conformación de un centro vecinal, agua potable, desmalezamiento de canales, creación de espacios de recreación, violencia, drogadicción, fortalecimiento institucional, etc.).

Esto se relaciona con el campo de la cultura, y en este sentido la cultura, el modo en que las personas llegan a entender las cosas de la misma forma y en los mismos términos que los otros, es conocimiento compartido, y el contexto, discursos conjuntos (Edwards y Mercer, 1988).

No se puede pasar por alto o dar por sentada nuestra relación con la población con la que trabajamos; el que pretende obviarlo en busca de una objetivación, perderá la oportunidad de articularse con otros, compartir el conocimiento de lo que acontece en ese espacio, corriendo el riesgo de generalizar dicha relación, convirtiéndola en la única y correcta manera de hacer las cosas.

La concepción actual de la investigación cualitativa no sólo exige superar la lógica binaria distorsionante (micro/macro, sujeto/objeto interior/exterior, sentido común/teoría, cualitativo/cuantitativo, etcétera) del modernismo, y adoptar el carácter abierto, impreciso, flexible y polisémico de los significados sociales; sino incorporar una visión a la vez local, parcial y fragmentaria, pero también contextual, interconectada y globalizante en una lógica radicalmente transdisciplinaria (Jiménez 1998).

La metodología que utilizamos permite una forma de hacer y de relacionarse diferente, que nos posiciona en otro lugar; posibilitando un encuentro con otros, en un determinado territorio con problemas y necesidades reales de personas involucradas que necesita de soluciones reales y posibilitadoras de transformaciones estructurales.

Si bien la PC no está asociada con una metodología particular, la mayoría de los trabajos realizados desde este ámbito utilizan los métodos cualitativos para explicar lo acontecido en el trabajo con las comunidades. Y esto se debe a que se ajusta a la coherencia de las articulaciones que se producen, a su objeto de estudio y lugar de trabajo, el cual se caracteriza por la cercanía de la vida cotidiana, la multiplicidad de perspectivas, la toma de posición y la comprensión en términos de proceso.

Los métodos cualitativos permiten atender a los significados intersubjetivos, situados y construidos que se dan en la interacción humana, obviando, así, todo intento de buscar hechos objetivos o leyes que los expliquen (Doménech & Ibáñez 1998)

Siguiendo a Fernández Droguett, somos conscientes de que las metodologías cualitativas de investigación no son un ámbito homogéneo. La propia investigación es una práctica interpretativa, es el estudio interpretativo de un problema determinado en el que el investigador es responsable en la producción del sentido (Jiménez-Domínguez 2000). Es un encuentro de verdades parciales de un contexto social determinado, es la posibilidad de su lectura e interpretación; teniendo en cuenta que el hecho de conocer también es una interpretación, aunque muchas veces esta interpretación produzca efectos de verdad. La posibilidad de reconocer esta posición en la que nos encontramos en terreno, analizar nuestros límites y verdades parciales, nos permite luchar contra certezas pre establecidas, abriéndonos al cuestionamiento y desafiando lo dado como “normal” o “adecuado” a partir de parámetros unilaterales, promoviendo el diálogo.

Tal como plantea Ibáñez (1994), esto implica asumir el relativismo como forma de acercarse a los fenómenos de la realidad social, pero no un relativismo neutral, sino un relativismo comprometido, es decir, asume los criterios que fundamentan su mirada.

La metodología cualitativa tiene otra ventaja, no debemos mostrar la “realidad misma”, para que sea tenida en cuenta; esto posibilita que las interpretaciones se conviertan en ejes de la investigación, alejándonos de una concepción de la investigación como objetiva y neutral, en tercera persona, donde el objeto de estudio se encuentra “de manera pura” y el agente externo sin influencia alguna de dicho objeto, donde los resultados son absolutos, objetivos y universales.

En la medida que entendemos cada una de nuestras IC como una construcción de discursos que propone una determinada interpretación de la realidad en donde estamos desarrollando nuestras prácticas, nos vemos obligados a hacernos responsables de dicha construcción.

La metodología no debe seguir siendo una especialidad separada que aísla método y objeto y reduce la construcción teórica a una rutinaria manipulación técnica de observaciones empíricas. Hay que asumir la complejidad social en forma equivalente y saber que el análisis empírico no puede sustituir la reflexión crítica y el análisis teórico. El investigador cualitativo está implicado en la vida social y por eso debe asumir su rol como crítico cultural (Fernández Droguett, 2006).

Salida como parte del proceso

No sabemos reconciliarnos con el orden del mundo así como funciona, es más urgente que nunca, sin la certeza de lograrlo, tratar de cambiarlo antes de que nos aplaste” (Bensaid 2001).

La salida la entendemos como uno de los tiempos metodológicos del proceso. Supone la responsabilidad frente a la intervención en el sentido de que no somos nosotros los que cerramos el proceso comunitario, pero sí somos nosotros los que, a veces, nos retiramos del mismo. De ser así, es fundamental planificar este momento, anticipándolo ante la comunidad .

Ingresamos en relaciones de confianza y muy probablemente nuestra partida desate y genere múltiples movimientos. En muchas ocasiones, pueden ser aperturas a nuevas fases del proyecto, empujes a mayores campos de autonomía, etc. Esta salida no debería ocurrir aleatoriamente, sino responder a un tiempo particular del proceso. La evaluación no es un fin en sí misma, sino un instrumento para la toma de decisiones. Hablamos de evaluación de proceso y de resultados que lo lleva a cabo el equipo comunitario.

Evaluar conjuntamente el tiempo compartido, lo que fue posible y aquello que hizo obstáculo, es un camino. La metodología debe ser acorde a la manera en la que la intervención se fue desplegando, no es tiempo para imponer ideas de lo “debe seguir siendo”, pero si para explicitar posiciones, perspectivas de futuro en especial quiénes van a sostener el camino a seguir.

Debemos tener en claro que el objetivo de la IC es la construcción de un proceso político, de toma de poder por parte de la población y organización de la comunidad, que va más allá de cubrir exclusivamente las necesidades mediante proyectos y actividades. Si no existe visión de proceso, el cual se traduce en organización de la ciudadanía, los proyectos finalizarán cuando se terminen los recursos o cuando nos vayamos.

La sistematización como modalidad de indagación busca reconstruir, documentar e interpretar las experiencias, favoreciendo la comprensión de los fundamentos implícitos o explícitos que sustentan las prácticas, privilegiando los saberes y el punto de vista de los participantes que las desarrollan.

En este camino que comenzamos a transitar, es difícil constatar los alcances en relación a un cambio social a largo plazo. Pero este es un buen motivo para sistematizar los aprendizajes obtenidos a partir de las prácticas, apostando porque las metodologías comunitarias son las mas adecuadas para una trasformación en busca la equidad y justicia social, la inclusión de sectores mas desprotegidos. Obligándonos a pensar y replantear nuestras prácticas permanentemente.

Habrá que tener en cuenta cómo se modifica el contexto que condiciona y determina la inequidad en los barrios y villas de nuestra Provincia y Nación, los grados de modificación de las posiciones de todos los ciudadanos, tendremos que encontrar la mejor manera de comprobar si algunas relaciones de poder se van alterando, si los que fueron “la voz” de los que no se les permite expresarse abren esos espacios, otorgándoles a quien le corresponde su propia voz. En los procesos comunitarios necesitamos revisar si las personas se sintieron más creativas, escuchadas, respetadas, ciudadanos; si se mejoraron sus vínculos, su posición en las relaciones sociales locales.
Si seguimos pensando que lo cuantitativo es lo más efectivo para medir los progresos, los éxitos, los avances, desaciertos, etc.,  perderemos en gran medida la posibilidad de transitar junto a otros este espacio de posibilidades, encuentros, allí donde los números no llegan a explicar lo que acontece.

Todo esto sin perder de vista al momento de trabajar con equipos comunitarios que tratamos con personas, y no con algo abstracto y homogéneo, con posibilidades de generalizaciones y objetivaciones. Se trata de algo más que números y datos externos, fríos, cuantificables y medibles.

A modo de conclusión

Pese a los dilemas, las dificultades y los tropiezos, se trata de un esfuerzo que debe ser autocrítico y dialógico, como una contribución a los procesos de nuestros pueblos, en esos intentos, a ratos tercos, de sostener la esperanza”. 10

Como un modo particular de acción, la PC se constituye en una oferta que busca dar respuesta a los problemas sociales actuales. Es desde allí que nos formulamos preguntas: ¿cuál es el lugar del PC en la realidad social actual y en el escenario particular de la psicología? ¿Qué necesidades están planteadas? ¿Qué demandas se van construyendo? ¿Cómo lograr que las acciones conduzcan a un lugar donde cada vez más accedan al “poder hacer” simbólica y económicamente hablando? ¿Cómo hacer para que más ciudadanos accedamos a las posibilidades de hacer y decidir sobre lo que nos acontece?

El contexto social en el que convivimos, producto de la aplicación de un modelo neoliberal que trasciende lo estrictamente económico para filtrarse en la cotidianeidad de las relaciones interpersonales y de la subjetividad, generó nuevos fenómenos de exclusión y debilitamiento en las redes sociales. ¿Cómo intervenir en los procesos de búsqueda de sentido de una comunidad que asiste la caída de instituciones como el trabajo, los sindicatos, la familia nuclear, las tradicionales formas de participación?

Fluctuamos por momentos entre distintas posiciones. Por un lado, sentimos que vamos a contramano de las tendencias dominantes: promoción de la participación/programas verticalistas; fortalecimiento de las redes sociales/fragilidad laboral; construcción de proyectos comunitarios/asistencialismo; evaluaciones unilaterales y cuantitativas/elaboraciones participativas.

¿Cuál es el impacto del contexto social actual en nuestro trabajo diario y en nosotros mismos como trabajadores? Observamos transformaciones importantes que van desde el agotamiento de las formas tradicionales de intervención, hasta la apertura incipiente de nuevos espacios y modalidades de trabajo. Nosotros mismos como sujetos sociales, estamos afectados por esta realidad, y el riesgo de la desafiliación social nos compromete.

Poner en juego nuestra implicación, ser capaces de articular espacios de reflexión y análisis, apostar a la producción inserta en una praxis transformadora, asumir los desafíos y alimentar la esperanza, parece seguir siendo caminos que valen la pena recorrer.

El proceso de inserción comunitaria debe estar conformado bajo el principio ético del reconocimiento del otro. Todo cambio social sólo será posible mientras sea llevado a cabo con las comunidades, por las comunidades y desde las comunidades.

Este posicionamiento no debe conducir a una hegemonía absoluta, sino que debe anclarse en una perspectiva dialógica que busca las diversas miradas de los actores sociales para sumarlas con la propia mirada, no tanto para producir un consenso sino, más bien, para establecer los campos de sentido que definen y tensionan la realidad en la que trabajamos.

Si bien estas reflexiones no intentan obtener certezas, es una invitación a reflexionar sobre nuestro quehacer; considerando que la sistematización es un punto crucial para repensar nuestras prácticas. Los espacios que posibilitan transmitir las experiencias realizadas mantienen y promueven la discusión sobre lo que se va construyendo como disciplina y sus implicancias en nuestras actividades cotidianas.

Lo importante es que en nuestro camino de aprender no estamos solos, y que estos encuentros posibilitan volver desde la práctica y dar cuentas de nuestro quehacer, aprender de los otros e intercambiar experiencias, fortalecer nuestras redes, mejorar nuestras intervenciones y posibilitar un trabajo comunitario dentro de nuestro país y junto con las comunidades, sin la influencia de modelos y contextos ajenos a nuestra realidad latinoamericana y argentina.

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1 Nietzsche, F aforismos y otros escritos filosóficos. Ed. Libertador. 2003
2 Le Blanc, G Vidas ordinarias Vidas precarias. Sobre la exclusión social. 
3 Cordero Rodríguez, X, Romero, E Abordaje comunitario y el diálogo de saberes. Experiencias desde la educación superior UBV – SEDE ZULIA 
4 Jaime, V y Ulivarri, P. La salud mental desde la perspectiva comunitaria. Acercamiento y consideraciones. Texto presentado en  Seminario de la Especialidad en Salud Pública. Universidad Nacional de Salta. 2007
5 Montenegro Martínez, M.  Conocimientos, Agentes y Articulaciones: Una mirada situada a la Intervención Social. Barcelona. 2001
6 Nietzsche, Friedrich. Fragmentos Póstumos, Lenguaje y Conocimiento
7 Morin, E. La epistemología de la complejidad.
8 Vasquez Rivera. Refortalecimiento: un debate con el empowerment. Puerto Rico. 200
9 Jaime y Ulivarri. Ob Cit
10 Dobles Oropeza. Ob Cit

 


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    Para citar este artículo:
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    Ulivarri, P. (2010, 8 de abril ).La psicología comunitaria como posibilidad de transitar. PsicoPediaHoy, 12(6). Disponible en: http://psicopediahoy.com/psicologia-comunitaria/
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Un Comentario a La psicología comunitaria como posibilidad de transitar

  1. henry granada dice:

    Aunque un tanto anecdótico, el artículo en forma clara y amena introduce y desarrolla temas importantes: rol del psicólogo comunitario; la atención en salud, sus problemas y perspectivas; el papel que se puede proyectar si nos empoderamos como psicólogos comunitarios. Buena reflexión aunque se echa de menos un nivel conceptual más depurado.

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