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Relación madre e hijo. El paseo eterno entre lo corpóreo y lo sutil

Publicado: May 30, 19 │ Categorías: Artículos PsicologíaSin Comentarios

Madres e hijos sostienen una estrecha relación enriquecida por la constante interacción apoyada por los acoples biológicos y psicológicos diádicos que inician desde la concepción, continúan durante la gestación y lactancia. Los acoples son contenidos por la adaptación materna, proceso que funciona al unísono como condición de adaptación al ambiente. El objetivo del artículo es contextualizar al lector en como madre-hijo se relacionan en un continuo vaivén entre lo biológico y lo psicológico a través de la satisfacción de necesidad y del intercambio de afectos, para asegurar la supervivencia del recién nacido, así como la adaptación de la díada a las condiciones ambientales. La importancia de la relación yace en la formación, estructuración y funcionamiento de procesos esenciales del desarrollo en el infante que permiten su adaptación y sobrevivencia. Por lo que se hace necesario, favorecer el desarrollo y salud materno-infantil en todas las esferas de la vida.

Palabras clave: Madres, Recién nacido, Relación Madre e Hijo, Acoples Diádicos, Adaptación Materna.

En la naturaleza las especies que realizan cuidado materno mantienen distintos acoples biológicos manifestados como despliegues conductuales para la supervivencia de la especie. Un caso particular son las hembras de jaguar (panthera onca), las cuales comparten ciertas características con las madres humanas, puesto que ambas poseen una aguda percepción, están dotadas de gran fuerza y resistencia, son también extremadamente intuitivas y cuidan con fervor a sus hijos (Palomino, 2007), quienes al nacer difícilmente sobrevivirían sin su cuidado.

Las hembras de jaguar por lo general tienen una sola cría, pero pueden llegar a tener hasta cuatro, sus críos nacen ciegos, sordos y desvalidos, por lo que es únicamente la madre quien los cuida y se ocupa de ellos, celosamente, los defiende con ferocidad de cualquier animal que se acerque, incluso de su propio padre (National Geographic, 2016). Por ejemplo, la madre suele regurgitar parte de su alimento para asignarlo a los cachorros y con ello facilitar la transición a los alimentos sólidos, mientras continúa con el amantamiento hasta los cinco meses de edad. Después de este tiempo aunque la madre ya no amamante a sus crías seguirá defendiéndolas y cazando para ellas (Sherwood, 2016).

Los jaguares, al igual que los humanos, no nacen con el conocimiento de lo que necesitan para sobrevivir. Estas habilidades deben de ser aprendidas de sus madres; incluyen cazar, esconder la comida, encontrar pozos de agua, esconderse de otros jaguares y trepar a los árboles. Así, los jaguares cuando son pequeños pueden comenzar a deambular, pero encontrarán la forma para regresar siempre con su madre. Cuando los cachorros tienen un año de edad, acompañan a su madre en la caza y a través del modelado aprenden como ejecutar exitosamente tal acción. Una madre jaguar vivirá con sus crías, los enseñará y protegerá hasta que tengan alrededor de 2 años cuando sean ellos quienes la dejen(Sherwood, 2016). 

Al igual que con los jaguares, la supervivencia y adaptación de todo ser humano se define a partir de sus primeras experiencias que conforman lo que se ha llamado la relación madre e hijo. Lo cual es el tema central de este artículo, cuyo objetivo es brindar al lector un acercamiento sobre como este binomio madre-hijo se encuentra capacitado biológicamente para entablar una relación a través de la satisfacción de necesidad y del intercambio de afectos para asegurar la supervivencia del recién nacido, así como la adaptación de la díada entre sí y con su medio. La importancia de la relación yace en la formación, estructuración y funcionamiento de procesos fundamentales del desarrollo en el infante que permiten su adaptación y sobrevivencia.

Relación biológica entre madre e hijo

Entre madre e hijo existen diversos acoples diádicos de carácter biológico que comienzan desde la concepción, continúan durante el periodo de gestación, el cual comprende las etapas del embarazo y parto, extendiéndose hasta la lactancia (Roncallo, Sánchez y Arranz, 2015). Estos acoples son influidos continuamente por el medio ambiente, que transmite señales al feto desde las primeras etapas del embarazo a través de la madre/placenta; posteriormente, una vez que el parto define la autonomía respiratoria del recién nacido, las influencias ambientales se transmiten al infante a través de las señales hormonales maternas, al momento de la lactancia y de la promoción por parte de la madre de adaptaciones fisiológicas que aumentan la posibilidad de supervivencia del niño en ese entorno (Silveira, Portella, Goldani y Barbieri, 2007).

En la díada, esta adaptación fisiológica se estructura desde los primeros días de vida. Allí, se establecen los tiempos entre la demanda del recién nacido y la respuesta materna emerge poco a poco, lo cual deriva a la sinergia de los acoples diádicos a través del ritmo y la sincronía entre madre e hijo. De esta forma el lactante alcanza de manera progresiva la autonomía térmica, inmunológica y nutrimental. Además se establece el ciclo sueño-vigilia y el infante desarrolla su desplazamiento sin ayuda (Díaz, Guerra, Strauch y Rodríguez, 1987). Todo este proceso requiere de una empatía estrecha con la madre para asegurar la madurez fisiológica del infante (Betancourt, Rodríguez y Gempeler, 2007).

En sí, la vida del ser humano está determinada en muchos aspectos por sus acoples y ritmos biológicos que se expresan a través de necesidades orgánicas básicas como el sueño, el hambre, la sed y el movimiento. Los cuales son manifestación de un desequilibrio interno que irá configurando las primeras emociones ligadas a estas necesidades de carácter biológico (Reichenbach, Fontana y Gómez, 2016), para así trascender estas condiciones y retroalimentar el binomio madre e hijo desde el funcionamiento de atributos o cualidades psicológicas.

Relación psicológica entre madre e hijo

La relación madre e hijo ha sido abordada por estudiosos de diversas perspectivas psicológicas, quienes conciben esta díada como unidad focal (Erikson, 1988; Stern, 1991; Bowlby,1993; Winnicott,1993; Ainsworth et al., 2014; Herrera, 2014; Santelices et al., 2015). En donde las madres se encuentran involucradas con sus hijos como binomio indivisible en un proceso natural que se desenvuelve con intrincación y complejidad, y para el cual ambos han sido bien preparados por milenios de evolución (Stern, 1998).

Las primeras emociones ligadas a necesidades biológicas se expresan, de manera gradual, a través de respuestas motrices como: el movimiento de brazos y piernas, o cambios conductuales: expresión de gestos, mirada y en última instancia por el llanto, los cuales son señales que el recién nacido emite tempranamente. De esta forma es que la madre aprende como interpretar esas señales, les confiere un significado para intentar satisfacerlas y se acopla paulatinamente a ellas (Ainsworth et al., 2014; Santelices et al., 2015; Stern, 1999; Dois, 2015).

Durante la vigilia se observa al niño desplegar, por una parte, una serie de actividades autónomas y por la otra,  tiene lugar el cuidado corporal, esto es, el conjunto de atenciones que la madre provee al infante para la satisfacción de sus diferentes necesidades. Es en este periodo donde madre e hijo, comprometidos de manera activa en una situación, desarrollan acoples mutuamente transformadores que llegan a conformar diversos dominios en el desarrollo del niño a través de un sistema de relación denominado interacción, en donde tiene su origen la comunicación humana y el fortalecimiento del lazo afectivo en el binomio madre-hijo (Reichenbach et al., 2016). El niño es activado en la interacción recíproca madre-hijo, por la proximidad y contacto necesarios para proporcionarle la confianza que le permita la exploración del mundo a la vez que consuelo y protección (Bowlby, 1993; Dois et al., 2015).

Las diferencias en las conductas innatas existentes en esta esfera de actividad pueden ejercer, desde el principio, efectos definitivos sobre el carácter de la interacción madre e hijo. Puesto que un niño activo, ejercerá un efecto sobre la madre y sobre la relación que ésta tenga con él, a diferencia de lo que pudiera presentarse de ser un niño pasivo. Así, nos encontramos ante características fisiológicas que pueden determinar la naturaleza de las primeras experiencias en la diada madre e hijo (Cameron, 2004). Características que irán conformando esa primera relación.

Lo anterior hace evidente que desde el nacimiento ya existe la bidireccionalidad y el ajuste entre el comportamiento de madre e hijo (Fiedler, Hutchinson y Rapee, 2015; Viteri, 2013). En este sentido, el acople biológico que en un principio marcaba la relación,  trasciende hacia al plano psicológico siendo la presencia de expectativas maternas, un aspecto importante que de esta esfera se desprende y que determina la relación en el binomio. A diferencia del recién nacido, la madre llega a esa nueva relación con experiencias tanto individuales como sociales, que conformarán una compleja matriz de expectativas, miedos y esperanzas, que emergerán y contribuirán en la relación (Cameron, 2004). La propia historia de vida de la madre también influye en la experiencia que tiene en la interacción con su hijo. Puesto que ella tiene un modelo guía de relacionamiento con su hijo, que se desprende de la experiencia que tuvo con su propia madre, pero también cuenta con otros modelos guía para ella misma como el de su esposo y el de otras personas, modelos que entrarán en juego al momento de la interacción con su hijo (Stern, 1991).

Así, según se satisfacen necesidades fisiológicas concretas, durante la primera infancia el pequeño se va uniendo íntimamente a la figura materna, fuente inmediata de casi toda su satisfacción(Cameron, 2004). Por lo que la madre debe adaptarse no sólo desde lo fisiológico, sino también desde lo afectivo y del rol socio-familiar femenino (Correia y Linhares, 2007) esto es, desde lo psicológico y lo social. De aquí que el proceso de adaptación materna sea un evento clave para el establecimiento de la relación madre e hijo, el cual se explica a continuación.

Adaptación materna: perspectiva psicológica

La adaptación materna supone un proceso de adaptación cognitiva en las representaciones sobre el futuro hijo y sobre sí misma como madre; pero también una adaptación afectiva e instrumental, en los aspectos prácticos que demanda la aparición del nuevo miembro familiar (Eimil, Palacios, Villanova y Cuellar-Flores, 2013). La madre tiene que estar preparada para afrontar una serie de nuevas tareas que implican adaptarse a su hijo, lo cual conlleva una enorme exigencia de disponibilidad (Song, Roh y Park, 2015).

Por lo tanto, la adaptación materna refiere a la capacidad de ajustar sus respuestas emocionales, cognitivas y de comportamiento al unísono del desarrollo de su hijo (Countermine, 2012). El resultante de este proceso es sumamente importante, ya que se ha demostrado  estar asociada con la regulación de ritmos fisiológicos como la alimentación y el ciclo vigilia-sueño en el recién nacido (Dois et al., 2015; Forcada-Guex, Pierrehumbert, Borghini, Moessinger y Muller-Nix, 2006). Además del funcionamiento saludable de los múltiples acoples y dominios psicobiológicos del desarrollo (Countermine, 2012), que se han venido mencionando a lo largo del escrito.

 Conforme se articulan los procesos biológicos y psicológicos  entre madre e hijo en una coreografía continúa durante la cotidianidad, se hace ineludible el surgimiento y establecimiento de la relación madre e hijo. En donde tanto el comportamiento, como el desarrollo del niño se estructuran en el contexto de variación de la atención materna y de la selección de posibilidades que favorecen las estrategias en los niños de conseguir lo necesario para su supervivencia (Fairbanks y Hinde, 2013).

En conclusión las primeras experiencias entre madre e hijo parten de lo corpóreo que se encuentra determinado por lo biológico y trascienden a la sutileza del plano psicológico en una constante retroalimentación. Todo esto con un claro valor adaptativo desde la perspectiva psicológica para el binomio, de tal forma que se presenta un acople simultáneo en la diada, para posteriormente formar parte de su entorno. Por lo que tanto en relaciones madre-hijo saludables y estables, como en aquellas con algún tipo de riesgo biológico y/o psicológico, requieran de un abordaje que incluya por protocolo, la atención en salud mental, además de acciones promotoras y/o preventivas dirigidas a la población en general, que tomen en cuenta factores de protección y de riesgo presentes en cada diada. Tener en cuenta estos factores implica un abordaje psicológico especializado y continuo que permita fortalecer los recursos y minimizar el impacto de las vulnerabilidades entre madre e hijo para favorecer el desarrollo y salud materno infantil en todas las esferas de vida (Eimil et al., 2013) .  

Referencias

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Autor:

Lilí Serrano-Mata, Yamilet Ehrenzweig-Sánchez, Erika Ortega-Herrera, Montserrat Melgarejo-Gutiérrez, Socorro Herrera-Meza.
Instituto de Investigaciones Psicológicas, Universidad Veracruzana, México.
Facultad de Medicina, Universidad Veracruzana, México.



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