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Voluntariado: Egoísmo heroico versus altruismo

Publicado: Jun 15, 10 │ Categorías: ArtículosSin Comentarios
  • Neli Escandón Nagel
    Centro de Salud Familiar Bellavista
    Tomé, Chile



Este artículo analiza,  de modo crítico, las motivaciones que guían el actuar del voluntariado  comparando la diferencia entre conducta prosocial y conducta altruista. Se analiza cómo el actuar de los voluntarios, en ocasiones, puede resultar iatrogénico, en lugar de beneficioso. 

RESUMEN

El presente artículo analiza, de modo crítico, las motivaciones que guían el actuar del voluntariado, para lo cual analiza la diferencia entre conducta prosocial y conducta altruista, partiendo por definir qué se entiende por “voluntariado”. Así, también toma como elementos centrales los aportes de Pérez López respecto a la teoría de la motivación y los distintos motivos que guían la acción humana. Se analiza cómo el actuar de los voluntarios, en ocasiones, puede resultar iatrogénico, en lugar de beneficioso.

Palabras clave: Altruismo, conducta prosocial, motivación.

“No basta con levantar al débil, hay que sostenerlo después”
William Shakespeare

¿De qué hablamos cuando hablamos de voluntariado? Según algunos, el voluntariado lo podemos entender como “el ejercicio libre, organizado y no remunerado, de la solidaridad ciudadana, formándose y capacitándose adecuadamente” (Yubero y Larrañaga, 2002). Siguiendo estas ideas, el voluntariado implicaría, entonces, acciones planificadas, con objetivos claros y continuidad temporal y no se basaría solo en la intención solidaria de los voluntarios sino que supone, como un elemento importante, la formación del recurso humano, a fin de que las personas puedan desempeñar adecuadamente sus funciones.

De lo anterior surge una pregunta relevante: ¿El qué la acción voluntaria se realice sin recibir retribución económica alguna, implica que no se deba ser selectivo al momento de incorporar a agentes voluntarios en una organización? Cabe responder, por sentido común, a mi parecer, que la ausencia de un refuerzo monetario no supone que se deba aceptar a cualquiera. Si así fuera, quien ingresa, es probable que se sienta con el derecho de actuar según sus propios lineamientos y no como parte constitutiva de una institución más amplia. Por lo mismo, parece necesario que la organización que decida incluir entre sus filas a personas voluntarias tenga absoluta claridad respecto de cuáles son las funciones que estos desempeñarán, así como también, qué acciones se esperan de ellos y cuáles no, lo que debe ser conocido por todos al interior del grupo en cuestión. Sin embargo, parece ser que en Chile no existe una cultura del voluntariado, que contemple una visión amplia de este fenómeno, más allá de comprender que se trata de una manifestación de ayuda a otros.

El desconocimiento respecto al real valor y aporte (o problema) del voluntariado parece quedar en evidencia ante la catástrofe vivida en Chile el pasado 27 de febrero del 2010. Frente a esto, han surgido múltiples grupos e individuos que han decidido ir en ayuda de quienes se han visto más afectados por el terremoto y maremoto. Para un observador cualquiera, pareciera ser que quienes han acudido a prestar ayuda a los damnificados son personas desprendidas y que, desinteresadamente, actúan a favor de los más desvalidos por el desastre, sin embargo, cuando adoptamos una mirada un poco más profunda, podemos ver que, en ciertos casos, parece que aquella conducta prosocial que observamos no es más que el encubrimiento de un “egoísmo heroico”, que, primeramente, busca generar la gratificación de haber cumplido los mandatos morales internalizados, pasando a un segundo plano la real utilidad de la intervención realizada.

Es así como solemos ver una constante pérdida de recurso humano y sobre-intervenciones, así como también a una comunidad cansada de responder las mismas preguntas sin obtener ellos una solución o retroalimentación efectiva de la información que proporcionan. En el caso específico de la intervención psicológica en catástrofes, es común ver cómo los distintos psicólogos que llegan a lo que podríamos llamar “zona cero”, incluso luego de haber transcurrido un mes, llegan a realizar “primeros auxilios psicológicos”, así como también, pesquisa de casos más complejos, sin (querer) imaginar que aquella intervención ha sido realizada antes, aunque también de forma poco esquematizada, por otros agentes que han estado en el lugar. Frente a esto, surge una nueva pregunta, ¿por qué estas personas no buscan coordinarse con los equipos de intervención locales, los cuales, es de suponer, manejan una información y conocimiento algo más acabado de la población, su problemática y las intervenciones previamente realizadas?

Es así como nos encontramos ante dos problemas de relevancia. A saber: por una parte una organización, probablemente, con poca experiencia en voluntariado (los equipos de intervención local) y, por otra, voluntarios sin el compromiso suficiente como para afiliarse temporalmente a las instituciones presentes en el lugar, lo que, claramente, permitiría un trabajo más coordinado y, por ende, más beneficioso para los afectados.

No es asunto de este artículo analizar el primer problema señalado, lo que quedará pendiente para un futuro escrito sobre el tema. Por ahora, solo se pretende reflexionar respecto a la segunda problemática mencionada.

Motivación y voluntariado

Como contexto teórico, al momento de analizar las motivaciones de los voluntarios, resultan pertinentes los postulados de Pérez López (2002). Dicho autor señala que existirían tres tipos de motivos que guiarían el accionar humano:

1. Motivos extrínsecos: se refiere principalmente a los refuerzos o castigos que una persona puede recibir por la ejecución de su acción. Por ejemplo, el reconocimiento social para un voluntario.

2. Motivos intrínsecos: alude a la satisfacción o aprendizaje que una persona puede obtener por su conducta. En el caso del voluntariado se trataría, por ejemplo, del placer que genera la participación en trabajos voluntarios.

3. Motivos trascendentes: consiste en la fuerza que lleva a las personas a actuar impulsadas por las consecuencias o utilidad que sus acciones pueden acarrear para otras personas. Es el caso de un voluntario que cuida a un enfermo, movido, básicamente, por querer ayudar a esa persona.

Es así como podemos entender que, en las distintas acciones que realiza el ser humano confluyen, indudablemente, estos tres tipos de motivos. La pregunta entonces es ¿Cuál de estos tres motivos suele estar más presente en aquellas personas que deciden realizar trabajos voluntarios? La respuesta, lógicamente no es simple, debido a que no todas las personas se mueven por los mismos motivos.

Antes de continuar analizando más en profundidad lo referido a la motivación, creo importante establecer distinciones en torno a algunos conceptos. A saber: conducta de ayuda y conducta altruista (Chóliz, 2004; Yubero, Larrañaga, 2002):

1. Conducta de ayuda o conducta prosocial: se trata de conductas que benefician a otros y que se realizan de forma voluntaria. Se constituye, entonces, en un término amplio.

2. Conducta altruista: se refiere a acciones que van en beneficio de otros, pero que suponen una motivación desinteresada de parte de quien realiza la acción.

Si asociamos esto con los aportes de Pérez López (2002) previamente señalados, podemos suponer que, en el caso de la conducta prosocial, puede estar presente cualquiera de los tres motivos señalados, a diferencia de lo que sucede con el altruismo, en donde predominarían los motivos trascendentes.

En base a lo anterior, podemos comprender, entonces, que el voluntariado no siempre es sinónimo de altruismo, pero sí suele concordar con lo que entendemos como conducta prosocial. Esto último no debiera significar un problema, sin embargo, si es que existe un predominio importante de los motivos extrínsecos o intrínsecos en desmedro de los trascendentes, pudiera el voluntariado transformarse en un obstáculo más que en un aporte. Es lo que ha sucedido, en algunos casos, con ciertos voluntarios que han querido intervenir en los lugares más afectados por la catástrofe ocurrida en Chile el pasado 27 de febrero. Nos encontramos con individuos que se acercan a estos lugares movidos, principalmente, por un afán de figurar ante su entorno social como una persona solidaria. Esto no supone ningún problema en la medida que ayude a otros, sin embargo, ¿qué ocurre cuando sabemos de jóvenes que realizan trabajo voluntario en zonas de catástrofe, pero que por las noches, debido a excesos en el consumo de alcohol, generan problemas a las mismas personas de los campamentos a los que, supuestamente, están interesados en ayudar? O ¿qué ocurre con aquellos voluntarios externos, que se acercan por periodos breves a las zonas afectadas y que, deliberadamente, ante la posibilidad de coordinarse con los equipos locales, se niegan, lo que le quita eficacia a la intervención que puedan realizar?

Imaginemos a un grupo de psicólogos que decide prestar servicios voluntarios en Coliumo (zona costera de Chile afectado por el pasado terremoto y maremoto), pero sin contactarse con el equipo de salud local para conocer lo qué se está haciendo en la zona y, en última instancia, informar las acciones realizadas. Sucede que si este grupo se dirige a ese sector a trabajar por un periodo breve de tiempo (como, por ejemplo, un fin de semana), sin informar nada, probablemente abrirá procesos emocionales en las personas con las que trabaje que no alcanzará a cerrar en su corta estadía, lo que, además, sumado a que, paralelamente, es probable que existan otros psicólogos realizando las mismas acciones con ese grupo, puede ser más bien iatrogénico para esas personas, en lugar de ser beneficioso.

Además, si a lo anterior sumamos que, es probable que en esa “visita”, ese grupo de psicólogos voluntarios realicen pesquisas de casos que requieran una intervención individual más profunda, si pensamos que ese grupo de profesionales se va del lugar sin transmitir esa información al equipo local, entonces vemos que, además, esos profesionales están actuando faltando a la ética pues, sabiendo que hay alguien que requiere ayuda, y teniendo la posibilidad de informarlo a quien pueda dar respuesta a eso, el no hacerlo, claramente, se constituye en una irresponsabilidad.

En definitiva, por medio de estos ejemplos es posible apreciar como muchas veces el voluntariado se constituye en un obstáculo, debido, probablemente, a la ausencia de motivos trascendentes.

No obstante lo anterior, lógicamente, existen también personas que presentan una adecuada mezcla de motivos intrínsecos, extrínsecos y trascendentes, dando como resultado acciones que benefician realmente a las personas con las que trabajan. Se trata en estos casos de voluntarios comprometidos con su trabajo.

En un estudio realizado en Chile por Miranda y Sepúlveda (2009) sobre las características del voluntariado según grupos etáreos se observó, por ejemplo, que los jóvenes tienen principalmente dos motivaciones para realizar estas acciones: lograr justicia social y compartir con grupo de pares. Es posible suponer que, la primera motivación es mayoritariamente trascendente, en tanto que la segunda es más bien extrínseca y/o intrínseca. Podría ser posible, entonces, que sí predomina esta segunda motivación, el trabajo de estos jóvenes pueda no ser muy beneficioso para la población objetivo, a diferencia de lo que ocurre cuando predominan motivos trascendentes, situación en que podemos hipotetizar que las acciones estarán, más bien, enfocadas al beneficio de los otros.

A modo de conclusión

En definitiva, parece ser que no es posible hablar de un altruismo puro, así como tampoco de un egoísmo puro, pues, en general, las acciones de todo ser humano son movidas por motivos intrínsecos, extrínsecos y trascendentes. Lo que importa entonces, no es qué guía la acción, sino que la acción voluntaria sea efectiva para quienes les corresponde ser beneficiarios de las intervenciones y, para eso, lo ideal parece ser que existan marcados motivadores trascendentes, ya que eso aumentaría las posibilidades de que el voluntariado encaje con la definición presentada al principio de este artículo, siendo, entonces, el voluntariado, lo que efectivamente debe ser: un “ejercicio libre, organizado y no remunerado, de la solidaridad ciudadana”.

Referencias

Chóliz, M. (2004). Psicología de los motivos sociales. Universidad de Valencia, España.

Pérez López, J.A. (2002). Fundamentos de la dirección de empresas. 5ª ed., Ed. RIALP, Madrid.

Sepúlveda, N., Muñoz, A. (2009). Voluntariado y edades: observaciones desde la juventud, adultez y vejez voluntaria de la ciudad de Santiago. Revista Mad Nº20, págs. 43-70.

Yubero, S., Larrañaga, E. (2002). Concepción del voluntariado desde la perspectiva motivacional: conducta de ayuda v/s altruismo. Revista Interuniversitaria de Pedagogía Social. Nº9, págs. 27-39.


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    Para citar este artículo:
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    Escandón, N. (2010, 15 de junio ). Voluntariado: Egoísmo heroico versus altruismo. PsicoPediaHoy, 12(10). Disponible en:http://psicopediahoy.com/voluntariado-egoismo-altruismo/
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