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Hacia la reconfiguración de la psicología

Publicado: Oct 2, 09 │ Categorías: Artículos1 Comentario
  • Luís Dante Bobadilla Ramírez
    Facultad de Medicina Humana
    Universidad de San Martín de Porres
    Lima, Perú



Se analiza la posibilidad de unificación de la psicología apelando a una revisión histórica de las teorías más paradigmáticas de la psicología del siglo XX. Se concluye la imposibilidad de unificarla y opta por una reconfiguración total de la psicología.

RESUMEN

En los últimos tiempos se ha venido discutiendo la posibilidad de una unificación de la psicología. En este trabajo se hace un análisis de tales posibilidades, apelando a una revisión histórica de las teorías más paradigmáticas de la psicología del siglo XX, para concluir que tal unificación resulta imposible y que el camino más viable, a la luz de los recientes descubrimientos científicos en torno al hombre, es llegar a una reconfiguración total de la psicología, desprendiéndose de todas esas formas idealistas y reduccionistas que la caracterizaron.

El error de validación

En el último tramo del siglo pasado surgieron voces que anunciaban o clamaban por la unificación o integración de “las psicologías”, en referencia a la variedad de teorías y terapias que surgieron a lo largo del siglo XX bajo la etiqueta de psicología. Estas propuestas caen en el error de validar todo lo aparecido durante la historia reciente, otorgándole sin más la categoría de psicología y, por tanto, el derecho a integrarse a un conjunto mayor que sería la psicología integrada. Este es un primer error de inicio ya que se trata de una apertura en exceso generosa. Algo similar ocurrió antes, cuando se fundó la Asociación Americana de Psicología Humanista sin aclarar cuáles eran los requisitos de tal membresía. En palabras de Irving Yalom (1984), uno de sus fundadores, “pronto la carpa del humanismo se vio invadida por toda clase de payasos y malabaristas”.

El segundo error de estas propuestas unificadoras es que no se plantean los mecanismos de esta curiosa integración ni se vislumbran los inesperados resultados. Algunos proponen simplemente una apertura total hacia todos los modelos terapéuticos, pero esto es otro tema, que además ya en los hechos viene ocurriendo como una forma de eclecticismo. El problema que nos plantea la supuesta integración se da en el corpus teórico de la psicología, partiendo desde la fijación consensuada de su real objeto de estudio. En este problema poco es lo que aportan los enfoques terapéuticos, ya que la mayoría de ellos carecen de un sólido sustento teórico, y muchos incluso se limitan a especulaciones filosóficas, mitológicas y espiritualistas generalmente de corte oriental, o argumentan su eficacia en poderes extraños. Algunas formas terapéuticas están convertidas en verdaderas sectas: tienen algún personaje al que veneran como a un dios, poseen sus textos sagrados, memorizan sus dogmas de fe, repiten sus rituales con unción, y no tienen ninguna intención de mezclarse con otros. Si bien estas terapias se han esforzado por contar con una expresión teórica que avale su proceder, generalmente se trata de teorías excéntricas y simplistas, sin mayor sustento científico. En todo caso, carecen de canales de comunicación con las demás ciencias que se ocupan del hombre. Esta vieja costumbre de las escuelas psicológicas ha provocado que la comunidad científica ignore a toda la psicología en su conjunto. Una de las consecuencias ha sido, por ejemplo, que el principal reconocimiento mundial al esfuerzo científico y humanista, el Nóbel, ignore completamente a la psicología.

El campo terapéutico es verdaderamente amplio, abigarrado y confuso, en el que resulta imposible encontrar fundamentos teóricos comunes. Muchas técnicas se basan en la simple fe de sus creyentes y practicantes, siendo completamente secundario el tema de la estructura formal del corpus teórico. A veces se vincula al poder curativo de un personaje que actúa como gurú, quien no duda en cubrirse con explicaciones mágicas acerca de su poder. Y también están implicadas las características tanto de personalidad como de las creencias que manejan aquellos que van en busca de ayuda. De modo que es bastante arriesgado incluso plantear una total apertura a toda especie terapéutica. Está visto que la gente puede curarse con casi cualquier cosa. Hasta el tiempo, por si solo, es un excelente agente curativo, pues el hombre posee internamente los mecanismos para reestructurarse y sanar. Es una característica de todo ser vivo. De modo que no podemos dejar reposar el edificio completo de la psicología en una mezcla amorfa de estilos terapéuticos, por muy lindos y espectaculares que sean los rituales que ofrezcan, ni por sus aparentes éxitos curativos ni por sus prédicas espiritualistas o científicas. Lo cierto es que ninguna práctica terapéutica puede explicar al mismo tiempo las razones de su éxito como de sus fracasos, pues todas los tienen. En resumen, la psicología no puede depender de la feria de propuestas terapéuticas surgidas en los últimos años para estructurarse como ciencia unificada. Esa es una pésima alternativa que, por lo demás, resulta inviable.

Antes de hablar de unificación, una tarea indispensable es realizar un estudio crítico de la historia de la psicología, de modo que podamos comprender por qué tales desarrollos han sido tan diversos y se aprecian como un panorama tan confuso. Un estudio de este tipo permitiría comprender, por ejemplo, que “las psicologías” se han ocupado de una variedad de cosas sin contar con un marco único general. Han surgido como la maleza en un prado sin tener un tronco sólido común alrededor del cual fijarse. Unos se han interesado por ciertas patologías concretas, otros por determinados aspectos como las emociones, la inteligencia, la personalidad, la conducta, etc., y todos ellos se estructuran al rededor de sus propias nociones de hombre, ciencia, salud, etc. Algunos ni siquiera han considerado al hombre como tal sino que lo han degradado a una condición animal y mecánica, y hasta se han dado el lujo de cambiar la definición histórica de la psicología para adecuarla a su propio enfoque, acabando por confundir a varias generaciones. La consecuencia de no tener un marco general de referencia común es que no se puede saber qué está dentro y qué está afuera, de manera que cualquier propuesta acerca del ser humano, o algo relativo a él, termina siendo considerada como psicología. Esta es la razón de ese panorama caótico de la psicología del siglo XX.

Otro de los inconvenientes para tal unificación es que en los últimos 35 años la ciencia y la tecnología han logrado un avance tan espectacular, que el panorama necesario para concebir la unificación se ha tornado imposible de alcanzar. Apenas podemos ser conscientes del avance de la tecnología, porque es algo que vemos cada día instalándose en nuestra propia casa. Hoy tenemos aparatos de los que no sabemos exactamente para qué sirven o cómo se usan, y nos sentimos desfasados. Algo muy similar, o quizá peor, ocurre en el escenario del conocimiento; pero no podemos ser conscientes de esto debido a que no se trata de algo “objetivo”, es decir está más allá de nuestra experiencia sensible, de manera que pasa desapercibido. Pero el desfase del conocimiento existe igual o aun peor que en el caso de la tecnología. El conocimiento científico nos ha rebasado dejándonos con los conceptos vigentes hace medio siglo o más, pues el saber se ha incrementado, diversificado y especializado enormemente. Tan sólo en el estudio de la conciencia, por ejemplo, algo que casi no existía hace solo 15 años, podemos distinguir hoy diversas especialidades y estrategias de abordaje: desde la filosofía (Dennett, 1994; Chalmers, 1997; Searle, 1997), las neurociencias (Edelman, 1989; Calvin, 1996) la psicología (Baars, 1997; Combs, 1996), o la física cuántica (Penrose, 1994). Muchos avances en la ciencia y la filosofía, de los que quizá no tenemos ni la menor idea, están reformando hoy mismo las estructuras del conocimiento sin que podamos advertirlo, mientras aprendemos a usar los infinitos servicios de la Internet, del último celular u otros equipos, o nos resignamos a no usarlos.

Los descubrimientos logrados desde los 60 en diversos campos de las ciencias como la antropología, la paleontología, la biología, las neurociencias, la cibernética, etc., han cambiado radicalmente nuestros conceptos del hombre. La propia evolución de la especie humana en este último siglo ha provocado transformaciones trascendentales. Hoy el hombre no es el mismo que fue a principios del siglo XX, ni como objeto de estudio ni como sujeto cognitivo, las sociedades humanas y sus condiciones de existencia han sufrido transformaciones radicales, los esquemas ideológicos que predominan hoy en la concepción y dirección de nuestro mundo así como el escenario tecnológico que nos distingue, son transformaciones consustanciales a la naturaleza del nuevo ser humano. Ante tal escenario lo más sensato parece ser preguntarnos si a estas alturas tal unificación de “las psicologías” del siglo XX todavía tiene algún sentido, en el supuesto caso de que fuera factible, puesto que aquella psicología se hizo prácticamente con los ojos cerrados, al extremo que ni siquiera partieron del estudio del ser humano como tal, sino apenas de simples aspectos aislados de él, viejos conceptos recogidos del habla popular, preconcepciones religiosas, etc. Podemos incluso afirmar que los principales aspectos estudiados por la psicología del siglo XX, tales como la inteligencia, la personalidad o la mismísima conducta, plantada como bandera emblemática de la ciencia, no pasan de ser meras entelequias concebidas como focos de estudios en medio de esa oscuridad en la que se tanteaba en busca de alguna luz. ¿Cuándo la psicología dio su primer acto de presentación explicando lo que es el hombre en lenguaje realmente científico? ¿Cuándo fue este su norte y meta científica? Por el contrario, se limitaron a la explicación mitológica de ciertos síntomas, al estudio de los movimientos humanos tratando de imitar a la física, a ciertas características animales presentes en el hombre y a una gran variedad de expresiones que van desde lo sexual hasta lo espiritual, pasando por lo emotivo, etc. ¿Tienen todos intentos alguna validez hoy?

La edificación de la psicología durante el siglo XX

La psicología, como la ciencia toda, es un producto cultural. Esto significa que, en última instancia, depende de las características que asume la cultura en cada momento de la historia. Es ella la que nos proporciona los marcos de referencia cognitivos y las reglas de razonamiento según los cuales manejamos una forma específica de entender la realidad, la vida y al ser humano; y nos da una noción de lo que es el conocimiento y sus formas de adquirirlo, por ejemplo, estadísticamente o empíricamente. La lógica del razonamiento humano varía en función de la dinámica cultural, que es, al fin de cuentas, una dinámica cognitiva. Por esto los productos culturales varían respondiendo a las condiciones de su producción, y es lo que ha ocurrido con la psicología desde la época de los griegos hasta nuestros días. Cada una de las formas psicológicas aparecidas desde fines del siglo XIX, han sido respuestas surgidas en unas condiciones específicas del desarrollo general del conocimiento, condicionadas a su vez por momentos culturales muy definidos, como la irrupción de la ciencia y, particularmente, de la física como conocimiento triunfal sobre la naturaleza. Los efectos devastadores de la Segunda Guerra Mundial, y sus efectos colaterales, tuvieron también una gran influencia para que determinadas escuelas pudieran ejercer libremente su primacía.

Concretamente, la producción de psicología se ha dado en función a diversos instantes culturales que han tenido su propia noción del hombre como ser, su imagen de lo que es la ciencia y cierto nivel específico de conocimientos acerca del hombre, a la que cabe añadirle un condicionamiento religioso, una filosofía o cosmovisión bajo la que se entreteje la cultura en general y la ciencia en particular. Watson nos dio un ejemplo claro de todo esto cuando en su momento expresó su deseo de convertir a la psicología en una forma de física que se ocupe exclusivamente de estudiar movimientos, a los que se le dio equivocadamente el nombre de “conducta”, sin advertir las implicancias que tal proceder traería, ya que el hombre desapareció del escenario y se enfocaron en algo que, desvinculado del hombre, carecía de materia y de sentido. Más adelante, Skinner eliminó de un solo manotaso la mente y “los molestos problemas filosóficos” (sic), para dedicarse a hacer una especie de ciencia vista como psicología pero “sin implicancias filosóficas”, como si tal cosa fuese posible. Mediante una serie de experimentos de laboratorio convirtió en paquete científico las observaciones cotidianas y milenarias sobre la conducta de los animales, patentándolas como “conducta de evitamiento” o “reforzamiento positivo” o negativo. Las cuales eran, como tantas veces, nombres nuevos para cosas viejas. Lo cierto es que no había necesidad de atormentar a tantos ratoncillos en jaulas electrificadas. Bastaba con observar cómo hace un perro para evitar el sol y tenderse en la sombra a descansar, o cómo han procedido las madres durante milenios para educar a sus hijos. Skinner asumió que la conducta humana se explicaba operacionalmente, y apeló a la evolución (específicamente a la selección natural) sin caer en cuenta que estaba estudiando mecanismos animales que habían surgido unos 500 millones de años antes de la aparición del hombre. Una ciencia que a partir de ratas extrapolaba principios para seres humanos parecía poco elegante, pero después de todo, los seres humanos no hemos perdido nuestra herencia antropológica. El pequeño detalle que trae por los suelos todo el andamiaje teórico del conductismo es que el hombre, a diferencia de las ratas y de cualquier otra especie inferior, tiene una mente gracias a la cual puede tomar decisiones y hacer lo que a su voluntad le venga en gana, sobreponiéndose incluso a cualquier condicionamiento, y aun a su propia programación genética. Por ello, el conductismo no ha encontrado mejor parapeto defensivo que negar la mente, por lo que cabe dudar seriamente en calificar esto como psicología. ¿Cómo se niega la mente sin emplear la mente? Atormentado por tales detalles, el mismo Skinner, poco antes de morir en el olvido, publicó un artículo titulado ¿Puede la psicología ser la ciencia de la mente?Donde expresa su profunda extrañeza y malestar por el hecho de que el mundo haya ignorado de tal manera su condicionamiento operante.

Tanto el psicoanálisis como el conductismo fundaron, cada una por su lado, escuelas de seguidores que más tarde se verían en el apuro de tener que sustentar epistemológicamente sus concepciones, dando lugar a una interminable secuencia de inesperadas formas explicativas transformadas luego en especie de subescuelas, que son una muestra más de la inveterada costumbre humana de usar su creatividad para argumentar a favor de una creencia. La historia, y particularmente la historia de la psicología, está repleta de errores conceptuales convertidos en teorías científicas gracias a teóricos que recurren a mil formas de tapar los huecos que amenazan su flotación. Como prueba adicional tenemos una gigantesca colección de teorías de la personalidad y de la inteligencia, entre otras.

Efectivamente, otro escenario de gran confusión es el estudio de aquello que se llama “personalidad”. Este término fue adoptado directamente desde el lenguaje popular, y simplemente designa a un modo característico del ser, es decir, en buena cuenta, una serie de rasgos típicos, pero nada más que eso. No obstante, muchos se han lanzado a la tarea de estudiar la personalidad como si se tratara de un órgano, tratando de descubrir su estructura, compartimientos, etapas de desarrollo, etc., sin tener siquiera la menor idea de dónde podría alojarse semejante estructura. Hay más de un cuarto de ciento de teorías diversas y ninguna ha podido convencer de que la personalidad sea algo concreto plausible de hallarse en alguna parte del ser humano. No obstante, hablamos de “trastornos de la personalidad”, igual que se habla de la patología del hígado, y hasta tenemos toda una gama de instrumentos que ¡lo miden! ¿Qué es lo que “realmente” miden? Además de la personalidad, hay toda una serie adicional de términos adoptados del lenguaje popular, es decir, no se trata de logros científicos que fueron descubiertos, sino que se tomaron del idioma y se les dio forma de explicación científica, tales como el temperamento, carácter, sentimientos, etc., que, sin embargo, han pasado por error cultural a formar parte del repertorio científico de la psicología del siglo XX. Vale decir, en buena cuenta, la psicología no empezó estudiando al hombre real sino que partió de las simples nociones que culturalmente se habían edificado por siglos en torno del hombre, incluyendo nociones religiosas y míticas, claro está. En otras palabras, la “ciencia de la psicología” se edificó sobre la base de ideas y creencias acerca del hombre, por un lado, y sobre la noción de lo que es una ciencia, por otro.

Otro ejemplo claro de la intervención de las nociones culturales y religiosas sobre la edificación de la psicología nos lo da el estudio de la inteligencia. La inteligencia no es más que un prejuicio religioso. Se supone que es un don que Dios le habría dado al hombre para distinguirlo de las demás bestias. Sir Francis Galton, un personaje muy próximo a la locura, asumió que el buen Dios le había otorgado tal don sólo a ciertas razas, como la suya. De modo que se volcó a la tarea de probar dicha teoría, disparatada como casi todas sus empresas. Para ello inventó el concepto de regresión e involucró al estadístico Spearman, quien a la larga siguió la tarea y acabó generando el primer estudio de “la inteligencia” y la primera teoría con su famoso factor “g”. El resto es historia conocida. Una larga saga de teorías trataron de descubrir la “estructura” de la inteligencia. Guilford nos mostró un cubo con 120 cubitos, que luego amplió a 150, y creo que es el caso más excéntrico. Una serie de mentes brillantes desfilaron con sus teorías, unas con más matemáticas que otras. Thurstone llegó incluso a ampliar las matemáticas solo para estudiar mejor la inteligencia. Como vemos, ni aun en las mentes más lúcidas podemos afirmar que exista realmente ese don divino de la inteligencia. Hasta ahora nadie sabe qué es “realmente” lo que estudiaban. La psicología tendría que haberle advertido hace tiempo a toda la humanidad que la inteligencia no es un componente de la naturaleza humana ni es, mucho menos, una cualidad inherente de la conducta humana. Y para probar ello bastaría observar a nuestro rededor. Lo único que podríamos afirmar es que se trata de una especie con unos recursos cognitivos diferenciales. Por otro lado, Binet, un hombre pragmático, estudió el desempeño cognitivo de los niños y, sin hacer ninguna teoría, proporcionó las bases de una evaluación real de desempeños cognitivos, empleando junto a Simon, el más adecuado concepto de “edad mental”, que después fue transformado a coeficiente intelectual, y que llevó finalmente a Weschler a crear su ya famoso y tan usado test, al que por defecto se le llama “de inteligencia”, pero que es en realidad una evaluación de desempeños cognitivos, bastante útil, y que es necesario diferenciar de aquellos intentos por estudiar la “inteligencia”. El hombre, desde luego, posee un potencial cognitivo cuyos desempeños pueden ser evaluados, pero ello no nos debe conducir al error de emplear un prejuicio religioso como concepto científico. En vez de inteligencia, lo mismo podríamos hablar de estupidez, ya que cualquier definición típica de inteligencia cabe perfectamente como definición de estupidez. Lo más adecuado para la psicología como ciencia sería referirse a procesos cognitivos y evaluación de desempeños cognitivos concretos.

Conviene dejar en claro que no debemos mezclar los aportes teóricos con aquellos que son enfoques eminentemente terapéuticos. Las terapias son muy diversas y todas ellas reclaman cierto grado de eficacia, aun cuando se ignore la razón de dicha eficacia. Muchas de las “psicologías” del siglo XX no pasan de ser simples (y hasta complejas) técnicas terapéuticas. Algunas incluso muy ligadas a sus propulsores, es decir, personajes con capacidades especiales, hábiles para desarrollar cierto tipo de relación productiva con sus pacientes, tales como Freud, Rogers o Perls. También, el psicoanálisis fue una forma terapéutica que luego se extendió en una serie de curiosas teorías buscando sustento al accionar empírico. Muchas otras terapias han procedido igual, es decir, partiendo de un proceder terapéutico que luego busca un sustento teórico. Debemos tener perfectamente claro que en el campo terapéutico caben infinidad de propuestas, ya que, aparentemente, hay muchas formas de curar o ayudar, y no todas ellas son explicables por la lógica humana. Ese es uno de los misterios que debemos develar en la psicología.

Por todo lo anterior, resulta inadmisible proponer y esperar una unión de las psicologías. Lo que cabe es prever una reconfiguración total de la psicología, que esté sustentada ya no en alguna forma terapéutica de efectos fantásticos, ni en especulaciones acerca de prejuicios culturales, sino fundados en conocimientos reales logrados a partir de estudios específicos del ser humano en concreto, como por ejemplo, partiendo de su proceso evolutivo como especie, el proceso de transformación de su cerebro, su estructura funcional actual y su relación con especies próximas, la aparición de la conciencia y del lenguaje, el dominio de sus formas de pensamiento, la formación de sus sociedades y sus procesos de organización social, la generación de la cultura y su papel como agente cognitivo activo en la configuración de la racionalidad de las comunidades, etc. Solo a partir de estudios de este tipo se puede lograr edificar una psicología científica que parta del hombre real y no de meros conceptos populares o de prejuicios culturales, como ocurrió en el siglo XX. A todo esto, habría que añadirle una necesaria perspectiva epistemológica propia, distinta del enfoque sujeto-objeto, habida cuenta de que en ella no hay objeto. Se necesita llegar a la comprensión de la conciencia humana como el escenario en el que se despliega la realidad en la que los humanos viven, y ello implica una ontología nueva acerca de los escenarios de estudio de la psicología. De manera, pues, que la psicología no puede escapar de esos molestos problemas filosóficos. Antes bien, debe despejarlos.

Toda ciencia tiene un tronco sólido alrededor del cual gira. La psicología del siglo XX no tuvo ninguno. Si hemos de buscar esa columna de apoyo, no puede ser otra que la misma que sirve de apoyo a toda ciencia que se ocupe del hombre: la evolución de nuestra especie. Los aspectos implicados en el proceso de nuestra evolución tienen que servir de sustento y de referente obligado en la edificación de la psicología, cualquiera sea su orientación. Esta evolución incluye tanto la evolución del cerebro como la del pensamiento y de sus formas, que ha tenido lugar desde que el hombre apareció sobre el planeta, igualmente los procesos de configuración de sus sociedades y el papel de sus mecanismos de comunicación, desde el rostro, los gestos, el idioma hasta los medios de comunicación masiva y la Internet, especialmente en su reciente papel de nuevo escenario virtual en el que se configuran identidades y sociedades que interactúan mediante códigos propios.

Por último, una reconfiguración de la psicología pasa necesariamente por replantear el empleo de las metodologías de investigación y de sus instrumentos de medición, los que no pueden seguir basados en los conceptos objetivistas heredados de las ciencias naturales por cuanto nuestros escenarios son ontológica y epistemológicamente diferentes. Una especie de pereza mental nos ha llevado al empleo masivo y obsesivo de la metodología naturalista pese a que no aporta mayores resultados, pues los campos de investigación propios de los fenómenos psicológicos no se resuelven con la evaluación de tan solo dos variables supuestamente aisladas, ni con la aparente causalidad descubierta a partir de probabilidades de ocurrencia surgidas por repetición de eventos.

El largo camino de la reconfiguración de la psicología evidentemente pasa por derribar muchas ideas y creencias, así como las malas prácticas generadas a lo largo del siglo. No obstante, cambiar las costumbres adoptadas en las sociedades será mucho más difícil. Aunque la verdad de una teoría sea aplastante, las costumbres y creencias sociales permanecen por mucho tiempo más. Pero es un camino que ya debemos empezar a andar.

Conclusión

Antes de emprender la construcción de una psicología es preciso contar con una noción certera acerca del hombre. Todo trabajo, exploración o acercamiento comprensivo, se realiza a partir de una noción de su campo, que sirve de base para trazar la estrategia de aproximación y nos prepara para entender algo en un sentido ya asumido. Si partimos de una noción equivocada, todo lo demás estará errado. La psicología del siglo XX se estructuró alrededor de conceptos primitivos del hombre, sobre conceptos heredados de nociones religiosas que lo concebían como una criatura dotada de los más maravillosos dones, específicamente “inteligencia”, hecha a imagen y semejanza de Dios, surgida de pronto por un soplo divino con todos sus dotes y sin vínculo alguno con otras especies inferiores; imágenes que cargaban, además, con fuertes dosis de machismo en las que la mujer era apenas un objeto sexual del hombre. La teoría de la evolución cambió muchas cosas pero dejó la falsa impresión de que el hombre era la culminación del proceso y, como consecuencia, los estudios se centraron en él como organismo individual, sin repercusiones hacia su sociedad y sin ninguna noción del papel de la cultura. Además, hay que decir que algunos enfoques ni siquiera concebían al hombre sino que se basaban en la simple noción de un organismo animal sin mente. El conductismo no sólo redujo al ser humano a la condición de animal inferior sino que redujo a la psicología a una especie de física de eventos humanos, llegando incluso a cambiar arbitrariamente la definición histórica de la psicología como “ciencia de la conducta”, aprovechando un momento de la historia en que, por causas de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ejercía eventualmente el predominio cultural. Esto sumado a los demás intentos de hacer psicología a partir de conceptos populares o de prejuicios culturales sin contar con un referente común, acabaron en el gran caos teórico que fue en buena medida la psicología del siglo XX. Hoy se ha corregido en parte el desaguisado conductista gracias a que la mayoría de textos define la psicología como “ciencia de la conducta y de los procesos mentales”.

A la luz de nuestro análisis, resulta imposible intentar una unificación de “las psicologías” surgidas en el siglo XX. Las posiciones eclécticas que promueven el empleo de toda clase de formas terapéuticas en el campo clínico, no representan ninguna posición concreta en el campo teórico de la ciencia. Aun más, resultaría materialmente imposible conciliar tendencias que parten de supuestos culturales antes que del estudio del hombre real. Cualquier intento de edificar una psicología científica debe empezar por tener una nueva concepción del hombre, una concepción que derive del conocimiento cabal de su proceso evolutivo como especie, del conocimiento apropiado del funcionamiento del cerebro como aparato cognitivo y del reconocimiento de su circunstancia cultural como agente configurante activo.

Referencias

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    Para citar este artículo:
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    Bobadilla, L. D. (2009, 2 de octubre ).Hacia la reconfiguración de la psicología. PsicoPediaHoy, 11(5). Disponible en: http://psicopediahoy.com/reconfiguracion-psicologia/
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Un Comentario a Hacia la reconfiguración de la psicología

  1. Venus Villamarin dice:

    Este artículo realiza un buen trabajo en cuestionar varias limitaciones que la psicología como ciencia en estos momentos confronta. Es necesaria una nueva conceptualización teórica del propósito de la psicología y su aplicación en la vida real. Estoy de acuerdo que los métodos científicos de las ciencias naturales son una herramienta limitada para el entendimiento del comportamiento del hombre.

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